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Toque de queda

Durante mis 25 años he vivido en la misma callecita de La Florida (Municipio Libertador, Caracas). El hampa ha encontrado en esta avenida un lugar seguro para actuar. Aquí, he sido víctima y testigo de los desmanes de malandros de todas las calañas: hombres, mujeres, chicos, morenos, negros, desaliñados, caracortadas, perfumados, silenciosos, parlanchines, gordos, groseros, pequeños, delgados. La variedad de malechores que ha “trabajado” en esta zona no es poca cosa.

Estas personas vienen a hacer sus fechorías en moto, en auto o a pie. Llegan armados con revólveres, con navajas y, a veces, solo con odio, hambre o envidia. No soy de las que se asoma a ver qué esconden en la chaqueta, debajo del pantalón o en la cartera ladeada que llevan. Tampoco me interesa discutir con ellos: pidan, que yo doy. Si puedo evitar ver la pistola (de plástico, de hierro o de goma), para mí es mejor…

Este sábado la historia fue otra.

No voy a dar muchos detalles porque, honestamente, quisiera evitar recibir consejos u observaciones tales como: “No salgas de noche a la calle”, “¿A quién se le ocurre estar en un carro por La Florida en la madrugada?”, “Estamos en guerra”, “Cuídate, niña”, entre otros. Por lo que les contaré a continuación, pueden tener la certeza de que seré más precavida.

No especificaré la hora, aunque pensándolo bien… no es que eso importe demasiado. La mayoría de robos que he sufrido en mi calle los he protagonizado bajo la luz del sol. La mayoría de los robos que he sufrido en mi calle los he protagonizado sola y a pie.

Pero bueno. Este sábado era tarde. Quizá muy tarde. Mi acompañante y yo veníamos muy cansados en su automóvil. Tan exhaustos estábamos que no pudimos continuar la farra con nuestros otros amigos. Yo, en vez de llamar un taxi como lo hago usualmente, pedí la cola (aventón). Al principio, él se negó; pero después accedió porque así tendríamos tiempo para hablar. Había un cuento que no podía esperar.

Las calles estaban solas, pero alumbradas. Veníamos distraídos porque el chisme era entretenido; atontados por el sueño y felices por compartir juntos como hacía tiempo no lo hacíamos. Esa noche, a excepción de la ráfaga de disparos que escuché mientras tomábamos en un centro comercial de Chacao, todo parecía indicar que había cierta normalidad en la ciudad. Quizá ya no vivíamos en guerra. Pero Caracas no engaña.

Como es usual cuando voy en carro por mi calle, volteé para estar segura de que no viniera nadie y así tener más tranquilidad al bajarme a toda prisa. Eso lo hice cuando íbamos por la mitad, pero en cuanto avanzamos un poco más, a pocos metros de la puerta de mi edificio, ya con la mirada puesta en la reja negra que sirve de portón de mi residencia, observé, a través del vidrio del conductor, la silueta de una moto. Iba lento, muy cerca del carro, tenía la luz apagada.

Quien manejaba le ordenó a mi amigo apagar el vehículo y fue entonces cuando lo vi: era un policía. En realidad eran cuatro uniformados divididos en dos motos. Cargaban su traje reluciente… ese nuevísimo que nuestro presidente les entregó hace semanas. Ese, estampado con manchas grises, negras ¿o azules? que además está adornado con un balurdo camuflaje.  El rojo de la franelita que deben llevar debajo le da un toque colorido al look, y el rostro de Simón Bolívar que está incorporado en la manga es la cereza de la vestimenta.

Una voz le ordenó a mi amigo salir del carro. Otra ¿la misma? me ordenó salir a mí también. Tenía mi cartera aferrada al cuerpo y las llaves en la mano.

Busqué, mientras decían cualquier cosa, mi cédula y se la mostré al primero que se acercó a mí. Llevaba su arma desenfundada. La tenía en la mano, preparada para cualquier movimiento. Un escalofrío corrió por mi espalda cuando me detuve a verla.

Pero no había tiempo para analizarla. Del otro lado estaba mi amigo. Vi, de reojo, cómo entre dos lo manoseaban, lo acusaban de terrorista y le preguntaban cosas.

Preguntaban mucho.

–Estudiamos periodismo—escuché decir al fondo.

Sería incapaz de recordar cuántas y cuáles preguntas nos hicieron.

–Venimos de una fiesta—oí más adelante.

Por diversas razones recuerdo más y mejor la conversación que tuve con el policía que me tocó a mí, una vez que se repartieron la presa.

Con mi cédula en la mano, el tipo me vio y repitió:

–Chang Lombardi —

Veía el papel plastificado, quizá mi foto, me veía a mí.

Veía la cédula y me veía el rostro, mucho más pálido esa noche.

