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Una noche cualquiera

La luz artificial sale de los locales y restaurantes para invitar a los seres nocturnos a entrar. Arriba hay nubes oscuras, una luna menguante, algunas estrellas y aquí abajo un gélido viento obliga a abrigarse muy bien. De entre las cosas que llevo en el bolso, saco el celular que vibra insistente. No es importante, pero quiero responder. Pienso que a esta hora es bueno tomar precaución así que me detengo frente al local, observo a cada lado, me arrincono debajo del techo falso y escribo. Mientras escribo escucho e identifico: es mi acento, muchas veces, repetido entre los transeúntes y en aquel grupo que entre humo de cigarrillo y cervezas comparte anécdotas. Sonrío y continúo en el Messenger. Respiro y siento la nariz entumecida ¿Será mejor entrar? Sigo escribiendo y pienso en dar dos pasos hasta la puerta pero no me atrevo a pasar. Inmóvil en mi esquina, levanto la mirada despreocupada y detallo a las dos chicas que esperan el colectivo en la parada. Se toman de la mano, se besan con ternura. Vuelvo al chat y ya se extingue la conversa. Veo a un porteño caminar y maldecir en voz alta. Me mira como si yo entendiera de qué va el problema, como si hablara conmigo pero ya sé que en realidad no es así. Es un impulso nervioso y automático, su manera de drenar.

—Tres cosas, cien pesos-  le escucho decir indignado, sostiene su mirada enlazada a la mía, alza la bolsa amarilla y repite esta vez con un grito– CIEN PESOS.

Pienso que tiene razón, que tres cosas en el chino siempre cuestan cien pesos. Pero no me detengo a responderle, ni siquiera asiento. Lo que pasa es que aún no le agarro el ritmo a la oralidad de los argentinos. Todavía me sorprendo cuando me toca escucharlos maldecir a viva voz y en plena calle; cuando los veo resolver dilemas consigo mismos a lo largo de una acera. Algo evita que reaccione y siempre los dejo ser, procuro la invisibilidad.

Lo veo alejarse con sus gestos aparatosos y sus palabras que ya dejé de escuchar. Vuelvo a mi celular que no tiene nuevas notificaciones y me percato de que las chicas se fueron y los muchachos siguen echando cuentos. En ese momento pasa un jovencito perdido y alguien del grupo le indica la dirección. Me pregunto si ellos – no logro recordar si eran tres o eran cuatro- tendrán frío. Como yo me congelo, entro al bar. Una suave música electrónica acompasa mis pasos. Las luces multicolores me marean y llego hasta una mesa bastante alejada del ruido. Me siento con una cerveza en una mano y el celular en la otra. Vino no, por favor. Dudo si quitarme o no el abrigo y sonrío. Siempre sonrío ¿Por qué sonrío?

Empezamos a hablar, somos tres desconocidos. En la mirada melancólica del más viejo logro ver tranquilidad. Habla de los hermosos paisajes que le evoca la palabra Venezuela, que acaba de salir de mi boca. Algunos de ellos ni siquiera yo los he visto y me molesta. Nunca he ido a Los Roques, ni tampoco a Canaima; no he visto los médanos de Coro ni el Pico Bolívar. Este poeta se paseó por lo mejor de mi tierra y yo me lamento internamente por no poder tener sus imágenes en mi mente. Callo sonriente. El otro de la mesa cuenta entonces sus experiencias viviendo con un paisano: “El chabón trabaja un montón, seis días a la semana, es bárbaro y muy buena onda”.

Algo parecido al orgullo me hincha el corazón delicadamente. ¡Qué lindo que hablan de un chabón venezolano, qué lindo que hablan de mi país, che! Más adelante les digo que aún no me acostumbro a las caras serias de los porteños. Me ven interesados, mientras esperamos que empiece el recital.

De la poesía que narra la autora solo recuerdo la palabra subcielo ¿ cómo será el subsuelo del cielo?  ¿O la tierra es el subcielo y más abajo está el infierno?

Al porteño viejo que se llama Alejandro no le gusta el recital y se marcha. Antes, me había escrito en una hoja carta una invitación para hablar de libertad. Quizá le haya preocupado mi tono antidictatorial, quizá piense que tiene cosas que enseñarme. Me agradece por mi sonrisa y eso me desencadena una sonrisa automática. Descarto, de cualquier forma, volverlo a ver.

El resto de la noche lo paso charlando con mis conocidos del grupo. Escucho atenta sus narraciones y después las devoluciones de los demás. Hay debates sobre la poesía y la narrativa; hay debates por los adverbios y los espacios. Hay debates y debates, pero también lecturas tan sentidas que recuerdo la razón que me hace asistir par de veces al mes a escuchar la argentinidad desde sus voces.

Antes de que acabe todo me despido porque quiero irme a pie a la casa y aún le tengo miedo a la noche. El frío es aterrador también, pero estoy cerca. Salgo con mis repetidas prendas bien colocadas, camino una cuadra, dos cuadras. A la tercera viene a mí la idea de escribir esta noche. A los tres días lo imprimo en este documento de Word y lo estampo en este blog.

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