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Toque de queda

Durante mis 25 años he vivido en la misma callecita de La Florida (Municipio Libertador, Caracas). El hampa ha encontrado en esta avenida un lugar seguro para actuar. Aquí, he sido víctima y testigo de los desmanes de malandros de todas las calañas: hombres, mujeres, chicos, morenos, negros, desaliñados, caracortadas, perfumados, silenciosos, parlanchines, gordos, groseros, pequeños, delgados. La variedad de malechores que ha “trabajado” en esta zona no es poca cosa.

Estas personas vienen a hacer sus fechorías en moto, en auto o a pie. Llegan armados con revólveres, con navajas y, a veces, solo con odio, hambre o envidia. No soy de las que se asoma a ver qué esconden en la chaqueta, debajo del pantalón o en la cartera ladeada que llevan. Tampoco me interesa discutir con ellos: pidan, que yo doy. Si puedo evitar ver la pistola (de plástico, de hierro o de goma), para mí es mejor…

Este sábado la historia fue otra.

No voy a dar muchos detalles porque, honestamente, quisiera evitar recibir consejos u observaciones tales como: “No salgas de noche a la calle”, “¿A quién se le ocurre estar en un carro por La Florida en la madrugada?”, “Estamos en guerra”, “Cuídate, niña”, entre otros. Por lo que les contaré a continuación, pueden tener la certeza de que seré más precavida.

No especificaré la hora, aunque pensándolo bien… no es que eso importe demasiado. La mayoría de robos que he sufrido en mi calle los he protagonizado bajo la luz del sol. La mayoría de los robos que he sufrido en mi calle los he protagonizado sola y a pie.

Pero bueno. Este sábado era tarde. Quizá muy tarde. Mi acompañante y yo veníamos muy cansados en su automóvil. Tan exhaustos estábamos que no pudimos continuar la farra con nuestros otros amigos. Yo, en vez de llamar un taxi como lo hago usualmente, pedí la cola (aventón). Al principio, él se negó; pero después accedió porque así tendríamos tiempo para hablar. Había un cuento que no podía esperar.

Las calles estaban solas, pero alumbradas. Veníamos distraídos porque el chisme era entretenido; atontados por el sueño y felices por compartir juntos como hacía tiempo no lo hacíamos. Esa noche, a excepción de la ráfaga de disparos que escuché mientras tomábamos en un centro comercial de Chacao, todo parecía indicar que había cierta normalidad en la ciudad. Quizá ya no vivíamos en guerra. Pero Caracas no engaña.

Como es usual cuando voy en carro por mi calle, volteé para estar segura de que no viniera nadie y así tener más tranquilidad al bajarme a toda prisa. Eso lo hice cuando íbamos por la mitad, pero en cuanto avanzamos un poco más, a pocos metros de la puerta de mi edificio, ya con la mirada puesta en la reja negra que sirve de portón de mi residencia, observé, a través del vidrio del conductor, la silueta de una moto. Iba lento, muy cerca del carro, tenía la luz apagada.

Quien manejaba le ordenó a mi amigo apagar el vehículo y fue entonces cuando lo vi: era un policía. En realidad eran cuatro uniformados divididos en dos motos. Cargaban su traje reluciente… ese nuevísimo que nuestro presidente les entregó hace semanas. Ese, estampado con manchas grises, negras ¿o azules? que además está adornado con un balurdo camuflaje.  El rojo de la franelita que deben llevar debajo le da un toque colorido al look, y el rostro de Simón Bolívar que está incorporado en la manga es la cereza de la vestimenta.

Una voz le ordenó a mi amigo salir del carro. Otra ¿la misma? me ordenó salir a mí también. Tenía mi cartera aferrada al cuerpo y las llaves en la mano.

Busqué, mientras decían cualquier cosa, mi cédula y se la mostré al primero que se acercó a mí. Llevaba su arma desenfundada. La tenía en la mano, preparada para cualquier movimiento. Un escalofrío corrió por mi espalda cuando me detuve a verla.

Pero no había tiempo para analizarla. Del otro lado estaba mi amigo. Vi, de reojo, cómo entre dos lo manoseaban, lo acusaban de terrorista y le preguntaban cosas.

Preguntaban mucho.

–Estudiamos periodismo—escuché decir al fondo.

Sería incapaz de recordar cuántas y cuáles preguntas nos hicieron.

–Venimos de una fiesta—oí más adelante.

Por diversas razones recuerdo más y mejor la conversación que tuve con el policía que me tocó a mí, una vez que se repartieron la presa.

Con mi cédula en la mano, el tipo me vio y repitió:

–Chang Lombardi —

Veía el papel plastificado, quizá mi foto, me veía a mí.

Veía la cédula y me veía el rostro, mucho más pálido esa noche.

Entre tanto, yo me preocupaba por mi acompañante…

Pensaba: “No vaya a ser que le siembren droga, o peor… una molotov”, “ No vaya a ser que por darme la cola lo jodan a él”, “No vaya a ser que nos metan presos como dos pendejos, por salir a tomar un par de tragos”.

— Chang – dijo entonces y continuó con una voz forzadamente ruda:
— ¿De dónde es ese apellido? –
–De China – respondí seca.

Esas primeras preguntas las contestaba seria. Dentro de mí estaba convenciéndome de aligerar el tono de voz para la siguiente respuesta. Hay que utilizar la simpatía, esa te saca de aprietos.

–Pero los chinos no se mezclan con otra gente– replicó mientras su mirada intercalaba la cédula con mis ojos.

–Pero mi abuelo, al parecer, sí – le respondí.

No le convencía la respuesta.

Yo en realidad seguía preocupada por mi amigo… ya había entendido que el que me tocó a mí era el bueno y que a él lo amenazaban los malos. Según escuché hablaban de su labor en la Cruz Verde.

En ese momento arribó a nuestro encuentro otro de los policías. Me miró con unos ojos furiosos, rojizos. Estaba muy acelerado, transpiraba. Me atrevería a decir que, a pesar del frío de la noche, sudaba.

Revisaba el carro con mucho detenimiento. Mientras movía los objetos que encontraba en el auto, yo lo seguía con la mirada.

Veía, entonces, a mi amigo, al carro, al policía que revoloteaba el carro, al policía que cargaba mi cédula y me preguntaba cosas, a la puerta de mi edificio que estaba a escasos metros; e iba de nuevo: a mi amigo, al carro, al policía que estaba vez me entregaba el celular que se encontró en el sillón, al policía que estaba embobado con mi nombre, al poste que alumbra la puerta de mi edificio.

Para ese momento yo había perdido un poco de miedo. Estaba tensa, pero no asustada.

–Soy periodista—dije a ver si eso generaba alguna reacción. Pensé en mentir y decir que conocía a sus jefes. Pensé en mentir y decir que era una enchufada. Pero no sé mentir tanto. De todos modos a él no le interesó mi profesión. Estaba enamorado de mis apellidos.

–Y ese Lom-bar-di ¿de dónde es? – Inquirió

Respiré.

Se prendieron un poquito las alarmas en mi cerebro: “No vaya a ser que estos piensen que soy millonaria”, “No vaya a ser que quieran plata y yo lo que tengo son diez mil bolos”, “No vaya a ser que me jodan por pobre”.

–Italiano—respondí.

Para mi sorpresa “mi” policía se había ablandado lo suficiente para dejar el tono amenzante y creo que con honestidad me preguntó:

–¿Y por qué no te has ido? –

Veía en sus ojos envidia, pero también extrañeza. Para él era impensable que teniendo mis apellidos yo todavía viviera en Venezuela ¿Qué tan loca puedo estar para seguir aquí?

Decidí decirle que soy de los Lombardi pobres… y de ahí en adelante todo mi discurso fue con acento victimizante. Le dije que era huérfana de padre y que me había criado una madre soltera a punta de esfuerzo y dedicación. Le dije que no podía irme del país porque los periodistas no ganábamos mucho dinero y que “sinceramente” no tenía como pagarme un pasaje.

También aproveché la “confiancita” que habíamos labrado para aconsejarles que montaran una patrulla en la calle de al lado, que era muy peligrosa.

–Allá hasta matan gente—le dije ya más calmada.

Ya para ese momento el ojosrojos había robado el Ipod que mi amigo tenía en el bolso. No vi cuándo lo sacó pero sí vi cómo estuvo laaargos segundos revisándolo. En una de esas se volteó y ordenó:

–Revísala bien– haciendo referencia a mi cédula. Nuevamente la saqué y se la volví a dar al mismo que compartió con su compañero su gran hallazgo.

–¿Tu habías escuchado el apellido Chang? — le preguntó frente a mí.

Ya para ese momento “mi” policía y yo habíamos estrechado lazos. Me preguntó si tenía familia en Italia y le dije que no, que mi única familia eran mi mamá y mi hermano que me esperaban en casa. Me vio con lástima.

Creo que el tema de la Cruz Verde y el robo del Ipod aceleró todo. Al poco rato nos dejaron ir. Mi amigo y yo estábamos en shock… me parecía absurdo montarme de nuevo en el carro cuando la reja de mi edificio estaba a unos diez pasos, pero lo hice. No hallaba qué decirle a él, me moría de la vergüenza, me sentía culpable y a la vez agradecida… sin duda pudo ser peor.

Hace unos días llegué de estar diez días en Buenos Aires con la firme idea de volverme a ir. Normalizar el terror, normalizar la muerte, el malandraje, normalizar estos sentimientos tan oscuros que me surgieron tras los acontecimientos de este 2017 no es una opción. En otro contexto le hubiese confesado al policía que el mundo exterior es una maravilla, que vivir en normalidad repara el alma.

 

 

 

 

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Volver

Cuando pienso en la palabra “volver” siempre viene a mi mente el póster de la película de Almodóvar que Penélope Cruz protagonizó hace diez años. En esta ocasión tuve que dejarla a un lado para evocar y recordar todo lo que volver a Venezuela después de cinco meses fuera, significó y significa para mí. Ahora, luego de par de semanas de readaptación por fin puedo pensarlo con claridad y compartirlo.

Llegar a Maiquetía y sentir el bendito calor pegajoso dándome la bienvenida me hizo gracia. Me fui justo el último día de temperatura cálida en Madrid y me dije: ¿querías calor? Pues aquí lo tienes. En el aeropuerto, ignorar y negarme a la ayuda de decenas de hombres que ofrecían carritos, taxis, llamadas y cigarros, fue desagradable. Insistían mucho, supongo por ser una mujer sola y con tres maletas. Hasta me recriminaron mi antipatía pero tranquila, o intentando aparentarlo, continué con mi negativa y tomé asiento mientras esperaba a que los míos aparecieran para llevarme a casa.

A mi derecha un hombre tenía sobre sus piernas a su pequeño hijo y el mayor, de unos dos años, estaba deambulando por allí. A veces se escapaba con pasitos vacilantes e iba de inmediato la madre a cargarlo. Vi con ternura cuando pasó una mujer con su perro y el bebé lo acarició con cariño. Los tres adultos bromearon con que se lo llevaría a casa, pero luego la dueña lo haló y se despidió. La risa del bebé se transformó en llanto y empecé a impacientarme.

Del otro lado, un señor ya mayor se quejaba del cansancio. Tenía más de cinco horas esperando a su mujer o sea que yo, que tenía poco más de treinta minutos aguardando no tenía derecho a quejarme. Así que hasta allí todo bien.

Al ver al primer niño de la calle me sentí más en casa ¡Qué dramática! Él, sucio y con la ropa rota, no despegaba sus ojos del fajo de billetes de baja denominación que tenía entre manos. Lo contaba rápidamente y yo calculé que tenía unos cuatrocientos bolívares (no tan fuertes) En mis tiempos con eso podías comprarte una buena empanada. Ahora ni eso.