Entre tanto, yo me preocupaba por mi acompañante…

Pensaba: “No vaya a ser que le siembren droga, o peor… una molotov”, “ No vaya a ser que por darme la cola lo jodan a él”, “No vaya a ser que nos metan presos como dos pendejos, por salir a tomar un par de tragos”.

— Chang – dijo entonces y continuó con una voz forzadamente ruda:
— ¿De dónde es ese apellido? –
–De China – respondí seca.

Esas primeras preguntas las contestaba seria. Dentro de mí estaba convenciéndome de aligerar el tono de voz para la siguiente respuesta. Hay que utilizar la simpatía, esa te saca de aprietos.

–Pero los chinos no se mezclan con otra gente– replicó mientras su mirada intercalaba la cédula con mis ojos.

–Pero mi abuelo, al parecer, sí – le respondí.

No le convencía la respuesta.

Yo en realidad seguía preocupada por mi amigo… ya había entendido que el que me tocó a mí era el bueno y que a él lo amenazaban los malos. Según escuché hablaban de su labor en la Cruz Verde.

En ese momento arribó a nuestro encuentro otro de los policías. Me miró con unos ojos furiosos, rojizos. Estaba muy acelerado, transpiraba. Me atrevería a decir que, a pesar del frío de la noche, sudaba.

Revisaba el carro con mucho detenimiento. Mientras movía los objetos que encontraba en el auto, yo lo seguía con la mirada.

Veía, entonces, a mi amigo, al carro, al policía que revoloteaba el carro, al policía que cargaba mi cédula y me preguntaba cosas, a la puerta de mi edificio que estaba a escasos metros; e iba de nuevo: a mi amigo, al carro, al policía que estaba vez me entregaba el celular que se encontró en el sillón, al policía que estaba embobado con mi nombre, al poste que alumbra la puerta de mi edificio.

Para ese momento yo había perdido un poco de miedo. Estaba tensa, pero no asustada.

–Soy periodista—dije a ver si eso generaba alguna reacción. Pensé en mentir y decir que conocía a sus jefes. Pensé en mentir y decir que era una enchufada. Pero no sé mentir tanto. De todos modos a él no le interesó mi profesión. Estaba enamorado de mis apellidos.

–Y ese Lom-bar-di ¿de dónde es? – Inquirió

Respiré.

Se prendieron un poquito las alarmas en mi cerebro: “No vaya a ser que estos piensen que soy millonaria”, “No vaya a ser que quieran plata y yo lo que tengo son diez mil bolos”, “No vaya a ser que me jodan por pobre”.

–Italiano—respondí.

Para mi sorpresa “mi” policía se había ablandado lo suficiente para dejar el tono amenzante y creo que con honestidad me preguntó:

–¿Y por qué no te has ido? –

Veía en sus ojos envidia, pero también extrañeza. Para él era impensable que teniendo mis apellidos yo todavía viviera en Venezuela ¿Qué tan loca puedo estar para seguir aquí?

Decidí decirle que soy de los Lombardi pobres… y de ahí en adelante todo mi discurso fue con acento victimizante. Le dije que era huérfana de padre y que me había criado una madre soltera a punta de esfuerzo y dedicación. Le dije que no podía irme del país porque los periodistas no ganábamos mucho dinero y que “sinceramente” no tenía como pagarme un pasaje.

También aproveché la “confiancita” que habíamos labrado para aconsejarles que montaran una patrulla en la calle de al lado, que era muy peligrosa.

–Allá hasta matan gente—le dije ya más calmada.

Ya para ese momento el ojosrojos había robado el Ipod que mi amigo tenía en el bolso. No vi cuándo lo sacó pero sí vi cómo estuvo laaargos segundos revisándolo. En una de esas se volteó y ordenó:

–Revísala bien– haciendo referencia a mi cédula. Nuevamente la saqué y se la volví a dar al mismo que compartió con su compañero su gran hallazgo.

–¿Tu habías escuchado el apellido Chang? — le preguntó frente a mí.

Ya para ese momento “mi” policía y yo habíamos estrechado lazos. Me preguntó si tenía familia en Italia y le dije que no, que mi única familia eran mi mamá y mi hermano que me esperaban en casa. Me vio con lástima.

Creo que el tema de la Cruz Verde y el robo del Ipod aceleró todo. Al poco rato nos dejaron ir. Mi amigo y yo estábamos en shock… me parecía absurdo montarme de nuevo en el carro cuando la reja de mi edificio estaba a unos diez pasos, pero lo hice. No hallaba qué decirle a él, me moría de la vergüenza, me sentía culpable y a la vez agradecida… sin duda pudo ser peor.

Hace unos días llegué de estar diez días en Buenos Aires con la firme idea de volverme a ir. Normalizar el terror, normalizar la muerte, el malandraje, normalizar estos sentimientos tan oscuros que me surgieron tras los acontecimientos de este 2017 no es una opción. En otro contexto le hubiese confesado al policía que el mundo exterior es una maravilla, que vivir en normalidad repara el alma.

 

 

 

 

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