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Espejuelos

Uno puede ser hipnotizado por palabras. Supongo que a muchos de los que escribimos nos pasa a veces esto: nos enamoramos de un grupo de letras que suenan a algo y significan otra cosa. Cuando escuché la voz melódica de un cubano pronunciar por vez primera la palabra “espejuelos“, quedé embelesada. Me enamoré, a primera escucha, de un vocablo aparentemente intrascendente. “Espejuelos” me pareció la manera más hermosa de nombrar a los lentes, me pareció perfecta.

Parte de mi admiración por este sustantivo tan normal para algunos, radica en que como palabra es mucho más rítmica, más larga, más dulce y más sonora que sus sinónimos: lentes, gafas, anteojos, binóculos. Además, y esto es trascendental, su raíz viene de “espejo”, un término que me encanta. Espejuelos-espejo-reflejo. Me encanta la idea de que a través de los espejuelos vemos un reflejo y no vemos solo un detalle ampliado (lente) o corregimos la visión (gafas). Al final nuestros ojos solo tienen el superpoder de ver lo que la luz les permite y ¿no es un reflejo, entonces, lo que percibimos? Reflejar es algo tan hermoso como “devolver la imagen de un objeto”.

Claro que analizar el significado de “espejuelos” no es lo que me propongo con este texto. De necesitar una intención para publicar en mi blog, ésta sería la reflexión que me produjo prendarme de una encantadora palabra y evaluar la conexión que hallé entre ella y el momento que estoy (estamos) viviendo.

Más allá del intercambio de jergas, hablar con cubanos en Medellín  significó asombrarme por las similitudes (claro, coincidencias) que fuimos encontrando entre las realidades de  nuestros países. Fue una evaluación informal sobre lo que nos pasó y lo que nos pasa. Se trató de compartir historias que irremediablemente culminaron en lo mismo: hermosos pueblos asfixiados.

De esta forma y por si a mí me quedaban dudas llegué a la obvia conclusión – llegué a entender-  que nuestras dictaduras son tales. O por lo menos, gobierno autoritarios, quizá tiranías. Compartir ciertas características me hizo reafirmar que determinadas señales comunes solo podían significar que se trataba de algo parecido (no igual) y que no era necesario seguir buscando otras palabras, otras explicaciones para definir lo que ya definimos.

Bromear- porque los caribeños tenemos este bendito o maldito sentido del humor- sobre las restricciones que existen en cada nación en cuanto a Internet; debatir sobre el papel propagandístico de los medios de comunicación tradicionales; hablar sobre el difícil y escaso acceso a los alimentos, y a otras cosas básicas; criticar la censura, la autocensura; echar de menos las libertades; y quejarnos del fracaso económico; ocurría sin intención y se convirtió en una constante. Sin querer siempre llegábamos a lo mismo: el fracaso de país en el que nos tocó nacer y vivir.

Por primera vez pensé que alguien podía entender lo que sentimos los venezolanos ahora que nuestra nación está en ruinas. Lo supe cuándo pregunté a uno de ellos si le dolía su país y dijo que sí con la mirada. No hizo falta ni una palabra, porque veía mi reflejo en esos ojos. Era un dolor tan parecido, como un corazón roto…

Pienso – y puedo equivocarme- que el mismo despecho que siente quien ha terminado una relación con alguien a quien todavía ama, es el que nos ocurre a nosotros, cubanos y venezolanos. La diferencia es que a tu país no lo dejas de amar pase lo que pase, pero a una persona… digamos a una persona que vino, te enamoró y se fue… ya en algunos años si no la olvidas, por lo menos, la superas. Irremediablemente la dejas de amar, transformas aquello, lo sublimas, en el mejor de los casos.

En cambio dejar de amar a tu país, no en el que naciste sino en el que viviste o del que te sientes parte, equivale a dejar de amar a tu madre. Y si el amor es tan grande ¿cómo pedirle a alguien que se separe de lo que tanto adora? Pero no que se separe físicamente, sino que se despegue, que se aparte. La respuesta es equivalente a explicar el porqué a pesar de las duras y las maduras, hay gente que resiste y se queda. Es gente que resistirá cualquier -léase bien- cualquier cosa, porque no concibe separarse de su amor.

Ver a Venezuela reflejada en Cuba y verla a través de espejuelos ajenos; entenderla desde una mirada acostumbrada a lo que para nosotros es nuevo, solo sirvió para contrastar respuestas y vivencias que como ciudadana, como persona y como periodista me interesan. Los escenarios son tan distintos, pero las realidades tan iguales, que si fuera cristiana rezaría por que algo cambie, por que algo pase.

Esta semana la oposición venezolana se terminó de descarriar y la esperanza, tan bella la esperanza, se extinguió. Parece que ahora, la resignación que les escuché a los cubanos se parece más a la mía y eso que insistían: por lo menos allí hacen bulla, por lo menos salen en la prensa.

 

 

 

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