La delgadez del grupo de pedigüeños me conmocionó un poco. Pero era algo que ya había visto innumerables veces así que no les di más atención. Tenía que prepararme mentalmente para lo caliente, que era ver el declive de un país en tan corto tiempo.

Ya en la autopista me preguntaba si realmente estaba haciendo lo correcto y si volver a la candela era necesario. Cuando me senté a cenar con mi familia entendí que sí. Que por ahora podía estar aquí más tiempo. Que si se me desmoronaba el país encima por lo menos los tenía a ellos y que con eso bastaba. Soy joven, puedo esperar un poco más.

Intentar entender que el dólar se había estabilizado pero los precios no habían dejado de aumentar fue el primero de los retos. Calcular cuánto me costaba un almuerzo fuera y comparar con mis recuerdos de hacía meses fue arduo. Me negué en ocasiones por mi pavor a los números y preguntaba a cada rato ¿Esto es caro?, ¿Esto está bien?, ¿Cuánto cuesta en..? Me sorprendí al ver que muchísimas cosas eran más económicas en España. Aún con el tipo de cambio tan loco que tenemos, lo que muchos gastaban en sus mercados para una semana era incluso más de lo que yo destiné allá para comer durante un mes. Pero para el tema de la inflación yo ya me había preparado.

Otro de los obstáculos era responder a las clásicas preguntas… ¿Por qué volviste?, ¿Qué vas a hacer?, ¿Por cuánto tiempo te quedarás?, ¿Qué planes tienes? Me lo preguntaron personas que quiero y personas que solo conozco, amigos de toda la vida, y colegas. Me cansé de responder, pero ni me acuerdo qué fue lo que les dije. “Déjenme llegar”, pensaba.

Cuando empecé a toparme en la calle con vecinos mucho más flacos de lo que los recordaba y a escuchar los comentarios referentes a “la dieta de Maduro” la cosa empezó a afectarme. Al ver en el metro decenas de pantalones con pinzas, cuerpos delgados, gente cansada y como no, mendigos y pedigüeños de todas las calañas, concebí lo delicado que era el tema. Hambre ¡Qué palabra! Aquí se está pasando hambre y yo ya lo sabía. ¡Qué dolor!

Las colas para el pan se repetían en cada una de las panaderías y al verlas pensaba que muchas de las personas que esperaban allí encontraban en ese producto parte importante de su alimentación. Me sentí por momentos afortunada, pero también mi impotencia aumentó.

Justo en estos días los gobierneros, alegando fraude, quitaron la posibilidad de seguir con los pasos para el revocatorio. Luego de eso algunos empezaron a llamar a nuestro sistema “dictadura” y yo, como confundida, sólo me preguntaba “¿Y es que no se dan cuenta de lo que pasa?, ¿Es que no les importa?”. Saber que muchos chavistas dejaron de apoyar al partido; saber que muchos de ellos lo hicieron por hambre;  y saber que las muertes ya no son solo por violencia sino por falta de comida y medicamentos, solo servía para reafirmar los culpables.

Pero todo esto no es nuevo, lo sé. Hace cinco meses pasaba y pesaba también, pero yo tenía cinco meses sin toparme con esta realidad y me impresionaba. Así como lo hacía el cuento loco del momento, que era el de los reos en Táchira que se comieron unos a otros. Lo vi como otra gota más de aquella gotera que no paraba a pesar de haber desbordado el vaso hacía tiempo.

El panorama político agitado, la gente eléctrica y la calle ardiente me abrumaron. Así que empecé por adentro. Decidí arreglar mi habitación para hacer de ella un ambiente más agradable y despejado. Decidí, también, empezar un curso de inglés con la meta de aprender lo suficiente para defenderme y podes escribir en ese idioma y, por supuesto, decidí que iba a reportear, porque ya el periodismo me hacía falta.

Entre trámites y arreglos; la búsqueda del empleo y la remodelación; la inflación y la nueva/vieja vida, se fue octubre. No sé si por nueva o por ilusa, pero tengo encima una esperanza que no se agota. Tengo unas ganas de crear, de escribir y de contar que no se apaga. Quisiera transmitirles eso, porque aunque tengamos todo en contra, tenemos la vida y lindo es moldearla con nuestros sueños y nuestra gente.

El café mágico del #FestivalGabo y sus efectos

El café era delicioso: humeante, oloroso y con una textura especial, de esas que acarician el paladar. Ese primer vaso que bebí en el puesto de la feria que estaba en el Jardín Botánico de Medellín como parte del Festival Gabriel García Márquez 2016, no se borra de mi mente. No me atrevo a compararlo con los menjurjes que sirven aquí en Madrid, fue perfecto y su única competencia son aquellos italianos que sin duda tienen su magia. La diferencia es que el contexto de este era muchísimo más significativo.

Hay semejanza entre ese calorcito que recorre tu cuerpo cuando tomas un buen café y mi experiencia en el festival. En este caso el efecto inmediato duró tres días y medio, del que planeo resumir lo más significativo. A largo plazo, la consecuencia es aún mayor. Lo lamento por los que no tienen el vicio porque no podrán entender la comparación que ideé para hacer de mis andanzas una pieza más llevadera. Pese a ello, siempre podrán imaginarla.

Empecemos. La aventura comenzó en el avión donde estuve más de diez horas escuchando historias calientes de colombianas que vacacionaban en Europa. A pesar de la molestia que me causaba no poder dormir por la bulla, y por mi emoción, sonreía porque extrañaba eso: ese intercambio tan nuestro, esa sonrisa regalada, ese derroche de simpatía que unas recién conocidas podían darse sin esperar nada a cambio.

No negaré que hubo momentos de desespero, claro, pero debo confesar que disfruté conocer la historia de una paisa que enamoró a un florentino al que le decía “mi italianito”. Compartía con sus recién adoptadas amigas fotos y experiencias con el caballero. “Un día me persiguió como por tres cuadras, me volteé y le pregunté ¨qué quiere ushte¨ y me respondió que quería conocerme”.  Entre una y otra risa, que lograba sacarme con sus ocurrencias, yo intentaba dormir. Pero ella me sorprendía por ser fuente compulsiva de historias, por tener la lengua con aquella soltura que da envidia y  por la confianza recién labrada que le tenía a las otras colombianas. Me sentía como en casa.

***

Tenía dos maletas para tres días: una llena de cosas para Venezuela y otra con mil outfits para el festival. El conductor las acomodó en el auto que compartiría con Alexandra Lucas Coelho camino al hotel. Antes de verla ese día no sabía quién rayos era y ahora, luego de stalkearla y hablar dos ratos con ella, la admiro. Es una reportera portuguesa que ha estado en muchísimos países cubriendo conflictos armados. Tiene una cosecha de cinco libros de reportajes y un par de novelas. En cuanto lo supe pensé: así qué esta es la clase de gente con la que compartiré ¡Qué emoción!

Alexandra estaba más cansada que yo para el momento del viaje en carro. Ella partió desde Lisboa cerca de las 4:00 am, yo desde Madrid par de horas más tarde. A mitad de la travesía se mareó y dejó de ver por la ventana. Me pidió que subiera el vidrio porque le pegaba el frío y se disculpó en dos ocasiones por no saber decir algunas cosas en español. Tras sus lentes de pasta, sus ojos me veían con sorpresa. Mientras le comentaba lo que me traía al festival ella no paraba de expresar su agrado. “Es una gran oportunidad para una chica tan joven”, me dijo y sobre mi juventud siguió divagando. Ella era jurado de la categoría Texto, yo finalista de Cobertura. Ella tenía cuarenta y tantos y yo veintitantos.

En la entrada del Hotel Intercontinental, como para recibirme, allí estaba él: Martín Caparrós. No es que me estaba esperando, de hecho andaba en sus cosas. De seguro ni se imaginaba toda la admiración que me causa, ni mucho menos el cansancio que llevaba encima. Lo miré mucho y sin disimulo, hasta incomodarlo incluso, pero no le hablé. Ya habría una mejor oportunidad, pensé. Fui directo a conversar con el personal de logística que me dio la bienvenida y me ubicó en la recepción. Al llegar a hacer Check In vi que Alexandra conversaba en portugués con otra invitada más. Cuando esta segunda se volteó, con una sonrisa mencionó mi nombre y dijo: Soy Consuelo, tu jurado.

Emocionada la miré y la abracé. Consuelo Dieguez es una muy dulce mujer, reportera de la revista brasileña Piaui, escritora de par de libros y ganadora de premios importantes. Le agradecí por las hermosas palabras que me dijo en tan corto tiempo y concluí con: tendremos mucho más tiempo para hablar. Me urgía acostarme en la cama, me urgía reposar y pensar. Me urgía cerrar los ojos y callar. Me urgía verlo para descansar.

Cuando tocó mi puerta tuve que fingir por dos minutos que no sabía que había llegado. Luego de varios abrazos le confesé que había visto una foto que arruinó su sorpresa y solo dejamos que el tiempo pasara mientras nos aclimatábamos a estar de nuevo juntos. Fueron cinco meses de ausencia y un solo minuto fue necesario para recordar todo lo que nos une. Él completó la experiencia. Ahora yo si estaba contenta.

***

En la noche llegué tarde al encuentro. Lo hice porque otra de las sorpresas que tenía en Medellín era mi mejor amiga de toda la vida y había cosas de las que hablar. Con un abrazo y una sonrisa la recibí en el lobby y es increíble que cada vez que nos encontramos me pregunto cómo carrizo pasa el tiempo y nuestro cariño está intacto. Me hizo falta sufrir una desilusión para entender cuán grande es nuestra amistad, cuán importante y especial, cuán irremediablemente fiel y para así casi llamarla hermandad.

La invité a la cena y al llegar lo primero que hice fue abrazar a mis exjefas de Efecto Cocuyo, Josefina Ruggiero y Luz Mely Reyes. Me dio la sensación de que eso sirvió para distribuir esa ansiedad que tenía por el premio. En ese momento conocí, entre otros colegas, a Juanita León y a Óscar Murillo quienes me acompañarían al día siguiente en la maratón de historias de mi categoría. Ella es la autora del seriado de notas que trata el tema del proceso de Paz  en Colombia del medio que dirige, La Silla Vacía,  y él como representante de la alianza entre tres medios venezolanos (Correo del Caroní, Runrunes y El Pitazo) cuya cobertura de la masacre de Tumeremo completaba el trío finalista. Saludé y conocí a otros periodistas y cené muy a gusto siempre jugando a reconocer rostros. A nuestro lado, lo supe después, estaban los chicos de la categoría Imagen y en nuestra mesa Mónica González, cuya historia contaré hacia el final del relato.

Al día siguiente empezaba lo bueno. Nuestro conversatorio era el último pero estuve en los tres anteriores y disfruté muchísimo ver a los autores con sus trabajos. Preguntas difíciles, piezas ingeniosas, grandes reportajes, e investigaciones dignas de admirar. Para mí seguía siendo una incógnita cómo es que yo estaba ahí a su lado, cómo es que mi trabajo era uno más de los 12. No es falsa modestia, créanme… cuando decidí ser periodista no les voy a negar que soñé con premios, pero los hacía lejanos. Ahora tenía que creerlo, dentro de poco me tocaba defenderlo.

