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Viernes de otoño

Tengo la costumbre de escribir cuando estoy estresada o cuando tengo mucho trabajo. Tecleo sobre cualquier cosa, antes de escribir lo que tengo que escribir, con la esperanza de que cuando regrese al texto a mediohacer sigan aflorando las palabras, que brotan a veces y otras veces se trancan.

Esta mañana me desperté con la boca abierta. Me entraba el frío, no tan frío, de los primeros días otoñales de Buenos Aires y mi garganta seca me dijo que era de día. No solo era de día, era un día más de la nueva rutina porteña que empieza cuando me levanto del colchón y bebo un café –ni tan sabroso ni tan caliente- en una taza verde de plástico.

Me gusta que desde mi nueva casa, el sol solo se cuela en las mañanas. Es decir, esa horrible escena de despertar con un rayo de luz inmaculado, incrustado en la pupila, no la veré más por un buen tiempo. Lo dice alguien que disfruta el sueño y disfruta soñar. Todos sabemos que no es lo mismo.

Pero volvamos al día en el que escribí esto. Este viernes, que es frío solo para los cuerpos caribeños que nos acostumbramos al clima ajeno a los golpes. Este viernes en el que, de nuevo, entraré a la computadora a escribir cualquier texto pendiente, me ahogaré en búsquedas laborales, me distraeré viendo las vidas ajenas en redes sociales, me entristeceré cuando llegue al correo y no encuentre ninguna respuesta. O no encuentre esa respuesta.

Es probable que en un momento empiecen a llegar mensajes. Un newsletter, el banco: venezolano, español o argentino, LinkedIn, Google -en cualquiera de sus vertientes-, búmeran, Computrabajo, notas de prensa que ya ni leo. Si tengo mucha suerte hoy, quizá algún empleador se anime a escribir para invitarme a una entrevista de trabajo. Si es un gran día, algún editor lo haga para aprobarme un texto, mandarme una pauta o decirme: “te publicamos”.

Pero hoy, hoy no quiero eso.  Este viernes medio frío, en el que en vez de escribir lo que debo, desenredo lo que pienso en una hoja en blanco, aguardo por una respuesta que no va a llegar.

Me gusta que cuando escribo sin presión las letras parecen fluir más tranquilas. Fluyen y me dejan una sensación de alivio y decir que no habrá respuesta no duele tanto. O quizá este texto sea más terapéutico que otra cosa. Lo cierto es que aún cuando a veces creo que desperdicio mi tiempo sobrepensando mis experiencias, de ellas resultan lo que soy: no está mal.

La espera de ese correo solo me reafirma que hice bien, que hicimos bien. No vale la pena pensar en ello. En lo que no será. En la respuesta que el pasado debería darme. Estoy en el futuro: un nuevo país, una nueva vida, una nueva casa, una nueva ruina. Una nueva rutina.

Lo que pensé que sería se esfumó hasta extinguirse. Se murió lentamente o quizá se muere lentamente, en presente. Lo que pensé que sería, me hizo quien soy: no está mal.

Mañana, cuando abra la laptop para revisar el correo y vea que sigue en blanco. Que donde debe aparecer (2) a penas y sale mi nombre solo quiero volver a pensar “está bien”.

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Siete golpes de odio

A un costado, sobre la piel que cubre mis costillas y en tinta negra, está tatuada la silueta rellena de un siete. Me lo hice hace algunos años, con la firme intención de evocar una escena emotiva cada vez que lo viera allí. Recuerdo que, cuando la máquina empezó a sonar y tan pronto la aguja tocó mi cuerpo venteañero, yo ya no aguantaba más. El ardor era tan grande que se me hacía insoportable. Y eso que apenas comenzábamos… En vez de parar – hubiese sido lo lógico- decidí continuar y además me exigí no gritar ni llorar. El tipo, que supongo ya había lidiado con llorones, continuó perforando mi epidermis durante unos quince minutos. Yo solo soplaba, suponiendo que esto me aliviaba, y daba griticos de gata. Cuando finalizó el trazo, respiré y después sonreí embobada. Ese tatuaje tenía un gran significado para mí y se me veía hermoso. Aún discuto si valió la pena la tortura y estoy segura de que más nunca una máquina de tatuajes tocará mis costillas, pero, salir esa experiencia me demostró que aguanto mucho más dolor del que creo resistir.

Este domingo, en mis manos y brazos, había siete marcas. Todas eran producto de golpes de odio y de desespero. Heridas superficiales que no se comparan con lo que mi alma sintió luego de que le arrebataran el único bien material por el que ella se ha preocupado en su vida. Quizá exagero, pero aún hoy, luego de 32 horas de calma, considero que mi computador era el único objeto por el que yo hubiese reaccionado como lo hice.

