El café mágico del #FestivalGabo y sus efectos

El café era delicioso: humeante, oloroso y con una textura especial, de esas que acarician el paladar. Ese primer vaso que bebí en el puesto de la feria que estaba en el Jardín Botánico de Medellín como parte del Festival Gabriel García Márquez 2016, no se borra de mi mente. No me atrevo a compararlo con los menjurjes que sirven aquí en Madrid, fue perfecto y su única competencia son aquellos italianos que sin duda tienen su magia. La diferencia es que el contexto de este era muchísimo más significativo.

Hay semejanza entre ese calorcito que recorre tu cuerpo cuando tomas un buen café y mi experiencia en el festival. En este caso el efecto inmediato duró tres días y medio, del que planeo resumir lo más significativo. A largo plazo, la consecuencia es aún mayor. Lo lamento por los que no tienen el vicio porque no podrán entender la comparación que ideé para hacer de mis andanzas una pieza más llevadera. Pese a ello, siempre podrán imaginarla.

Empecemos. La aventura comenzó en el avión donde estuve más de diez horas escuchando historias calientes de colombianas que vacacionaban en Europa. A pesar de la molestia que me causaba no poder dormir por la bulla, y por mi emoción, sonreía porque extrañaba eso: ese intercambio tan nuestro, esa sonrisa regalada, ese derroche de simpatía que unas recién conocidas podían darse sin esperar nada a cambio.

No negaré que hubo momentos de desespero, claro, pero debo confesar que disfruté conocer la historia de una paisa que enamoró a un florentino al que le decía “mi italianito”. Compartía con sus recién adoptadas amigas fotos y experiencias con el caballero. “Un día me persiguió como por tres cuadras, me volteé y le pregunté ¨qué quiere ushte¨ y me respondió que quería conocerme”.  Entre una y otra risa, que lograba sacarme con sus ocurrencias, yo intentaba dormir. Pero ella me sorprendía por ser fuente compulsiva de historias, por tener la lengua con aquella soltura que da envidia y  por la confianza recién labrada que le tenía a las otras colombianas. Me sentía como en casa.

***

Tenía dos maletas para tres días: una llena de cosas para Venezuela y otra con mil outfits para el festival. El conductor las acomodó en el auto que compartiría con Alexandra Lucas Coelho camino al hotel. Antes de verla ese día no sabía quién rayos era y ahora, luego de stalkearla y hablar dos ratos con ella, la admiro. Es una reportera portuguesa que ha estado en muchísimos países cubriendo conflictos armados. Tiene una cosecha de cinco libros de reportajes y un par de novelas. En cuanto lo supe pensé: así qué esta es la clase de gente con la que compartiré ¡Qué emoción!

Alexandra estaba más cansada que yo para el momento del viaje en carro. Ella partió desde Lisboa cerca de las 4:00 am, yo desde Madrid par de horas más tarde. A mitad de la travesía se mareó y dejó de ver por la ventana. Me pidió que subiera el vidrio porque le pegaba el frío y se disculpó en dos ocasiones por no saber decir algunas cosas en español. Tras sus lentes de pasta, sus ojos me veían con sorpresa. Mientras le comentaba lo que me traía al festival ella no paraba de expresar su agrado. “Es una gran oportunidad para una chica tan joven”, me dijo y sobre mi juventud siguió divagando. Ella era jurado de la categoría Texto, yo finalista de Cobertura. Ella tenía cuarenta y tantos y yo veintitantos.

En la entrada del Hotel Intercontinental, como para recibirme, allí estaba él: Martín Caparrós. No es que me estaba esperando, de hecho andaba en sus cosas. De seguro ni se imaginaba toda la admiración que me causa, ni mucho menos el cansancio que llevaba encima. Lo miré mucho y sin disimulo, hasta incomodarlo incluso, pero no le hablé. Ya habría una mejor oportunidad, pensé. Fui directo a conversar con el personal de logística que me dio la bienvenida y me ubicó en la recepción. Al llegar a hacer Check In vi que Alexandra conversaba en portugués con otra invitada más. Cuando esta segunda se volteó, con una sonrisa mencionó mi nombre y dijo: Soy Consuelo, tu jurado.