Antes de sentarme en la tarima volví a saludar a Consuelo y a mis “contrincantes”. Lo pongo entre comillas porque siento que no había ningún ápice de actitud competitiva en nosotros. Fue una charla bonita sobre periodismo, llena de consejos y de vivencia. Yo olvidé mi pavor a las cámaras y con una seriedad que no me caracteriza, hice frente a las preguntas que algunos me hicieron. “Era la consentida del público”, bromearon. No les miento si les digo que sentí el cariño de la gente, de los estudiantes que se me acercaron al finalizar y de las personas que me llegaron a felicitar. Fue bonito y me llenó como periodista y como persona.

Maratón de historias #FestivalGabo
Crédito: Iván Reyes

Luego de un par de entrevistas, un almuerzo con casi todos los invitados, varias charlas y varios cafés fuimos de regreso para el hotel. En el camino leí los cientos (no exagero) de mensajes en WhatsApp que tenía en grupos y conversaciones. Me reí muchísimo y además me hizo sentir cerca a todos mis amigos venezolanos ¡Cuánto apoyo de la gente que quiero y cuánto lo agradezco!

Poco a poco acababa el gran preámbulo. La premiación era esa noche y mientras tanto las mariposas, no sé si amarillas, hacían con mi estómago lo que querían. Hasta el maratón no pensé que tenía oportunidad alguna de ganar, pero el hecho de ver a la gente tan involucrada me hizo construir una mínima esperanza que afloró cuando otro finalista me preguntó minutos antes de la ceremonia: ¿ya sabes qué vas a decir en el discurso de agradecimiento?

La noche empezó a trompicones. La sed nos tenía intranquilos, y el tiempo se alargó. Recuerdo escuchar a medias las palabras de Martin Baron, actual director de Washington Post y editor en jefe del Boston Globe cuando se realizó la investigación que inspiró Spotlight. Me perdí varias veces en su intervención, broméabamos algunos en la fila para aligerar el paso del tiempo. A un lado tenía a los chicos de la categoría Imagen, más allá veía a los de Innovación y del otro lado a Josefina y al editor de El Espectador Jorge Cardona, quien recibiría el reconocimiento Manuel Clemente Zabala como editor colombiano ejemplar. Junto a él, su esposa.

Alberto Salcedo Ramos, el gran cronista, fungía como maestro de ceremonia y la verdad es que me extrañó verlo tan serio. Cuando Carlos Dada recitó aquel discurso en agradecimiento por el reconocimiento a la excelencia que le otorgó la fundación a El Faro, medio salvadoreño, solo suspiré y agradecí de nuevo por esa oportunidad.

Allí dejo el link para que lo lean, pero les regalo este extracto: “Mientras otros se entregaban a la imagen de impacto, reivindicamos la palabra como lo más preciado que tienen nuestras comunidades. La palabra de la víctima, la palabra del testigo, la palabra de la memoria. Y la palabra del narrador. Hablamos mucho, escribimos mucho, fotografiamos mucho, porque es lo único que podemos dar a nuestros lectores, oyentes, espectadores. A nuestra comunidad.”

Qué impulso y qué ganas de continuar en el periodismo me dio escuchar tan contundentes palabras. Mi actualidad se tambaleaba como borracha y solo escuchaba calmada. La impaciencia y el calor iban derritiéndome y para cuando Consuelo dijo el nombre de Juanita León todo se puso en pausa.

No me sentí decepcionada, derrotada, ni perdedora. Sentí que mi emoción tenía un límite y ya lo había alcanzado. “Hasta aquí fue”, me dije. Felicité a cada uno de los ganadores y a algunos finalistas y hablé con un montón de gente con un par de whiskys de por medio. Recibí, nuevamente, felicitaciones, confesiones y gratas palabras. Miradas de admiración y de satisfacción. Una frase de Josefina se me quedó bien grabada: “ya entiendo qué sienten las misses cuando quedan finalistas”. Entre risas partimos a la fiesta en la que siguieron las conversaciones.

Luz Mely Reyez, Oscar Murillo, Ronna Rísquez, Martin Baron, Josefina Ruggiero, César Bátiz, María Laura Chang
Crédito: Iván Reyes

Allí en La Pascasia, una casa colonial que albergaba un bar, una pista y pequeñas salas de exposición nos dieron una cazuela cubana, que me comí encantada. Me transportó a Venezuela por su parecido al pabellón. Es una pequeña olla con arroz y caraotas negras mezcladas y un poco de plátano picado. Con ese sabor en la boca, el son cubano de fondo la salsa, buenaza, y la onda sabrosa continuamos disfrutando hasta que el cuerpo aguantó.

***

El segundo día lo viví con menos intensidad. Intenté absorber lo máximo de todos los conversatorios a los que asistimos. Desde temprano escuchamos sobre periodismo, cómo se realizó ese mega trabajón de los Panamá Papers, qué hay detrás del medio El Faro, cómo hacer cobertura de temas migratorios y hasta qué tiene para decir Natalia Lafourcade detrás de su música. Paseamos por el parque, fotografiamos, comimos y andamos. El café y su sabor siguió enamorándome. Los colombianos y su hospitalidad también. Esa noche cenamos todos juntos en un lindo restaurante. Tras el postre, extenuada, tuve que decir basta.

Para la mañana siguiente la angustia de que el evento llegaba a su fin empezó a asomarse. No obstante las ganas de ver Medellín se saciaron un poco luego de asistir a un extraño paseo hasta el Cerro Pan de Azúcar. Allí me adentré a una barriada popular en donde el gobierno local había construido una serie de estructuras interesantes.

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Cerro Pan de Azúcar
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Medellín

Cada paso que daba y cada ranchito con el que me topaba solo me hacía extrañar a mi Caracas. Qué ganas de estar en Petare, sin que me roben; de estar hablando con la gente de Catia, sin miedo; de mirar por la ventanilla del bus mientras voy por la Avenida Libertador, sin pensar que en cualquier momento se viene el atraco. Con parte de mi atención robada por el recuerdo de mi ciudad, aprecié lo que Medellín tiene para dar.

Una larga lucha, de muchos años y medidas, de reforzar la educación y la policía, de afianzar el sistema judicial e impulsar los valores, llevaron  a Medellín de pasar de la espeluznante tasa de más de 360 muertes por cada cien mil habitantes, en el 92, a menos de 20 para este 2015. Su mejor cifra en cuarenta años ¡Qué esperanza!, pensaba para mí Caracas. Mi amada. Ellos tuvieron que darle cobijo al monstruo del narcotráfico, nosotros aún tenemos en casa al de la violencia desatada.

***

El concierto de Natalia Lafourcade fue la guinda del pastel y con él que se acabó lo que se daba. Disfruté de sus canciones, y aprecié sus letras. Si antes me gustaba ahora soy su fan. La carga emotiva que tenía luego de tamaña experiencia solo él podía aliviarla. Con palabras fue calmando mis ansias y las ideas empezaban a aparecer como estrellas fugaces. Temas de reportajes, estudios, vivencias, viajes. De todo.

Para el momento de la despedida ya las lágrimas se habían acabado. Yo no lloro más por eso. No. Para mí la certeza de que nos veríamos pronto era tan real que aunque no había nada concreto, estaba aliviada.

El taxi al aereoperto lo comparti con Miguel Ángel Bastenier. Con su carácter fuerte y palabras de acero me dio una serie de consejos que me guardo para no empavar mis nuevas aventuras. Fue breve, tajante y sabio. Me despedí de él y de su esposa antes del chequearme. Ellos harían escala en Cartagena y yo en Bogotá.

Corrí a despedirme por segunda y última vez de mi gente. Compartimos un Juan Valdéz y algunas ideas. Él aprovechó para darme fuerza y aliviarme y yo para absorber un poquito de su fortaleza y de su paciencia. Para cuando llegué a Bogotá ya la añoranza empezaba a ser insostenible.

Me encontré de nuevo a Alexandra y fue un alivio conversar con ella y distraerme. Ella llevaba una maleta verde, más parecida a una caja de herramientas que a otra cosa. Me contó que adentro llevaba material fotográfico de un colega que había estado en la selva con los de las Farc. Más adelante vi como el Washington Post publicó esas fotos. Pero ahí en Bogotá, compartimos unas papas fritas y un refresco antes de entra ¡Qué lindo!

Ella es uno de los personajes que me llevó de este festival como un tesoro. Desde su primera sonrisa en la cena de bienvenida, hasta la última en el aereopuerto, me causó intriga. Supe, entonces, que además de su larga e importante trayectoria en el periodismo chileno, había sido una de las presas de la dictadura de Pinochet “en una cárcel de hombres” y que hacía tan solo unos meses había vivido otras terribles cuarenta y ocho horas.

“Me secuestraron con mi nieta de doce años”, nos soltó de sopetón a Alexandra y a mí. La veía inmóvil, no sabía qué hacer. Mientras, seguía dándonos más detalles. Ocurrió en México en un hotel de cinco estrellas hace dos o tres meses. De acuerdo con su relato los criminales pensaban que como ella hablaba francés era una de las ricas turistas. Luego supieron que era una de esas periodistas que daban talleres de “cómo cubrir narcotráfico”. Ninguna quería hacer preguntas atrevidas, veíamos que la herida estaba aún fresca y además ella decía que volvía  Francia con su familia para descansar. Sí que se lo merecía.

Poco antes del vuelo nos encontramos a Eva Belmonte, ganadora de la categoría Innovación y se nos acercó con la noticia: va ganando el No. Ya para cuando entramos era irreversible. Vi lágrimas y caras de decepción. Sentí pena, pero como cada elección en Venezuela, asumí que la esperanza haría su trabajo.

***

Llegar a Barajas fue fuerte. Tres días y medio de amor caribeño se extinguieron. Un par de llamadas fueron suficientes para tomar la decisión. Venezuela, aquí voy, el café del Festival Gabo me despertó.

 

 

Palabras para un joven periodista

Era una estudiante de Comunicación Social como cualquier otra, con un futuro aún sin vislumbrar, pero con unas ganas de contar historias que me hacía suspirar. Que yo fuese periodista, OTRA periodista en Venezuela, no era algo que a la mayoría de mis allegados le entusiasmara. Por suerte, a mí eso poco me importaba.

En una visita al colegio del que me había graduado hacía poco más de un año, me encontré con la profesora que me dio clases de Filosofía en el bachillerato y conversé con ella pocos minutos. La saludé con cariño, ya que la consideraba y aún considero una de las mejores maestras que he tenido en mi vida. Sin embargo un comentario y un gesto lograron derrumbar parte de la admiración que había labrado durante los dos años que cursé Humanidades.

La conversación fue parca. Luego de preguntarnos cómo iban las cosas ella quiso saber qué estaba estudiando y le respondí con la verdad: Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela. Su mirada cambió, el brillo de sus ojos se opacó, movió su nariz y con decepción me dijo que esperaba que estudiara otra cosa, “no sé, algo más…”, me respondió. No recuerdo con exactitud qué le dije después, imagino que le di a entender que eso era lo que me gustaba. Lo que si tengo claro es que todo el trayecto de regreso estuve pensando en ese gesto de desaprobación, cuestionando el porqué de su reacción y reflexionando si no era tan evidente para los demás que yo había nacido periodista.

De jovencita había visto a mi mamá entrevistar a media Venezuela y me encantaba todo lo que eso implicaba. Debo confesar que no me leía las entrevistas completas. Para ese entonces una página entera era demasiado así que me decantaba por ojearla por pedazos, primero la entrada y  luego los recuadros que eran aspectos personales de los entrevistados. Yo solo leía los diarios los domingos y poco a poco supe que quería hacer un periodismo distinto a eso que veía. Me aburría el lenguaje clásico, la deshunanización de los sucesos y el hecho de que para conseguir historias, había que buscar muchísimo.