El mango de un cuchillo de acero o hierro recubierto de madera, es fuerte. Al menos siete veces impactó en mis manos con la fuerza de la adrenalina. “Vamos a matar a tu amiga”, escuchaba al fondo. Tenía yo que soltar el asa a la que me aferré enajenada, para que los golpes pararan y no lo haría.

¿Y por qué no lo haría? Porque no iba a permitir que se fuera mi vida tan fácil. Porque hace semanas cuando le dije a Daniel, vamos a hacer un respaldo, lo único que hacía era pensar que en esa laptop cargaba recuerdos de mi vida, pero también textos sentidos e inéditos, memorias buenas y malas. Allí, y con la micro SD del celular, se fueron una juventud de escritura, una vida de fotografías, una hemeroteca entera a la que volvía una y otra vez cada día. Allí, mis investigaciones periodísticas se gestaron de a poquito. Tenía las grabaciones, los videos, las entrevistas tipeadas con flojera y leídas con avidez. Un desorden de documentos que solo mi cerebro era capaz de entender porque, al final, la compu era una prolongación de él. Tenía mis trabajos de la universidad, todo lo referente a mi tesis de grado y lo nuevo, resúmenes de la maestría.

Hace unos días, impulsada por el despecho y por el exilio, me atreví a escribir en una de estas páginas blancas mis primeros poemas. Eran tan sentidos y bellos… lo digo con la modestia de una principiante. Los releí tantas veces, pero me frené a enviarlos a una poeta que me ayudaría a darles forma porque quizá le hacía falta un nuevo adverbio a un verso, o cambiar un calificativo a otro. También había cuentos y relatos incompletos, novelas que en algún momento esperaba continuar…

Cuando muevo el cuello a la izquierda siento un tirón y me pregunto si la maldad habrá llegado hasta esa parte de mi cuerpo. Cuando vi saltar la computadora del bolso, que se había ya pegado a mis manos, lo único que pude hacer fue llorar. Vi los atléticos cuerpos de los maleantes correr hacia la inmensidad de un parque porteño y lloré a todo pulmón, pensando que mi vida se había fracturado y estaba en estado de gravedad. Quien me acompañaba me abrazó largo, me abrazó bonito, pero yo ya no entendía nada. Yo, ya no sentía nada.

Llegué a casa derrotada y triste, con mi familia a kilómetros y sin saber que hacer. Antes, hicimos la denuncia a la policía, como para no sentir que me había quedado en la Caracas impune. En el cuarto, tomé Cien años de soledad y lo leí hasta quedarme dormida. A las 6:00 de la mañana me desperté. Estaba soñando con aquel amor que en estos meses se ha ido esfumando a los golpes. Lloré corto, otra vez con ganas. Mis piernas, entrelazadas con las sábanas y mis manos frontando mi rostro con delicadeza, sirvieron para calmarme. Intenté retomar el sueño en vano y a las 7:00 me levanté. Hice un café y salí de la casa para recibir el aire de la mañana dominical.

Allí, en las calles de Almagro, nada pasaba. Los dueños paseaban a los perros, los carros pasaban veloces, las rejas seguían cerradas y yo, como desamparada. Me senté en un banquito con mi taza de café. Me deshice en llanto otra vez, pero esta vez me recuperé con la idea de renacer.

Mamá bromeó con The Revenant y el papel que le dio a Di Caprio el ansiado Oscar. Creo que, aunque no vaya a por el Oscar, tendré que afrontar todas estas pérdidas de tal forma que me impulsen a salir de este agujero negro en el que estoy inmersa. El desamor, la expatriación, el desempleo y la soledad acechan, pero al otro lado, allá al final del túnel, el éxito, los amigos, el arte, la vida misma. Permítanme, también, seguir creyendo en el amor.

El pecho duele por la traición, por la mentira, por el robo, por el golpe, pero también se prepara y se amasa para el futuro. La inocencia e ingenuidad se van quebrando de a poco y la fuerza surge aún sin intención y con ganas. Salí barata.

Hoy, ya no me muero. Me siento algo perdida y desnuda, pero sé que no es Buenos Aires el problema. Hoy renazco, resucito y empiezo, otra vez, de cero en un país nuevo, en una casa nueva, con amigos nuevos, en una universidad nueva. Llegué el 31 de diciembre de 2017 pero mi vida aquí empieza hoy, 23 de abril de 2018.

Doy gracias por contar con amigos como algunos de ustedes que leerán esto con pesar y se animarán a abrazarme desde la distancia. Tengo afectos regados por el mundo y es por ustedes que me animo a escribir y trabajar tanto… Tienen, en Buenos Aires, a una amiga renaciendo para poder abrirle los brazos cuando vengan de visita o para quedarse. No culpen a la ciudad por lo que me pasó: ella me ha recibido muy bien solo que a veces las cosas pasan y no hay nada que lo evite.

 

Foto: Referencial