Emocionada la miré y la abracé. Consuelo Dieguez es una muy dulce mujer, reportera de la revista brasileña Piaui, escritora de par de libros y ganadora de premios importantes. Le agradecí por las hermosas palabras que me dijo en tan corto tiempo y concluí con: tendremos mucho más tiempo para hablar. Me urgía acostarme en la cama, me urgía reposar y pensar. Me urgía cerrar los ojos y callar. Me urgía verlo para descansar.

Cuando tocó mi puerta tuve que fingir por dos minutos que no sabía que había llegado. Luego de varios abrazos le confesé que había visto una foto que arruinó su sorpresa y solo dejamos que el tiempo pasara mientras nos aclimatábamos a estar de nuevo juntos. Fueron cinco meses de ausencia y un solo minuto fue necesario para recordar todo lo que nos une. Él completó la experiencia. Ahora yo si estaba contenta.

***

En la noche llegué tarde al encuentro. Lo hice porque otra de las sorpresas que tenía en Medellín era mi mejor amiga de toda la vida y había cosas de las que hablar. Con un abrazo y una sonrisa la recibí en el lobby y es increíble que cada vez que nos encontramos me pregunto cómo carrizo pasa el tiempo y nuestro cariño está intacto. Me hizo falta sufrir una desilusión para entender cuán grande es nuestra amistad, cuán importante y especial, cuán irremediablemente fiel y para así casi llamarla hermandad.

La invité a la cena y al llegar lo primero que hice fue abrazar a mis exjefas de Efecto Cocuyo, Josefina Ruggiero y Luz Mely Reyes. Me dio la sensación de que eso sirvió para distribuir esa ansiedad que tenía por el premio. En ese momento conocí, entre otros colegas, a Juanita León y a Óscar Murillo quienes me acompañarían al día siguiente en la maratón de historias de mi categoría. Ella es la autora del seriado de notas que trata el tema del proceso de Paz  en Colombia del medio que dirige, La Silla Vacía,  y él como representante de la alianza entre tres medios venezolanos (Correo del Caroní, Runrunes y El Pitazo) cuya cobertura de la masacre de Tumeremo completaba el trío finalista. Saludé y conocí a otros periodistas y cené muy a gusto siempre jugando a reconocer rostros. A nuestro lado, lo supe después, estaban los chicos de la categoría Imagen y en nuestra mesa Mónica González, cuya historia contaré hacia el final del relato.

Al día siguiente empezaba lo bueno. Nuestro conversatorio era el último pero estuve en los tres anteriores y disfruté muchísimo ver a los autores con sus trabajos. Preguntas difíciles, piezas ingeniosas, grandes reportajes, e investigaciones dignas de admirar. Para mí seguía siendo una incógnita cómo es que yo estaba ahí a su lado, cómo es que mi trabajo era uno más de los 12. No es falsa modestia, créanme… cuando decidí ser periodista no les voy a negar que soñé con premios, pero los hacía lejanos. Ahora tenía que creerlo, dentro de poco me tocaba defenderlo.

Antes de sentarme en la tarima volví a saludar a Consuelo y a mis “contrincantes”. Lo pongo entre comillas porque siento que no había ningún ápice de actitud competitiva en nosotros. Fue una charla bonita sobre periodismo, llena de consejos y de vivencia. Yo olvidé mi pavor a las cámaras y con una seriedad que no me caracteriza, hice frente a las preguntas que algunos me hicieron. “Era la consentida del público”, bromearon. No les miento si les digo que sentí el cariño de la gente, de los estudiantes que se me acercaron al finalizar y de las personas que me llegaron a felicitar. Fue bonito y me llenó como periodista y como persona.

Maratón de historias #FestivalGabo
Crédito: Iván Reyes

Luego de un par de entrevistas, un almuerzo con casi todos los invitados, varias charlas y varios cafés fuimos de regreso para el hotel. En el camino leí los cientos (no exagero) de mensajes en WhatsApp que tenía en grupos y conversaciones. Me reí muchísimo y además me hizo sentir cerca a todos mis amigos venezolanos ¡Cuánto apoyo de la gente que quiero y cuánto lo agradezco!

Poco a poco acababa el gran preámbulo. La premiación era esa noche y mientras tanto las mariposas, no sé si amarillas, hacían con mi estómago lo que querían. Hasta el maratón no pensé que tenía oportunidad alguna de ganar, pero el hecho de ver a la gente tan involucrada me hizo construir una mínima esperanza que afloró cuando otro finalista me preguntó minutos antes de la ceremonia: ¿ya sabes qué vas a decir en el discurso de agradecimiento?