Años más tarde, cuando vi la cátedra Periodismo III con Liza López, gran profe, supe que iba por el camino correcto. Una de sus enseñanzas fue que para innovar había que conocer lo tradicional. Nos toco leer mucha de esa prensa clásica, pero también las nuevas plumas. Empezamos haciendo reportajes “normales” y poco a poco los aliñamos a nuestro gusto. Ese semestre hice tres o cuatro trabajos periodísticos. El último fue un excelente reportaje sobre el Cardiológico Infantil que me llevó un esfuerzo enorme. Recuerdo entregárselo a ella con una inmensa ilusión y recibir una calificación regular. Me decepcioné porque tenía el orgullo de haber hecho una gran hazaña:ir a un hospital público y conseguir cifras oficiales.

Eso no bastó. Liza me hizo un sinfín de correcciones, precisión, cifras, redacción, orden. En todo tenía razón. Mi calificación en Periodismo III fue de las más bajas que tuve en la carrera, pero imagínense todo lo que aprendí. Fue la materia a la que más le puse corazón en 5 años de estudios superiores y claro que lo valió.

En clase, además, descubrí que Liza era una gran periodista y que había  trabajado con los más grandes. Me parecía increíble que hubiese  fundado una revista de crónicas, (Marcapasos) y que fuera parte  de la mítica Unidad de Investigación de la Cadena Capriles, fundada por Luz Mely Reyes, apunten ese nombre.

Por Liza me hice fan de la crónica como género y junto a otro profe que me dejó la UCV, Eloi Yagüe, la empecé a ejercitar. Escribía y ellos me pulían, hasta que me di cuenta de que esa era la línea que me movía.

Cuando me reuní con Laura Weffer para hablar sobre el proyecto que junto a su colega Luz Mely tenía entre manos, me entusiasmé muchísimo. Todo, aunque en pañales, sonaba fascinante. ¿Dinero? No había mucho, ¿Ganas? Todas las del mundo.

Empezamos una redacción pequeñita. Además de ellas dos, Josefina Ruggiero, Ibis León y Jorge Agobian, de la mano de un grupo de emprendedores agrupados en Ecoem, le echamos pichón. Poco a poco fuimos creciendo y lo mejor era que la gente apreciaba nuestro trabajo.

Por fin fui libre para contar las historias como siempre había querido, hacer el periodismo con el que siempre había soñado. De allí surgieron buenos trabajos, que llegaron a un montón de gente y que ahora hasta compiten en el Premio Gabo 2016. Yo no sé si mi profesora se imaginaba que con “esta cosa” podía llegar hasta aquí. Lo que sí puedo decirles, es que cuando uno hace lo que le apasiona, lo hace de forma desinteresada, con empeño, dedicación y perseverancia, el mundo se pone a tus pies y te recompensa de una y mil formas.

Para mí el hecho de ser finalista en este premio es un gran reconocimiento, pero no es mayor a las “gracias” de corazón que me daban aquellas familias cuyo medicamento apareció después de publicar un reportaje.

A veces nosotros mismos perdemos la capacidad de ver lo importante y vital que es el trabajo de un periodista en un mundo como el nuestro, donde los derechos humanos parecen ser opcionales y camaleónicos. Hay que ser firmes en nuestro compromiso con la gente. Para mí ese es el verdadero periodismo y por el que pretendo seguir formándome. Decir lo que alguien no quiere que se diga, decir lo que afecta a una población, decir que un grupo sufre, pero también decir por qué sufre. Hay que confiar en nuestro olfato, pero siempre honrar a nuestra profesión.

Cinco años después, quiero decirle a mi profesora que sí, que soy periodista, soy otra periodista venezolana con muchas ganas de seguir con esta hermosa profesión y que además, pretendo impulsar a todos los jóvenes que así lo deseen a seguir estos pasos. Y no voy a decir otra cosa porque ya García Márquez se me adelantó: el periodismo es el mejor oficio del mundo.

Foto: El Pitazo

 

 

Así salió “Sin Tratamiento”

 

Me mudé de Tumblr a WordPress por diversas razones y este primer post coincide con la publicación de la selección oficial del Premio Gabriel García Márquez 2016 en la que estoy incluida.

Esas tres líneas dan una idea de lo emotivo que ha sido esta semana para mí y no podía dejar de escribir algunas consideraciones al respecto. Lo hago porque mucha gente me ha preguntado con qué se come eso del premio Gabo y cómo es que mi nombre terminó en esa selección, y también para contarles un poco el making off de ese trabajo.

Sin tratamiento

Cuando empezamos a realizar la cobertura de la escasez de medicamentos en Efecto Cocuyo (agosto 2015 aproximadamente), recuerdo que la situación aún no era crítica. La molestia de ir de farmacia en farmacia, de pedir a quien fuera, de viajar por varios estados del país -si era el caso-, o de solicitar a través de redes sociales cualquier pastillita para diversos malestares, era pesada, fuerte y desesperante.

Escuché mucha impotencia al otro lado del teléfono, escuché desazón y rabia, también escuché tristeza, pero siempre había esperanza porque así fuera a un bachaquero (revendedor informal) se le podía comprar y eso, aunque era odioso, aliviaba a las familias.

Con el pasar de los días, la situación se iba agravando y mayor número de afectados aparecía sin cesar. Ya no era una que otra enfermedad, ya no eran solo los medicamentos más costosos, ahora -finales de 2015-  empezaban a fallar hasta las más comunes y el desespero se multiplicaba.

Era testigo de gente que pedía en redes sociales hasta un simple antinflamatorio o un analgésico, y también insumos médicos, por los que tocaba pagar a cifras astronómicas. La línea de Efecto Cocuyo y la mía propia, siempre se alineó con esa gente. Darle voz a estas personas, rebatía la matriz que desde el gobierno se impulsaba: en Venezuela no hay crisis.

Mientras los funcionarios negaban lo innegable, la realidad estaba allí. Farmacias vacías, laboratorios cerrados, gente muriendo. Para ese momento ya las historias que escuchaba eran devastadoras. Recuerdo una paciente epiléptica de 40 años que sufrió una fuerte crisis, descompensasiones y estuvo internada en un psiquiátrico más de una semana, porque al no hallar el medicamento indicado desde hace más de 25 años, lo cambiaron y el nuevo le causó una desfavorable reacción.

También escuché llantos, desesperación y desesperanza. Vi a un padre llorar por la muerte de su hijo de tres años con cáncer, a quien no se le pudo continuar la quimioterapia por falta de un protector para el corazón  y oí el dolor de una tía cuyo sobrino especial murió luego de tres semanas de convulsiones por falta de tratamiento.

Recopilamos las historias que afectaron a niños y adolescentes para hacer un especial titulado “Sin tratamiento“, porque ésta es la población más vulnerable y porque en mi opinión son las pérdidas que más conmueven. Son pequeños que no tienen culpa de nada, cuya vida comienza y tan jóvenes ya deben no solo lidiar con una enfermedad, sino con las dificultades para tratarla.

Darle voz a quien no la tiene, siempre fue una de las cosas que más me gustó del periodismo y este trabajo, arduo, de todos los días me permitió hacerlo. Con el reconocimiento de estar entre las 10 mejores coberturas de iberoamérica que nos da el FNPI, me doy cuenta que ese siempre será un buen camino a la hora de decidir cómo contar una historia. Gracias a mi equipo de EC y en especial a mi querida Josefina Ruggiero por este logro y felicidades a los paisanos o casi paisanos que también se encuentran en esta lista: Equipo de Correo del Caroní, El Pitazo y Runrunes, por la cobertura del caso de los mineros de Tumeremo y Alicia Hernández, por la cobertura de las elecciones parlamentarias.

 

 

 

El fin y el comienzo- Tercera entrega

00:08. Madrugada de viernes para sábado. Ni el rebote del
balón de baloncesto contra el piso, o la pelota de fútbol contra la pared, me
dejan dormir. Las risas de un par de niños de 8, máximo 10 años, impiden que
descanse así que escribo. Estamos en agosto y siento como el calor se apodera
de la parte de atrás de mi cuello, abraza mi espalda y se transforma en sudor
más arriba, en la frente. Tengo la tentación de echarme un baño pero recuerdo
que hace apenas unas horas la casera me recordó que apagara la luz para evitar
facturas con recargo. Lo descarto.
Tampoco me atrevo a desnudarme, y eso que estoy sola como nunca antes.

Hace unos días les prometí tres entregas de un viaje. Sin
embargo esta última se transformó en otra cosa. Creo que va más por una nueva
reflexión de emigrante, porque ciertamente hace pocos días visité ciudades
fantásticas, pero lo que se movió dentro de mí esta última semana no deja de
ser motivo de reflexión. Intentaré describir ambas cosas, espero no defraudar a
nadie.

Vuelvo con esta noche. Cumplo una semana en Madrid y las
risitas de los pequeños me inquietan. Me asomo a la ventana y veo como el que
supongo es su padre, les dice que se acerquen más hacia la mesa. La familia
está tomando cañas en uno de los mil bares que hay en la ciudad y no puedo
dejar de pensar en esto: ¿Desde hace cuánto un niño no puede jugar en la calle
con tranquilidad en Venezuela? Me da escalofríos.

Hoy he leído terribles cosas sobre el hambre en Venezuela y
hace pocos días vi el documental ViviendoAlMínimo. El hambre ya es una
realidad, horrible, que hace cuatro meses cuando me fui tan solo estaba
empezando. Me asomo de nuevo por la ventana y vuelven los escalofríos porque desde
allí solo veo tranquilidad. El cotilleo que viene de afuera se hace cada más
fuerte, empiezo a notar incluso el sonido de los vasos contra los vasos y el de
los cubiertos contra los platos. Tal vez esto no signifique mucho pero para mí
es la simple muestra de que los contrastes cada día se harán más radicales. A
la 1:15 am ya no se escucha nada y en calma me pongo a recordar.

*

París, Ámsterdam, Copenhagen y Londres son, dicho a lo
venezolano, tronco´e ciudades. Por más veces que las haya visto en películas y
fotos, finalmente las viví por algunos días y créanme, son mucho más de lo que
yo pudiese recrear con palabras. Cada una de ellas me transmitió su belleza, en
el sentido más clásico del término, su atmósfera de riqueza, desarrollo y
multiculturalidad. Mamá y yo intentamos hacer rankings pero desistimos porque
cuando hay tanta competencia la tarea es muy dura y amerita mucho tiempo. Mejor
disfrutar a secas y eso fue lo que hice.

París es bella desde donde la mires y su arquitectura es
alucinante. La trillada Torre Eiffel es imponente y subirse hasta el último
piso es algo que jamás olvidaré. Desde allá arriba ver las cuadraturas
perfectas que hacen los edificios, los árboles que bordean algunas calles, los
verdes jardines y el Sena que atraviesa todo impetuoso y grande, es muy
emocionante. El frío, que me pegó en todas las ciudades a pesar de estar en
pleno verano, en la puntica de la torre se multiplica, pero no importa porque
ese aire tiene algo mágico.

Al bajar, volver a la ciudad y compartir con los turistas
las bellezas de París, noté la verdadera diversidad cultural que hay allí. En
el metro, agrupados en los vagones, hay muestras de cada raza y aproveché para
ver cómo se comportaban entre ellos. Con respeto. No cariño, ni hermandad, solo
respeto.

