Volver

Cuando pienso en la palabra “volver” siempre viene a mi mente el póster de la película de Almodóvar que Penélope Cruz protagonizó hace diez años. En esta ocasión tuve que dejarla a un lado para evocar y recordar todo lo que volver a Venezuela después de cinco meses fuera, significó y significa para mí. Ahora, luego de par de semanas de readaptación por fin puedo pensarlo con claridad y compartirlo.

Llegar a Maiquetía y sentir el bendito calor pegajoso dándome la bienvenida me hizo gracia. Me fui justo el último día de temperatura cálida en Madrid y me dije: ¿querías calor? Pues aquí lo tienes. En el aeropuerto, ignorar y negarme a la ayuda de decenas de hombres que ofrecían carritos, taxis, llamadas y cigarros, fue desagradable. Insistían mucho, supongo por ser una mujer sola y con tres maletas. Hasta me recriminaron mi antipatía pero tranquila, o intentando aparentarlo, continué con mi negativa y tomé asiento mientras esperaba a que los míos aparecieran para llevarme a casa.

A mi derecha un hombre tenía sobre sus piernas a su pequeño hijo y el mayor, de unos dos años, estaba deambulando por allí. A veces se escapaba con pasitos vacilantes e iba de inmediato la madre a cargarlo. Vi con ternura cuando pasó una mujer con su perro y el bebé lo acarició con cariño. Los tres adultos bromearon con que se lo llevaría a casa, pero luego la dueña lo haló y se despidió. La risa del bebé se transformó en llanto y empecé a impacientarme.

Del otro lado, un señor ya mayor se quejaba del cansancio. Tenía más de cinco horas esperando a su mujer o sea que yo, que tenía poco más de treinta minutos aguardando no tenía derecho a quejarme. Así que hasta allí todo bien.

Al ver al primer niño de la calle me sentí más en casa ¡Qué dramática! Él, sucio y con la ropa rota, no despegaba sus ojos del fajo de billetes de baja denominación que tenía entre manos. Lo contaba rápidamente y yo calculé que tenía unos cuatrocientos bolívares (no tan fuertes) En mis tiempos con eso podías comprarte una buena empanada. Ahora ni eso.

La delgadez del grupo de pedigüeños me conmocionó un poco. Pero era algo que ya había visto innumerables veces así que no les di más atención. Tenía que prepararme mentalmente para lo caliente, que era ver el declive de un país en tan corto tiempo.

Ya en la autopista me preguntaba si realmente estaba haciendo lo correcto y si volver a la candela era necesario. Cuando me senté a cenar con mi familia entendí que sí. Que por ahora podía estar aquí más tiempo. Que si se me desmoronaba el país encima por lo menos los tenía a ellos y que con eso bastaba. Soy joven, puedo esperar un poco más.

Intentar entender que el dólar se había estabilizado pero los precios no habían dejado de aumentar fue el primero de los retos. Calcular cuánto me costaba un almuerzo fuera y comparar con mis recuerdos de hacía meses fue arduo. Me negué en ocasiones por mi pavor a los números y preguntaba a cada rato ¿Esto es caro?, ¿Esto está bien?, ¿Cuánto cuesta en..? Me sorprendí al ver que muchísimas cosas eran más económicas en España. Aún con el tipo de cambio tan loco que tenemos, lo que muchos gastaban en sus mercados para una semana era incluso más de lo que yo destiné allá para comer durante un mes. Pero para el tema de la inflación yo ya me había preparado.

Otro de los obstáculos era responder a las clásicas preguntas… ¿Por qué volviste?, ¿Qué vas a hacer?, ¿Por cuánto tiempo te quedarás?, ¿Qué planes tienes? Me lo preguntaron personas que quiero y personas que solo conozco, amigos de toda la vida, y colegas. Me cansé de responder, pero ni me acuerdo qué fue lo que les dije. “Déjenme llegar”, pensaba.

Cuando empecé a toparme en la calle con vecinos mucho más flacos de lo que los recordaba y a escuchar los comentarios referentes a “la dieta de Maduro” la cosa empezó a afectarme. Al ver en el metro decenas de pantalones con pinzas, cuerpos delgados, gente cansada y como no, mendigos y pedigüeños de todas las calañas, concebí lo delicado que era el tema. Hambre ¡Qué palabra! Aquí se está pasando hambre y yo ya lo sabía. ¡Qué dolor!

Las colas para el pan se repetían en cada una de las panaderías y al verlas pensaba que muchas de las personas que esperaban allí encontraban en ese producto parte importante de su alimentación. Me sentí por momentos afortunada, pero también mi impotencia aumentó.

Justo en estos días los gobierneros, alegando fraude, quitaron la posibilidad de seguir con los pasos para el revocatorio. Luego de eso algunos empezaron a llamar a nuestro sistema “dictadura” y yo, como confundida, sólo me preguntaba “¿Y es que no se dan cuenta de lo que pasa?, ¿Es que no les importa?”. Saber que muchos chavistas dejaron de apoyar al partido; saber que muchos de ellos lo hicieron por hambre;  y saber que las muertes ya no son solo por violencia sino por falta de comida y medicamentos, solo servía para reafirmar los culpables.

Pero todo esto no es nuevo, lo sé. Hace cinco meses pasaba y pesaba también, pero yo tenía cinco meses sin toparme con esta realidad y me impresionaba. Así como lo hacía el cuento loco del momento, que era el de los reos en Táchira que se comieron unos a otros. Lo vi como otra gota más de aquella gotera que no paraba a pesar de haber desbordado el vaso hacía tiempo.

El panorama político agitado, la gente eléctrica y la calle ardiente me abrumaron. Así que empecé por adentro. Decidí arreglar mi habitación para hacer de ella un ambiente más agradable y despejado. Decidí, también, empezar un curso de inglés con la meta de aprender lo suficiente para defenderme y podes escribir en ese idioma y, por supuesto, decidí que iba a reportear, porque ya el periodismo me hacía falta.

Entre trámites y arreglos; la búsqueda del empleo y la remodelación; la inflación y la nueva/vieja vida, se fue octubre. No sé si por nueva o por ilusa, pero tengo encima una esperanza que no se agota. Tengo unas ganas de crear, de escribir y de contar que no se apaga. Quisiera transmitirles eso, porque aunque tengamos todo en contra, tenemos la vida y lindo es moldearla con nuestros sueños y nuestra gente.

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