La noche empezó a trompicones. La sed nos tenía intranquilos, y el tiempo se alargó. Recuerdo escuchar a medias las palabras de Martin Baron, actual director de Washington Post y editor en jefe del Boston Globe cuando se realizó la investigación que inspiró Spotlight. Me perdí varias veces en su intervención, broméabamos algunos en la fila para aligerar el paso del tiempo. A un lado tenía a los chicos de la categoría Imagen, más allá veía a los de Innovación y del otro lado a Josefina y al editor de El Espectador Jorge Cardona, quien recibiría el reconocimiento Manuel Clemente Zabala como editor colombiano ejemplar. Junto a él, su esposa.

Alberto Salcedo Ramos, el gran cronista, fungía como maestro de ceremonia y la verdad es que me extrañó verlo tan serio. Cuando Carlos Dada recitó aquel discurso en agradecimiento por el reconocimiento a la excelencia que le otorgó la fundación a El Faro, medio salvadoreño, solo suspiré y agradecí de nuevo por esa oportunidad.

Allí dejo el link para que lo lean, pero les regalo este extracto: “Mientras otros se entregaban a la imagen de impacto, reivindicamos la palabra como lo más preciado que tienen nuestras comunidades. La palabra de la víctima, la palabra del testigo, la palabra de la memoria. Y la palabra del narrador. Hablamos mucho, escribimos mucho, fotografiamos mucho, porque es lo único que podemos dar a nuestros lectores, oyentes, espectadores. A nuestra comunidad.”

Qué impulso y qué ganas de continuar en el periodismo me dio escuchar tan contundentes palabras. Mi actualidad se tambaleaba como borracha y solo escuchaba calmada. La impaciencia y el calor iban derritiéndome y para cuando Consuelo dijo el nombre de Juanita León todo se puso en pausa.

No me sentí decepcionada, derrotada, ni perdedora. Sentí que mi emoción tenía un límite y ya lo había alcanzado. “Hasta aquí fue”, me dije. Felicité a cada uno de los ganadores y a algunos finalistas y hablé con un montón de gente con un par de whiskys de por medio. Recibí, nuevamente, felicitaciones, confesiones y gratas palabras. Miradas de admiración y de satisfacción. Una frase de Josefina se me quedó bien grabada: “ya entiendo qué sienten las misses cuando quedan finalistas”. Entre risas partimos a la fiesta en la que siguieron las conversaciones.

Luz Mely Reyez, Oscar Murillo, Ronna Rísquez, Martin Baron, Josefina Ruggiero, César Bátiz, María Laura Chang
Crédito: Iván Reyes

Allí en La Pascasia, una casa colonial que albergaba un bar, una pista y pequeñas salas de exposición nos dieron una cazuela cubana, que me comí encantada. Me transportó a Venezuela por su parecido al pabellón. Es una pequeña olla con arroz y caraotas negras mezcladas y un poco de plátano picado. Con ese sabor en la boca, el son cubano de fondo la salsa, buenaza, y la onda sabrosa continuamos disfrutando hasta que el cuerpo aguantó.

***

El segundo día lo viví con menos intensidad. Intenté absorber lo máximo de todos los conversatorios a los que asistimos. Desde temprano escuchamos sobre periodismo, cómo se realizó ese mega trabajón de los Panamá Papers, qué hay detrás del medio El Faro, cómo hacer cobertura de temas migratorios y hasta qué tiene para decir Natalia Lafourcade detrás de su música. Paseamos por el parque, fotografiamos, comimos y andamos. El café y su sabor siguió enamorándome. Los colombianos y su hospitalidad también. Esa noche cenamos todos juntos en un lindo restaurante. Tras el postre, extenuada, tuve que decir basta.

Para la mañana siguiente la angustia de que el evento llegaba a su fin empezó a asomarse. No obstante las ganas de ver Medellín se saciaron un poco luego de asistir a un extraño paseo hasta el Cerro Pan de Azúcar. Allí me adentré a una barriada popular en donde el gobierno local había construido una serie de estructuras interesantes.

whatsapp-image-2016-10-05-at-18-13-51
Cerro Pan de Azúcar
whatsapp-image-2016-10-05-at-18-13-02
Medellín

Cada paso que daba y cada ranchito con el que me topaba solo me hacía extrañar a mi Caracas. Qué ganas de estar en Petare, sin que me roben; de estar hablando con la gente de Catia, sin miedo; de mirar por la ventanilla del bus mientras voy por la Avenida Libertador, sin pensar que en cualquier momento se viene el atraco. Con parte de mi atención robada por el recuerdo de mi ciudad, aprecié lo que Medellín tiene para dar.