Los malos olores se repitieron una y otra vez, incluso desde
el tren que nos llevó a Francia. Esa costumbre venezolana de bañarse a diario,
enjabonarse bien (así sea con jabón azul), colocarse desodorante (incluso Mum
bolita) y colonia o perfume, dista mucho de la realidad de los franceses. Ni se
inmutan ante el repentino olor a óxido, por decirlo de forma educada, que surja
de algún nuevo pasajero. Pero no hay que enfrascarse en ello, el queso es igual
de maloliente y sabe muy bien.

En cambio, si hablamos de cosas sublimes, el arte que se
agrupa en París no es poca cosa. Obviamente me refiero a los museos. Luego de
dejar todo en el hotel fuimos al de Orsay y disfrutamos muchísimo. Mamá es
fanática de Los Impresionistas y allí están todos, incluso una sala entera para
Van Gogh. El cuadro que me robó la mirada fue este:

Caillebotte

Se titula “Los acuchilladores de parqué” (1875) de Gustave
Caillebotte. En un primer momento me llamó la atención porque días antes, en
Milán, una empresa de pisos tenía esa imagen como logotipo. Luego de escuchar
un análisis que se detenía no solo en la técnica pictórica sino en el
contenido, tres trabajadores de la urbe como representación de un proletariado
ignorado que empieza  ser representado
por los artistas, me atrapó.

En Louvre estuve varias horas caminando y me pareció
demasiado. Es demasiado. Hay que ir dos días mínimo para poder apreciarlo bien,
pero el reloj iba rápido. Estuve más tiempo viendo las tres pirámides que están
afuera que cualquiera de sus obras y cuando llegué a la Gioconda, preferí verle
la cara a los turistas que se agolpaban con cámaras y teléfonos en mano para
llevarse una partesita de ella. Cuando estuve allí me perdí en la conversación
de dos de los cuatro cuidadores de la obra, después me despedí de ella como si
fuera una persona, no sin antes comprobar que realmente te sigue con la mirada.

París merece más días pero pronto nos íbamos a Ámsterdam, la
ciudad del pecado. Así le dicen pero yo la vi con otros ojos. Tan solo al
llegar vi al menos tres jóvenes desmayados de la borrachera, aunque debo
decirles que esto no la representa. Ámsterdam es mucho más. Uno de los sitios
más hermosos es Musemplein donde comparten un jardín tres de los museos más
importantes de la ciudad (Stedelijk, Van Gogh, Rijks) y donde actualmente están
las famosas letras de I Amsterdam. De no ser por mi bendita fobia a las aves
todos los días hubiese almorzado allí, porque sobre todo en las tardes hay una
atmósfera muy linda.

Las bicicletas también son parte de Ámsterdam. Las hay por
montón, ciclovías casi tan transitadas como las aceras o calles y los
estacionamientos para las bicis son sagrados. El más impresionante está en la
estación central de trenes, debe guardar miles. La tentación de montar bici es
tan grande que se me ocurrió dar una vueltica en una de esas un día, salí con
raspones. Poco a poco. Si en cambio prefieres trasladarte de la forma clásica
el sistema de transporte es una maravilla. Cuenta con tranvías y buses que te
llevan a cualquier parte de la ciudad y si vas pocos días aprovecha el pasaje
de 24 horas que le puedes sacar mucho provecho.  

Otra de las cosas que me hizo entender de qué va eso del
primer mundo es la atención que se le dio a un hombre que había sufrido un
infarto. Ambulancias, bomberos y policías, más de 4 vehículos y 10 personas entre
los tres cuerpos de seguridad, se acercaron al lugar del hecho y por la ventana
lo sacaron en una camilla. No quiero ni pensar qué pasaría en Venezuela si uno
llama a una ambulancia.

Al igual que París, Ámsterdam está plagada de personas de
todas las razas y también es común ver por ejemplo, a una chica con velo que te
atienda en el supermercado o parejas interraciales con niños morenos con los
ojos verdes. Creo que en comparación a la ciudad anterior, el holandés se toma
todo con más calma y aunque distante, es tolerante.

Lo más esperado de ese viaje fue la visita al Museo de Van
Gogh y es una experiencia sin igual. Para nosotras que le seguimos la pista al
holandés desde hace muchos años ver en vivo y directo sus famosos cuadros fue emocionante.
Los paisajes, retratos y figuras que Vincent Van Gogh alumbró a través de sus
pinceladas son hermosos, y el boom que hay en la actualidad lo resumió mi madre
con esta idea: “La naturaleza inspiración y esencia de la obra de Van Gogh es
hoy en día la inquietud primordial del hombre moderno” La tiendita del
museo es para pasar un día entero viendo sus cositas

*

-No te creo – me repiten las chicas del piso que comparto en
Madrid cada vez que les comento alguna generalidad de Venezuela. Con los ojos
bien abiertos y atentas, escuchan cómo es normal que alguien se alegre
demasiado por conseguir una harina de maíz, o que busque sustitutos al
desodorante y al champú porque tienen tiempo sin conseguir. Se lamentan y
siento como su lástima me permea el caparazón de fortaleza que me puse antes de
salir. Me dicen que esperan que más venezolanos puedan salir de esto y yo asiento
pero me pregunto si eso significará que los rojitos permanezcan más tiempo en
el poder.

La rumana que vino de visita dijo que son cosas que pasan en
los países corruptos y recordó cómo en su país se sufrió algo parecido. “Se
hacía cola para comprar así sea medio pan. La gente tenía su trabajo, su
dinero, pero no había nada que comprar. Si querían, por ejemplo, comprarse unas
bragas pues tenían que hacer amistad con las de las tiendas para que le dieran
preferencia”, relataba mientras yo hacía la comparación inmediatamente.

Ella lo decía con naturalidad, como leyendo un libro de
historia y yo temblaba porque no es historia es realidad en Venezuela. Además
lo que no tiene comparación en nuestra crisis es la inseguridad que nos
mantiene a raya, con miedo. Y la policía, ni hablar.

*

Copenhagen es la ciudad más hermosa que he visto y ni en mis
sueños hubiese podido estar en un sitio más grandioso. Allí se mezcla el futuro
con lo clásico, la belleza con la cultura, los habitantes felices con los
turistas que se portan a la altura. El bienestar de los hogares daneses es casi
palpable.

Me di cuenta porque nos quedamos en las afueras de la
ciudad, en Orestad para ser precisos, y vi como las zonas periféricas al centro
estaban ideadas como ciudades futuristas. Hacía frío, muchísimo, pero desde el
metro los ventanales de pared a pared permitían ver dentro de esas viviendas y
solo observé bienestar. Intenté buscar cifras recientes en vano, pero encontré
que en 2008 la revista británica especializada en estilos de vida, ‘Monocle’, 
le dio el primer puesto a Copenhague en como la mejor ciudad para vivir del mundo. La educación es gratuita incluso para los extranjeros y la
avanzada arquitectura también la resaltan en esa lista.

Para llegar allí, el tren se metió en un ferry y en
determinado momento nos dijeron desde los altavoces que saliéramos. No
entendíamos y finalmente subimos a la terraza del barco y vimos como se iba
apagando el sol. La brisa helada nos agarró por sorpresa, así como ese corto
viaje en barco. Con ese baño de viento de mar volvimos al tren y llegamos a una
peculiar estación, que en de madrugada da un poco de miedo.

Bajo la luz del sol, es una ciudad bonita, incluso la
estación es preciosa. Uno de los lugares más turísticos de Copenhague es Nyhavn,
el canal con las casas de colores. Está lleno de pequeños locales y hay cientos
de barcas que te pasean por el río. Solo darle la vuelta es suficiente para
sentirse bien, todo es bonito. Otro sitio para visitar es Rundetarn, o la torre
redonda, desde donde se puede tener bella vista panorámica de toda la ciudad. Su historia
es bastante peculiar fue construida como observatorio astronómico en 1642 y en vez de escalones tiene una rampa
redonda que va subiendo en círculos hasta la punta. Además hay café y salas de
exposición y un cuarto protegido por un vidrio en el que permanecen las mismas
estructuras del Medioevo.

En Copenhagen cumplí los 24 años y para celebrar me compré
una cerveza y un pastel. Di un largo paseo, mientras llegaban emotivos mensajes
de esa gente que me tiene presente a pesar de la distancia y en la noche me
preparé para la siguiente aventura: Londres.

Quise ir para aprovechar un pasaje de tren que me quedaba y
porque tenía dónde llegar, pero el viaje se hizo más complicado. Perdí las
conexiones de los trenes porque hubo un problema técnico en el primero y llegué
casi una hora más tarde a Hamburgo, donde tomaría el segundo. Doce horas más
tarde de lo esperado allí estaba, en St. Pancras.

El gentío, exagerado, me abrumó. Iba con dos maletas y un
bolso grande caminando pausada pero allí nadie anda lento. Todos caminan rápido,
hablan por celular, te tropiezan, dicen “sorry” y continúan.

Me pude quedar en un sitio envidiable, con una terraza con
vista a toda la ciudad a pocos metros del Big Ben y del London Eye. Es decir en
el mero centro. En mi ignorancia pensaba que Londres no me iba a atrapar y la
verdad es que tardé dos días en hacerme una idea de la ciudad y el gentilicio. Es
linda, realmente linda.

La caminé mucho, visité los museos, fui a ver qué tal las
adyacencias de Bukinham Palace. Todo en orden. El metro es impresionante, llega
a todos lados y si no pues los famosos buses rojos de dos pisos te acercan a tu
destino. El inglés inglés resultó ser más simpático de lo que creí, siempre
distante, siempre respetuoso y amable.  

En Londres, a diferencia del resto de Inglaterra según los
reportes, es muy raro ver xenofobia porque realmente hay un mar de gente de
todos los lugares que sería como ir en contra de su propia idiosincrasia. La
velocidad de la ciudad se me pareció a la de mi Caracas y solo eso. No hay más
nada que se le compare.

*

Mientras camino por Madrid con una vieja amiga venezolana,
capto los acentos de inmediato. “¿Quieren probar?”, fue suficiente para que
ambas volteáramos a preguntarle de dónde era. La experiencia de María, mi
tocaya y mi paisana, es la de cualquier emigrante que vino a España con una
carrera y con ganas de trabajar en lo que sea. Ahora está cocinando, una
delicia de patatas con trufas que nos encantó, contenta por recuperar la
calidad de vida que había perdido y tranquila por este trabajo que después de
una ardua búsqueda, halló.

Aquí en Madrid hay muchos latinoamericanos, barrios enteros
de peruanos, ecuatorianos y la más reciente inmigración venezolana hace sencillo
sentir que por lo menos perteneces. A ver, no es que me sienta española ni
mucho menos… simplemente me siento acorde, en sintonía con esta gente, cosa que
en las cuatro ciudades que les mencioné antes no ocurría.

El hecho de tomar la decisión de venirme para acá por la
cantidad de coterráneos que había también me dejó otros aprendizajes. Cuando
emigras puedes creer que tendrás el apoyo de los tuyos, pero no siempre será
así. Puede que tengas su palabra, su experiencia, pero de facto estás solo (si
lo haces solo, obviamente) frente al mundo. Así fue como empecé averiguar y una
semana después, alquile habitación en un piso, adquirí el abono de transporte
para jóvenes y  tengo pautada una
entrevista de trabajo. ¿Que si alguien me ayudó? No lo creo ¿Que si alguien me
apoyó? Sí que lo hicieron.

Así que con honestidad le digo a todo el que está pensando en
emigrar, deben armarse de valor y buscar la fortaleza desde adentro porque es difícil
y se necesita para afrontarlo. Sé que las semanas sucesivas seguirán siendo un
reto, día a día, y que cuando por fin encuentre trabajo, serán ahora nuevos
retos,  pero nunca descanso.

