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Venezuela, una diáspora del desencanto

Cada vez más migrantes venezolanos se esparcen por Latinoamérica y el mundo. De entre los millones que ya dejaron su tierra natal, las historias de los tres jóvenes que aparecen a continuación se unen en un elemento común: son o fueron chavistas. Conocer cómo han vivido el desarraigo y entender sus sensaciones tras el colapso de la tan mentada Revolución bolivariana impulsó esta crónica. Acá se entremezcla la narración de sus vidas y la evolución de su ideología a lo largo del colapso.

Cuando la muerte del presidente Hugo Chávez era todavía un rumor, Breick Guevara se encontraba trabajando en una tienda del Centro Comercial Sambil de Caracas y, en vez de un celular Android, tenía un Blackberry. Esa tarde –la del 5 de marzo de 2013– recibió decenas de comunicaciones de allegados que ansiaban saber qué se decía «por ahí». Los mensajes llovían y la angustia se elongaba. La certeza vino con el mensaje del entonces vicepresidente Nicolás Maduro transmitido por la cadena nacional de radio y televisión. Frente a las cámaras, con ojos acuosos y voz entrecortada, el que sería su sucesor confirmó el fallecimiento del mandatario. Aún sin digerirlo, Breick Guevara se fue a su casa en donde lo recibió la tristeza.

A Marina Valencia también le pegó fuerte. Debió esperar para poder reaccionar porque durante esa tarde se dedicó a observar y reportear para el medio en que laboraba. Tenía que retratar la respuesta de los capitalinos ante esa insólita pérdida. Seguramente a lo largo de las calles caraqueñas vio los sollozos de los dolientes y las sonrisotas de los detractores. Vio, tal vez, salir a la gente a toda prisa del trabajo y tomar los buses con desespero. Puede que haya visto cómo la confusión y la desazón imperaban en los rostros de empleados públicos que caminaban en masa hacia ningún lugar o hacia el Hospital Militar donde, decían, estaba el presidente. Seguramente vio en esas miradas la incertidumbre de un país que se había quedado sin timonel. En la noche, sentada en una silla de oficina, drenó su malestar con un piadoso llanto que tardó algunos minutos en menguar. Le dolía perder al líder político que había seguido desde siempre –tenía 6 años cuando este llegó al poder en 1998–. Le dolía todo lo que pasaba, pero tenía que trabajar.

Mientras tanto, la noticia llegó al apartamento que Amalia Briceño (nombre ficticio) compartía con su madre. Como si se tratara de un familiar querido, esa muerte le causó a la joven la pérdida momentánea del habla. Sola, pensativa y frágil, se acurrucó en la cama y dejó caer sus lágrimas en la sábana. Afuera, un pueblo se dividía entre el luto y la celebración.

Lee la crónica completa publicada en la Revsita Global en este enlace

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Buenos Aires se pintó de feminismo este #8M

Sus senos, desnudos, se mostraban sin pudor frente a una multitud pintada de verde, violeta y negro. Sus espaldas, bronceadas y rotuladas con mensajes pro-abortistas y antimachistas, se revelaban como carteleras humanas. Brazos y rostros bañados de sudor, de escarcha, de labial y de tinta deleble, recordaban que ese 8 de marzo no era un día más. Cinco letras rojas, en una cartulina blanca resumían el sentir de todas: HARTAS.

Este jueves 8 en Buenos Aires, entre la Plaza de Mayo y el edificio del Congreso de la Nación, se llevó a cabo una masiva manifestación que, junto al Paro laboral convocado por agrupaciones feministas, serviría para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Entre las asistentes, la esperanza de lograr un cambio en la sociedad en la que vivimos se volvió un impulso que las arrastró hasta la calle “aunque nos digan locas, aunque nos digan feminazis”. Amarrarse los zapatos, las botas o apretarse las sandalias y caminar y bailar y gritar y llorar junto a otras mujeres –cientos, miles- con las que comparten algunas visiones, solo puede recordarse como una hermosa hazaña.

Pero no es hermosa por su imponencia física, que también ostenta; es grande y notable por su significación social. Ver cómo un grupo de personas que aunque con intereses y pareceres disímiles es capaz de organizarse y manifestar un punto de vista  en común, con profunda emotividad, conmueve al infranqueable y ablanda a quien no es indulgente. Saber que en otros rincones del mundo esta escena se replicaba hace del calificativo “histórico” uno muy digno para esta fecha.

En las calles porteñas, con fuerte olor a asado y música de principio a fin, el paisaje urbano se adecuó al momento. Las paredes se forraron con mensajes alusivos a la causa; los suelos se empapelaron con folletos y volantes. Una tarima discreta esperaba a las marchistas en la plaza del Congreso, espacio que desde temprano se había vestido con vallas feministas de extremo a extremo y que hacia la noche se pintó con luz purpúrea proveniente del edificio.

Sigue leyendo en el enlace original http://efectococuyo.com/efecto-cocuyo/buenos-aires-se-pinto-de-feminismo-este-8m