Una larga lucha, de muchos años y medidas, de reforzar la educación y la policía, de afianzar el sistema judicial e impulsar los valores, llevaron  a Medellín de pasar de la espeluznante tasa de más de 360 muertes por cada cien mil habitantes, en el 92, a menos de 20 para este 2015. Su mejor cifra en cuarenta años ¡Qué esperanza!, pensaba para mí Caracas. Mi amada. Ellos tuvieron que darle cobijo al monstruo del narcotráfico, nosotros aún tenemos en casa al de la violencia desatada.

***

El concierto de Natalia Lafourcade fue la guinda del pastel y con él que se acabó lo que se daba. Disfruté de sus canciones, y aprecié sus letras. Si antes me gustaba ahora soy su fan. La carga emotiva que tenía luego de tamaña experiencia solo él podía aliviarla. Con palabras fue calmando mis ansias y las ideas empezaban a aparecer como estrellas fugaces. Temas de reportajes, estudios, vivencias, viajes. De todo.

Para el momento de la despedida ya las lágrimas se habían acabado. Yo no lloro más por eso. No. Para mí la certeza de que nos veríamos pronto era tan real que aunque no había nada concreto, estaba aliviada.

El taxi al aereoperto lo comparti con Miguel Ángel Bastenier. Con su carácter fuerte y palabras de acero me dio una serie de consejos que me guardo para no empavar mis nuevas aventuras. Fue breve, tajante y sabio. Me despedí de él y de su esposa antes del chequearme. Ellos harían escala en Cartagena y yo en Bogotá.

Corrí a despedirme por segunda y última vez de mi gente. Compartimos un Juan Valdéz y algunas ideas. Él aprovechó para darme fuerza y aliviarme y yo para absorber un poquito de su fortaleza y de su paciencia. Para cuando llegué a Bogotá ya la añoranza empezaba a ser insostenible.

Me encontré de nuevo a Alexandra y fue un alivio conversar con ella y distraerme. Ella llevaba una maleta verde, más parecida a una caja de herramientas que a otra cosa. Me contó que adentro llevaba material fotográfico de un colega que había estado en la selva con los de las Farc. Más adelante vi como el Washington Post publicó esas fotos. Pero ahí en Bogotá, compartimos unas papas fritas y un refresco antes de entra ¡Qué lindo!

Ella es uno de los personajes que me llevó de este festival como un tesoro. Desde su primera sonrisa en la cena de bienvenida, hasta la última en el aereopuerto, me causó intriga. Supe, entonces, que además de su larga e importante trayectoria en el periodismo chileno, había sido una de las presas de la dictadura de Pinochet “en una cárcel de hombres” y que hacía tan solo unos meses había vivido otras terribles cuarenta y ocho horas.

“Me secuestraron con mi nieta de doce años”, nos soltó de sopetón a Alexandra y a mí. La veía inmóvil, no sabía qué hacer. Mientras, seguía dándonos más detalles. Ocurrió en México en un hotel de cinco estrellas hace dos o tres meses. De acuerdo con su relato los criminales pensaban que como ella hablaba francés era una de las ricas turistas. Luego supieron que era una de esas periodistas que daban talleres de “cómo cubrir narcotráfico”. Ninguna quería hacer preguntas atrevidas, veíamos que la herida estaba aún fresca y además ella decía que volvía  Francia con su familia para descansar. Sí que se lo merecía.

Poco antes del vuelo nos encontramos a Eva Belmonte, ganadora de la categoría Innovación y se nos acercó con la noticia: va ganando el No. Ya para cuando entramos era irreversible. Vi lágrimas y caras de decepción. Sentí pena, pero como cada elección en Venezuela, asumí que la esperanza haría su trabajo.

***

Llegar a Barajas fue fuerte. Tres días y medio de amor caribeño se extinguieron. Un par de llamadas fueron suficientes para tomar la decisión. Venezuela, aquí voy, el café del Festival Gabo me despertó.

 

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s