La soledad no solo te permite replantearte tus valores, tus
necesidades más entrañables, sino que hace apreciar cada momento con tus seres
queridos y esa añoranza tiene doble filo: o te motiva a seguir o te hunde.
Intento que solo sea lo primero y cuando esté más triste, siempre puedo
recordar el viaje de mi vida, cortesía de mi madre, la mejor compañía.

Ciao bella –Segunda entrega

Roma, Avezzano,
Venecia, Verona, Florencia, Milán, Nápoles – y alrededores-, Livorno –la isla
de Elba-, Cerdeña –Alghero-, Aosta,Torino y Pisa. Éstas, en orden aleatorio,
fueron las ciudades italianas que visité junto a mi mamá en este viaje. Solo
enumerarlas me cuesta. Imagínense recordar todo lo que allí viví. Pero vamos
poco a poco.

Como ya les
mencioné en la primera entrega, no era la primera vez que iba a Italia. Hace
seis años mis compañeros del colegio y yo, realizamos un viaje por nuestra
graduación a las principales ciudades del país y en su momento pensé que ya
había visto todo. ¡Qué equivocada estaba!

Es que como
Heráclito intentó enseñarnos, uno no puede bañarse dos veces en el mismo río. Con
unos nuevos ojos, después de cosechar otros saberes, ya como periodista y con
ese entusiasmo de conocer algunos familiares, adentrarme en la vida del italiano
y hacer turismo del bueno, este segundo encuentro con mis raíces se cargó de un
nuevo significado.

Estando allí
me dejé llevar fácilmente por sus costumbres, sus colores, sus aromas, los
gestos de su gente y su belleza en general. Italia no solo cuenta con hermosuras
naturales, sino con una historia milenaria que la hace digna de visitar. En mi
estancia allí aprendí un nuevo idioma, peculiaridades de una nueva cultura,
consentí al paladar y reviví parte de un árbol genealógico desconocido por mí
hasta estos días. Es un país hermoso, colorido, amigable y aunque cada región
tiene sus aspectos diferenciadores, buenos y malos, busqué quedarme con lo
mejor de cada una sin obviar sus defectos.

*

Lo primero
que les aconsejo antes de tener tamaña aventura es la preparación. Dos meses
antes, desde Caracas, mamá y yo pasábamos noches enteras viendo hoteles en Booking,
Trivago y TripAdvisor. Cada una tenía sus condiciones mínimas para los albergues,
pero como solo éramos dos las decisiones no fueron tan difíciles. Hay que
establecer un presupuesto de gastos y con base en eso, prenotar en los sitios
que se ajusten a tus expectativas y a tu bolsillo.

Puedo asegurarles
que todos los hospedajes en los que estuvimos fueron de primera línea y no
precisamente porque pagamos mucho. Es decir, a pesar de ser hoteles económicos
(dentro de lo que cabe) eran muy cuidadosos con sus clientes e intentaban funcionar
lo mejor posible. Es aquí donde está el primer punto, una nación cuyos ingresos
por turismo son tan altos (en 2015 fueron 45.5 billones de dólares –no sé ni
cómo se escribe ese número-) no puede permitir que los hoteles espanten a sus
presas.

Nos
encontramos siempre con lugares limpios en los que es casi imprescindible tener
baños funcionales y modernos, camas más o menos cómodas y un personal con la
capacidad de ayudar al turista en lo que esté en sus manos. Solo imaginar una
política parecida en las bellezas de Venezuela me hace pensar que el “motor
turismo” nos podría generar tantísimos ingresos.

Justamente
este jueves 18 de agosto, Valentina Qintero, la experimentada viajera de
Venezuela, publicó algunos tuits reclamándole sobre las condiciones en las que
se encuentra el sector a la ministra Marleni Contreras. Tras de sí una fuerte
crítica por el planteamiento del Arco Minero. En fin, como casi todo en
Venezuela, es una materia pendiente. Nadie se ha decidido a hacer políticas que
impulsen al turismo y eso que tenemos la tierra más bella de este planeta.  En Italia, y otros países de Europa, hay todo un
movimiento económico que gira en torno a esta actividad y eso se nota a pasar
de que la zona no atraviese su mejor momento.

Italia tiene
sus problemas, no es un paraíso.  Sobre
todo sus habitantes me lo repetían en cada sitio al que fui. Lo que les comenté
en la primera entrega de la inmigración y el desempleo realmente les preocupa y
no ven una solución ni a corto ni a mediano plazo. De hecho me atrevo a decir
que ven con desgano, callados, dóciles, cómo llegan estas personas a rebuscarse
en lo que sea -literalmente lo que sea- sin saber muy bien cómo actuar ante
esto. La falta o ineficacia de políticas públicas para atender a esta gente se
resiente.

El primer encontronazo
que presencié con uno de ellos –inmigrante- lo viví en el autobús que tomaba
del hotel al centro de Roma. Un hombre de mediana edad, con evidentes rasgos indios,
se descalzó y colocó sus pies desnudos sobre el asiento que tenía en frente.
Las doñas italianas lo veían con desprecio hasta que una le hizo el gesto de “sale
pa´llá”- expresión para espantar a un animal utilizada sobre todo en el llano
venezolano- y procedió a bajarlos para así darle el puesto a ella.

15 minutos
más tarde ver la Fontana di Trevi me hizo olvidar el impase. Ya se lo escribí
yo a alguien, “el hecho de que estemos en el 2016 y esas estructuras se
encuentren erguidas allí ante tus ojos te dan una descarga de emociones
indescriptible”. Así es Roma. A cada paso un monumento, una pared, un balcón,
una edificación bella, un museo histórico, pero, hay que decirlo: como capital,
es decadente. El gentío, el desorden, la basura, el descuido de las líneas de
transporte, le dan un poco de caos que para nosotros los caraqueños no es más que
sazón. Me divierte la gente, ver a la gente y Roma está llena de gente. Ver el
Coliseo de noche, iluminado con colores especiales, es una de las postales que
me llevo con especial cariño.

Otra de las
cosas que aprecié allí fue la primera comida “veramente italiana” que nos
invitaron nuestros familiares. El almuerzo- pranzo
en italiano- se dio en un rincón de la ciudad, muy pequeño y acogedor. Allí van
a diario trabajadores y familias, es un lugar de tradición. Esa tarde comimos delicias
y descubrí mi amor por el pimentón.

En Italia se
puede estar en la mesa 2 o 3 horas sin que esto inquiete a nadie y realmente se
disfruta. Barriga llena y corazón contento, no hay más que agregar. El italiano
tiene tiempo para hablar, para bromear, para discutir sobre el fútbol, cine,
teatro, arte, también para quejarse de la corrupción o las injusticias y, como
no, dar su opinión sobre los problemas que los aquejan, al tiempo que muerde un
bocado de mozarela o enrolla la pasta en el tenedor. Los aromas son
indescriptibles.

*

Si Venecia
fuera un objeto sería una joya hermosa y costosa. Cuando llegamos, el frío de
la primavera estaba desatado, el viento y el cielo nublado le daban una
atmósfera dramática a aquel sitio que realmente es como de fantasía. Sus
calles, angostas, sus vías de agua, sus colores. Es tan fotogénica como
encantadora. En cualquier momento te vas, te transportas en tiempo a otras
épocas y solo queda respirar. Cuando fui con mis compañeros disfruté mucho
perderme entre sus vías, esta vez fue igual.

Los turistas
son de todas las calañas y hay millones. No exagero, hay reportes que aseguran
que a diario llegan 20 mil personas de todo el mundo a ver con sus propios ojos
esto que les cuento. Pero paradójicamente, ellos que mueven la economía, también
están cavando la tumba de tan emblemática ciudad. En este
reportaje de El País
, hay muchos datos interesantes de lo que está pasando
en Venecia y explica más a fondo esta idea que les dejo por aquí como suelta. Lo
cierto es que es una experiencia que hay que vivir mientras se pueda.  Advierto a los que comparten mi fobia a las
aves, hay restricciones para nosotros. Esta vez no pude ir a la plaza San Marco
por la cantidad de palomas que había  ¡qué
terror sentí!

Verona es tierna
y dulce. Pasear en ella es recrear una historia de amor desde que sales del
“albergo” – en italiano albergo es cualquier sitio donde te hospedas-
hasta que llegas a la antiquísima Arena donde confluyen dos mundos, el de Shakespeare
y el de la antigüedad romana. Da igual, cuando vas a la pastelería te ofrecen
Baci di Giulietta– Besos de Julieta” en vez de bombones y
cuando pides una pizza que sea con un toque de Romeo.

Entrar en la
casa de Julieta es emocionante. Las paredes del pasillo que se encuentra antes
del famoso balcón están escritas hasta el tope con dedicatorias y mensajes de
amor. No podía sino pensar en mi propia historia romántica. Todo me conmovió
mucho, en especial ver a una joven pareja con su bebé en el coche. Lucían tan
enamorados: él escribía en el muro y ella lo fotografiaba con orgullo. Al final
se tomaron una selfie y se marcharon. Luego, ver a dos parejas casarse
en el museo donde se encuentra la tumba de Julieta, terminó de moverme las
fibras. Tal vez no es tan descabellado el casamiento.

En
contraparte Milano es una digna y regia ciudad, que en opinión de muchos -y la
comparto-, debería ser la capital de Italia. La economía se mueve como en las
grandes metrópolis, la gente es correcta, antipática, pero es que no hay tiempo
que perder. Pese a ello, hay turismo y cosas que ver, un río de viajeros se
pasean por sus calles y se concentran en los locales cuando oscurece. Me gustó como
se mezcla una cultura milenaria con una modernidad elegante. Todo gira en torno
al Duomo. El museo 900 fue una experiencia sinigual, así como encontrarme a un
viejo amigo y conocer a sus compinches.

Florencia es
cultura y su paleta de colores es una sola: del amarillo al naranja. Es muy
bella, muy genuina y tiene también una historia tras sus muros muy interesante.
Aprecié leer sobre ella y caminar por sus calles y museos es bañarte en
historia. La Toscana tiene sus cosas hermosas.

Por ejemplo
la isla de Elba. No fui justo después de visitar Florencia, pero la pondré aquí
porque Livorno es parte de la Toscana. Elba es una isla donde los italianos del
norte van a hacer la vacación. Tiene playas hermosas, es grande y aunque está
bien dotada turísticamente, aun prevalece ese toque de tierra virgen que tanto
gusta al visitante. La tranquilidad y belleza de sus playas no tienen
comparación. Las aguas de Lacona, Cavoli o Fetovaia, entre el verde y el azul,
hipnotizan y solo queda bañarse y observar.

*

Luego de
esta primera parte del viaje fuimos a Avezzano, el pueblo de unos familiares
ubicado a pocos kilómetros de Roma. En primavera tiene varios paisajes que te
envuelven, pero realmente el turismo allí explota en invierno porque cuando
empieza el frío la nieve cubre cada montaña que adorna el lugar. Para esta
fecha las más altas tienen todavía vestigios blanquecinos. Se respira paz.

La vida en
los pueblo italianos es tranquila, la gente es un amor y te llena de comida
deliciosa porque aquí el cariño se transmite de esa forma. Uno de los episodios
que disfruté allí fue el de una corta visita a la casa de una familia.
Agradecidos con el primo de mamá, que durante muchos años fue el médico del
hospital del lugar, lo miman con cualquier clase de alimentos. En son de broma,
el primo les dijo que mi mamá quería probar los huevos de sus gallinas y así
fue como regresamos a la casa con tres huevos frescos envueltos en una
servilleta.

En Avezzano
también comí la carne más sabrosa en un restaurant metido entre las montañas.
Para acompañarla metieron una bola de queso a las llamas y lo comí derretido como
si se tratara de la gloria. ¿Ven por qué insisto que este viaje es toda una
experiencia gastronómica? Pero así es, desde la punta de la bota hasta Los
Alpes se come DIVINO.

La siguiente
parada fue Nápoles. Allí estuve más tiempo que en cualquier otro lado porque mi
familia es originaria de allá. Aluciné con los colores del mar, los colores de
las casas, los colores del paisaje ¿Mi lugar favorito allí? El lungomare de vía
Caracciolo. La caminería se extiende por todo el borde de la ciudad y la separa
del mar. Para trotar es una delicia y ver a la gente pasear allí también lo es.

Nápoles es
una ciudad cálida, su gente también es cálida e incluso cuando cae la noche el
azul que cubre las calles es celeste y vivo. Las historias de mi familia me
divierten y disfruto ver la emoción de mi mamá. Pese a que hablan de las mafias
y la inseguridad, la conseguí mucho mejor de la última vez que vine. El
desorden, las motos y ese caos del sur de Italiana no es nada que una caraqueña
no pueda aceptar, pero es un tema serio.

En los Quartieri
Spagnoli, una zona populosa en pleno centro histórico
de Nápoles, niños – 5 años o más- van en moto como si de una bicicleta se tratara.
La imagen de una madre con su pequeña de unos 7 años en el vehículo y que haya
sido la niña quien las guiaba no se borra tan fácil de mi recuerdo. Es
impactante incluso para nosotros los caraqueños que de motos hemos visto
bastante. Pero allí no es un tabú. Todos andan en moto porque el transporte
público no es eficiente y las vías son pequeñas y pocas para la cantidad de
gente.

De
Napoli me llevo el Vesubio desde la ventana del apartamento en el que me quedé.
Es mágico.

Muy cerca de allí está la costa
amalfitana, famosísima por sus playas. Mamá y yo nos quedamos en Minori y de allí
fuimos a Amalfi y Positano. La carretera que conecta cada pueblito es fatal,
vas en zigzag y de un lado tienes el cerro y del otro el vacío con un mar
hermoso. Está la opción de moverse por mar, más costosa pero también más
agradable. Cuando fuimos aún había frío, de hecho en Positano no pude ni entrar
al agua porque llovió y congelaba. Pero el paisaje lo vale.  

Estando en
Napoli también fuimos a Isquia, la Margarita de esos lares. Es otra isla además
de Capri, mucho más grande y menos costosa. Allí hay aguas termales y varios
clubes que tras pagar una entrada te dan acceso a piscinas de aguas de todas
las temperaturas posibles. La experiencia es relajante. Allí también está Nitrodi,
que  según la leyenda es el primer spa
del que se tiene reporte histórico. En ese sitio hay agua milagrosa. Regaderas
y llaves con agua natural cargada de minerales que le hacen un bien mágico a la
salud de la piel.

De vuelta a
Napoli debo destacar que en Italia se siente mucho el regionalismo. Escuchar a
un napolitano decir que no le va a Italia en la Eurocopa porque la azurra (selección
de fútbol del país) no le llena como el celeste (del equipo de fútbol de
Napoli) no necesariamente es una excepción.

Sobre las
disputas entre los italianos debo decir que los del sur critican a los del
norte por su seriedad y les encanta que reconozcan sus bellos paisajes. Los del
norte critican a los del sur por su desorden y poco empeño en el trabajo, y les
encanta que reconozcan que la economía se mueve en su zona.

Sin embargo,
los problemas son comunes a todo el país. Un padre de familia, por ejemplo, nos
dijo que le parecía una juventud muy vacía la que debían atravesar las nuevas
generaciones. El señor decía que ya las anteriores habían trabajado tanto para
hacerles el camino fácil que ahora, teniéndolo todo tan fácil, los niños y
jóvenes puede llegar a atrofiarse. Ponía como ejemplo qué teléfono móvil le iba
a comprar a su hija adolescente. Ella quería uno costoso, de los más modernos y
con todas las nuevas tecnologías pero para ganarlo ella no tendría que hacer
nada. Es decir, sin esfuerzo tenía su recompensa.

La guerra
trajo consigo mucha hambre y es por ello que estas personas se sienten
afortunadas de evitar esos males y no solo eso, de poder asegurarles la mejor
calidad de vida pero, ¿qué pasa cuando crías hijos que no ven el valor del
trabajo? No esforzarse para obtener un futuro y vivir la juventud consentidos es
lo que le preocupaba a este hombre y quise compartir su reflexión.

*

Las últimas
dos paradas del gran viaje por Italia fueron Alghero y Champoluc, poblados de
Cerdeña y Aosta respectivamente. En una la vida de playa y en otra la de
montaña. Emocionante.

Cerdeña es
famosa. Es muy famosa y tiene razón de serlo. Vi playas hermosas, realmente
bellas con aguas cristalinas con arenas claras y a su vez un lungomare con un
mar azul, tan azul que cuando pienso en Alghero me lo imagino escrito con letra
azulada. Este pueblo tiene historia y en el centro hay edificaciones antiguas
que lo hacen interesante. Para ir a Stintino o Le Bombarde, por ejemplo, hay
que tomar bus. Es un sistema de transporte muy bueno. Alghero me dio un feeling
distinto a cualquier otro sitio de playa. Es familiar y bonito.

Pero, aunque
yo pensaba que era una chica de playa y de mar, más emociones viví en
Champoluc. Ir a este pueblo dell Valle de Aosta ubicado a los pies del
Monterosa que forma parte de Los Alpes fue una experiencia increíble. Con el
sonido de las campanas de las vacas me despertaba en las mañanas, el olor a estiércol
se acompasaba con el de la vegetación tan frondosa que cubre cada montaña y a
lo lejos, viéndome, la punta blanca del Monterosa.

Allí no hay
mucho que hacer, solo caminar y hacer expediciones. El frío para esta época es
rico. Subir las montañas, ya sea en teleférico o a pie, te llena de oxígeno y
dicen que eso es vida. Así lo sentí cuando finalmente llegué al Lago Blu. Un
inmenso lago que está ahí abajito de la cordillera, cuya agua gélida y
escarlata me encantó. Toda la expedición fue de grandeza porque ese río te va
guiando y desde los distintos puntos, paisajes hermosos por doquier. Estás inmerso
en la naturaleza y de vez en cuando te volteas a ver lo pequeñito que se ve
todo desde arriba. El frío va haciéndose más fuerte, pero por suerte en verano
hay sol que lo tranquiliza. Al llegar al punto final, exhausta, me descalcé y
metí mis pies rojos en el agua helada. Paz.

*

No tienen
idea de cuán difícil fue para mí resumir mi viaje por Italia en este texto. Lo
hice como ejercicio y para refrescar mi memoria cuando esté más vieja y empiece
a olvidar aún más de lo que ya lo hago. Obviamente no están todos los detalles,
ni todas las aventuras. No mencioné a ni una sola persona que hizo de mi viaje
mucho mejor, porque temía dejar alguno por fuera. Pero en fin, creo que si se
toman el tiempo para leerlo todo les dará una idea de qué estuve haciendo en Italia
y finalmente, viajar conmigo así sea a otro tiempo y desde lejos. Les
recomiendo revisen mi cuenta en instagram @marilachang, para darle forma a mis
palabras.

P.D: Sé que
les prometí el tercer y último texto para el fin de semana, pero puede que me
tome unos días más porque además es el texto de conclusión. Espero sus
comentarios siempre que quieran y sus preguntas también.

María Laura
Chang

Contraste – Primera entrega

Uno no es feliz a secas, ni la meta de la vida puede ser la
búsqueda de la felicidad. De hecho todos somos distintos y aquello que nos hace
felices varía de acuerdo a nuestra esencia. Tan solo con ver un poco a la gente
se puede observar cómo unos tienden a la alegría, mientras otros a la melancolía.
Hay buenos y malos, bellos y feos, activos y sedentarios. Políticos, médicos, deportistas, artistas. El punto es sentirse bien y si el bien de uno es vivir
cómodo, no hay razón para criticarlo. Tampoco si la dicha de alguien es, por ejemplo,
preservar la naturaleza, o conseguir la grandeza profesional. Incluso hay quien
tiene como meta de vida criar hombres y mujeres de bien, y allí está nuestra
diversidad que impide encontrar aquello que nos llene a todos por igual.

Lo cierto es que eso que hemos escuchado de que la felicidad
viene de a raticos lo vivo y lo comparto. Al que no se ha percatado le
aconsejo: apréciela así como llega, no la persiga.

Sobre persecuciones debo confesar que cuando
embarqué ese avión sabía que estaba en
la búsqueda de algo. Aunque por el momento sea incapaz de describirlo sé que no
puedo caer en esa generalidad de decir que ansiaba la felicidad y por eso aquel
preámbulo.

Si me conocen sabrán que no me considero aventurera, pero también
creo haber dejado claro que me siento libre de perseguir aquello que me llene
el alma y es allí donde radica la diferencia. Encontrarse en un estado de
plenitud, no te colorea los cachetes ni te suelta sonrisas. Creo que todo lo
contrario, te estabiliza las emociones y por fin puedes ser tú mismo.  Por allí dirijo mi caza del tesoro.

Hace tres meses y medio partí de Caracas con una idea vaga
de lo que me esperaba. Pisé por primera vez el suelo norteamericano y me tomé
un primer baño de mar mayamero expectante a lo que seguiría. Ese día llegamos
muy temprano al hotel, atravesamos la ciudad con un tren, luego nos montamos en
un taxi, y finalmente caminé unos pocos metros hasta llegar a la playa. Allí vi
cómo terminaba de amanecer. El sol, aún tenue, iluminaba una larga y hermosa
costa de arena suave, que justo a esa hora era limpiada de desechos humanos con
una máquina ruidosa. Sonreí al ver que el conductor de aquel vehículo me
saludaba desde lejos, como excusándose porque aquel sonido no estaba acorde con
la paz que yo parecía buscar.

Al entrar en el agua la emoción me hizo gritar y poco me
importó la estruendosa jornada de limpieza. Nadé lo que las olas me dejaron y
sentí que esa era la temperatura perfecta. Me preguntaba por qué nadie se
echaba un baño, por qué los corredores preferían el cemento que la arena, por
qué la pareja que fotografiaba el amanecer no se aventuraba a meterse al agua
como yo. Esta especie de ritual estuvo a la vista de un hombre que confesó
minutos más tarde haberse reído de mi nado. Lo que no supo él es que aquello
fue como un bautizo íntimo, el agua salada en vez de la bendita, me purificó y me
limpió de todos los tormentos. Ese baño dio pie a un comienzo y por algunos
minutos me regaló felicidad. “No, there is not cold”, le respondí a una mujer que
se inquietó al verme con el cabello mojado.

Recomenzar

Días más tarde volé hasta Roma e hice escala en Londres. En el
primer aereopuerto –London Gatwick- un gran retrato de la Reina Isabel hecho
con minifotos de miles de niños ingleses me dio la bienvenida. El frío y
moderno lugar, con su atmósfera de primerísimo primer mundo, me acogió por unas
horas. Aeromozas estilizadas y elegantes nos echaron de una salita donde ya
habíamos dormido la siesta y tuve que esperar el avión que venía con un retraso
de par de horas. “Qué extraña esta perfección”, pensé.

Al día siguiente la noticia era la elección de quien se convertiría en primer alcalde musulmán de la metrópoli inglesa, cosa que me causó simpatía. Zadic Khan será recordado como el primer musulmán en dirigir una ciudad occidental. 

Debo
decir que en ese momento ni por casualidad me pasó por la mente que los
británicos harían un referéndum para salir de la Unión Europea, ni mucho menos
que la mayoría votaría OUT. Pero de
esa historia, del Brexit y sus consecuencias, ustedes conocen más que yo solo queria destacar la paradoja. Otra
cosa que jamás pensé es que volvería a Gatwik este mismo año. A tres meses de
haber estado allí, de todos los puertos y aereopuertos, de todas las estaciones
de tren que hay en los 27 países de la Unión Europea, fue precisamente en
Londres donde mi viaje terminó. La vida da unas vueltas tan curiosas, que podrían
confundirse con casualidades pero no lo son. Creo que no lo son.

Vuelvo con el viaje. 6 de mayo, aereopuerto de Fiumicino,
Roma. El aire italiano no olía a pizza, pero casi. Hace 6 años también rodaba por
esa larga autopista que atraviesa la nación, pero ahora me sentía distinta. La
emoción de la primera vez ya había pasado. Relajada vi por la ventana durante
todo el trayecto y al llegar al hotel me di ánimos: aquí empieza el verdadero
viaje.

No es mi intención contarles en detalle cada una mis
aventuras en Italia, han sido miles, bellas, divinas. De cada rincón intenté
llevarme algo. Sintetizando me adentré a una cultura diversa, rica, y
milenaria; pero también a una naturaleza sin igual. (Podrán leer más en la
segunda entrega) De todo aprendí mucho pero, sin que me quepa duda, la
enseñanza más grande me la dio el hecho de alejarme de Venezuela.

El contraste es implacable, fuerte y hasta doloroso. En
Italia –Europa en general- uno de los problemas más grandes es la inmigración
ilegal. Gente de África y de otras partes del mundo llega escapando de la
guerra, de la violencia o de la mala fortuna y empieza de cero. Un porcentaje
se decanta por los malos pasos, no lo voy a negar. También hay ejemplos de
éxito y perseverancia como el de una mujer del Congo, graduada de Medicina en
Roma, que fue nombrada ministra en Italia hace tres años y tiene tras su espalda el peso de ser la primera
negra que lleva las riendas de uno de estos despachos. Cécile Kyenge (Lean
este perfil publicado en El País si les interesa su historia)
ahora es
diputada en el parlamento europeo y, por ende, viaja muchísimo. 

Por cierto, si de casualidades
hablamos, una de las hijas de la congolesa es mejor amiga de una compañera con
la que coincidí en la Escuela de Comunicación Social en la Universidad
Central de Venezuela ¿qué tal? Además, viven en Londres.

En fin, los casos como el de Cécile y las casualidades como
la que les añado son excepciones, lo sé. Volviendo al tema social quiero
exponer que el grueso de ese montón que está allí arañando a ver qué saca es lo
que más asombra. El desempleo y la desocupación de los propios italianos-y
españoles, y portugeses- también angustia. Las escasas oportunidades que un
joven profesional consigue en su propia tierra me hizo sentir incluso
identificada, pero a lo que voy: hasta el más pobre mendigo, sea de la
nacionalidad que sea, con dos monedas puede comer un pedazo de pizza, con
cuatro hacer un mercado y con cinco alimentar a toda una familia y no exagero.
Además, todo es “Made in Italy”, producción nacional. Qué diferente suena la
independencia ahora.

No voy a evaluar las políticas italianas porque eso merece
mucho más tiempo, investigación y background, pero sí puedo expresarle lo
fuerte que es concebir que mientras esto ocurre, al otro lado del océano, mi
país, aquel que fue el más rico del continente sudamericano, aquel que tiene
las reservas de petróleo más grandes del mundo, aquel cuya tierra es bendita, cuyos
paisajes no tienen competencia, aquel que en un pasado cercano se jactaba de
tener a la gente más feliz del mundo, hoy sufre y hay gente allí que tiene
hambre. Eso me entristece, porque no hay guerra económica que deba culminar en
esto, porque no hay excusa alguna para desmentir que esto es culpa de un Gobierno
incapaz. Si hubo guerra, no supieron combatirla, si se la inventaron, peor aún,
son los únicos culpables.

Más allá de despotricar contra quien lleva las riendas de
Venezuela, o criticar a quienes se les oponen pretendo darles una mirada
intimista de un gran problema. De hecho, a modo de anécdota les confieso que cuando
arrancó el avión Caracas-Miami pretendí desentenderme de las noticias de
Venezuela. No quise leerlas pero a los pocos días entendí que así no iba a
funcionar. Ojeaba Efecto Cocuyo y
otro medios para ver cómo seguían las cosas y todos los días pasaba algo peor
que el día anterior. ¿Hasta cuándo?, me preguntaba a menudo.

Con los días un sentimiento de culpa se empezaba a asomar y
a las semanas se planteó como una realidad. Recorría Italia de atrás pa´lante y
le daba la espalda a mi patria ¿Es que soy egoísta? ¿Es que todo el que se fue
es egoísta? A ese sentir se le sumó poco a poco la impotencia. “Tengo que
ocuparme”, pensaba.  

Me costó entender que aunque sienta un amor incondicional
por mi tierra, la única opción para llenar aquel vacío que me apretujó el
corazón estos últimos años, es la lejanía. Esta distancia me pesa como
venezolana y como periodista. Esto último porque no hay otro sitio donde
quisiera ejercer más mi carrera que en Venezuela. No hay gente a la que
quisiera ayudar más que a la de mi país. No hay huequito o barriada que me
conmueva más que las de la ciudad que me vio nacer y crecer. Entonces, verme en
un futuro dando noticias de tierras lejanas empezó a darme vértigo.

Aquí en Europa cada vez que una persona me preguntaba por
Venezuela temblaba porque eso ameritaba un ejercicio de reflexión en el que
debía ver que ver qué coño decir ¿Por dónde empezar? “No está bien, pero ni en
un mes te terminaría de explicar las razones”, pienso y suelto alguna
generalidad. Chávez murió, petróleo bajó, Maduro es un incompetente e incapaz,
la gente tiene hambre y muere por falta de medicamentos. La delincuencia está
desatada, el gobierno reprime y tracalea las vías legales para salir del poder,
la gente sufre. Esa es Venezuela pero ¿y yo?

Con los días el bienestar comenzó a gustarme. Sentirme
segura y tener casi la certeza de que nada malo me pasaría era algo nuevo. En
Venezuela nunca me sentí así desde que tengo uso de razón y entender que para
obtener esto debía dejar aquello se hizo mi tarea. Debía desprenderme.

A veces coqueteo con la idea de volver, de vivir en primera
persona la historia de Venezuela como vine haciendo desde que nací; pero vuelvo
a mi nueva realidad, la de un mundo lleno de oportunidades cuyas fronteras se
desdibujan mucho más cuando tienes pasaporte europeo y donde el límite lo pone
tu imaginación. Desisto.

Una de las cosas que más temía estando en Venezuela es que
un día me levantara y las posibilidades de salir del país se hubiesen extinguido
y obligatoriamente tuviese que quedarme. No exagero, lo han venido haciendo de
tal forma que los únicos que pueden darse el lujo de viajar son aquellos con
ahorritos en dólares. Esa sensación de claustrofobia me invadía justo cuando se
abrió la oportunidad de irme y así lo hice.

Para todo el que me lo pregunta, y por si aún cabe la duda,
no me planteo volver pronto. Entre otras cosas, porque ya no soportaba la idea
de que me volvieran a robar subiendo a mi casa; ya no quería pensar que llegar
a a mi destino es estar a salvo; ya no aguantaba el tormento que era conseguir
algún insumo básico o ver que mi mamá no consiguiera algún medicamento.
Contemplar el facto de que años y años de trabajo con ganancia en bolívares era
casi como hacerlo de gratis, y estar allí refugiada en mi casa materna de por
vida dejaban de ser una opción. Adiós.

Y es que el sentimiento de impotencia, de desolación, de
culpabilidad por preferir ser testigo de lejos me invade a veces, y por ello he
dejado de disfrutar algunas cosas durante el viaje, pero me prometí perseguir un
sueño y cuando se abrió el mundo a preguntarme ¿con qué sueñas? empecé a
titubear. La única certeza era que cualquier cosa era posible pero lejos, donde
mi vida valiera algo.

Amigos, lectores, no voy a caer en la inocencia de decir que
busco la felicidad, porque primero entendí que esta viene de a ratos y segundo,
porque su estado natural sería en una Venezuela utópica. Entonces, quiero
dejarles claro que sí, estoy bien, estoy en una búsqueda, estoy viajando, estoy
creciendo y estoy siendo mucho más libre de lo que he sido en mi país.

En mi corazón, y valga el sentimentalismo, atesoro a cada
una de las personas que tuve la suerte de conocer en Venezuela, así como las
experiencias y saberes que allí absorbí. También tengo presente la lucha que se
está dando en ese suelo y los acompaño desde donde esté. Ahora tengo los ojos
abiertos a ver otra clase de problemas sociales, muy distintos, pero problemas al fin, y
a continuar echándole pichón, como diríamos nosotros.

En la próxima entrega titulada “Ciao Bella”, les hablaré
sobre Italia. Por favor no olviden comentar, criticar, debatir, lo que quieran.
Si tienen preguntas prometo responderlas pronto,  

María Laura Chang

Las tres entregas de un viaje

Desde que salí de Caracas he publicado fotos en mi cuenta de instagram (@marilachang) de los paisajes y las cosas bellas o peculiares que he
visto en un viaje que empezó en mayo y terminó a mediados de agosto. El giro, principalmente
por Italia, pero también por otros países, evidentemente me dejó
innumerables aprendizajes, experiencias y saberes que no he tenido tiempo de
compartir con ustedes tal como me gustaría. Es decir, por escrito, digerido y
bien descrito.

Me animé a empezar a hacer un ejercicio de memoria, de
síntesis y de reflexión para presentarles en tres entregas- o post – las
cosas más resaltantes. De esta forma aquellos que me regañaron por haber dejado
de escribir, o los curiosos que esperaban más detalles tendrán la posibilidad
de saber un poco más de lo que he estado haciendo.

Les adelanto un poco de qué va esto. El primer capítulo se
llama Contraste y es la comparación entre esa imagen que tuve las primeras
semanas de la aventura y la Venezuela que acababa de dejar. La segunda parte
mezcla un poco de la vida en Italia, sus propios contrastes, las diferencias entre
sus regiones, sus paisajes, su cultura; y el proceso de la toma de decisiones de
un venezolano fuera de su país. Y finalmente les hablaré de la vuelta que hice
por París, Ámsterdam, Copenhagen y Londres, cuatro ciudades de alto impacto,
que coincidió además con mi preparación para el gran paso de empezar una nueva
vida como emigrante.

Espero que puedan aprovechar estos textos, sobre todo
aquellos a los que le hace falta un empujón para hacer lo que les pide su
corazón. Advierto que esta idea no nace para convertirse en una guía de viajes
(no tiene un fin turístico- para eso sigan a @stefaniraguso -) así como tampoco
es un texto periodístico (aunque siempre tendrá un  toque). Son textos personales en donde mezclo
experiencias, percepciones y aprendizajes. Espero sus comentarios, críticas,
observaciones y likes y concluyo agradeciéndole a mi mamá, @mariallombardi, por todo lo que me ha permitido disfrutar. 

P.D. Las entregas serán publicadas los días Martes 16-08 ; Jueves
18-08 y Domingo 20-08

Yo