Palabras para un joven periodista

Era una estudiante de Comunicación Social como cualquier otra, con un futuro aún sin vislumbrar, pero con unas ganas de contar historias que me hacía suspirar. Que yo fuese periodista, OTRA periodista en Venezuela, no era algo que a la mayoría de mis allegados le entusiasmara. Por suerte, a mí eso poco me importaba.

En una visita al colegio del que me había graduado hacía poco más de un año, me encontré con la profesora que me dio clases de Filosofía en el bachillerato y conversé con ella pocos minutos. La saludé con cariño, ya que la consideraba y aún considero una de las mejores maestras que he tenido en mi vida. Sin embargo un comentario y un gesto lograron derrumbar parte de la admiración que había labrado durante los dos años que cursé Humanidades.

La conversación fue parca. Luego de preguntarnos cómo iban las cosas ella quiso saber qué estaba estudiando y le respondí con la verdad: Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela. Su mirada cambió, el brillo de sus ojos se opacó, movió su nariz y con decepción me dijo que esperaba que estudiara otra cosa, “no sé, algo más…”, me respondió. No recuerdo con exactitud qué le dije después, imagino que le di a entender que eso era lo que me gustaba. Lo que si tengo claro es que todo el trayecto de regreso estuve pensando en ese gesto de desaprobación, cuestionando el porqué de su reacción y reflexionando si no era tan evidente para los demás que yo había nacido periodista.

De jovencita había visto a mi mamá entrevistar a media Venezuela y me encantaba todo lo que eso implicaba. Debo confesar que no me leía las entrevistas completas. Para ese entonces una página entera era demasiado así que me decantaba por ojearla por pedazos, primero la entrada y  luego los recuadros que eran aspectos personales de los entrevistados. Yo solo leía los diarios los domingos y poco a poco supe que quería hacer un periodismo distinto a eso que veía. Me aburría el lenguaje clásico, la deshunanización de los sucesos y el hecho de que para conseguir historias, había que buscar muchísimo.

Años más tarde, cuando vi la cátedra Periodismo III con Liza López, gran profe, supe que iba por el camino correcto. Una de sus enseñanzas fue que para innovar había que conocer lo tradicional. Nos toco leer mucha de esa prensa clásica, pero también las nuevas plumas. Empezamos haciendo reportajes “normales” y poco a poco los aliñamos a nuestro gusto. Ese semestre hice tres o cuatro trabajos periodísticos. El último fue un excelente reportaje sobre el Cardiológico Infantil que me llevó un esfuerzo enorme. Recuerdo entregárselo a ella con una inmensa ilusión y recibir una calificación regular. Me decepcioné porque tenía el orgullo de haber hecho una gran hazaña:ir a un hospital público y conseguir cifras oficiales.

Eso no bastó. Liza me hizo un sinfín de correcciones, precisión, cifras, redacción, orden. En todo tenía razón. Mi calificación en Periodismo III fue de las más bajas que tuve en la carrera, pero imagínense todo lo que aprendí. Fue la materia a la que más le puse corazón en 5 años de estudios superiores y claro que lo valió.

En clase, además, descubrí que Liza era una gran periodista y que había  trabajado con los más grandes. Me parecía increíble que hubiese  fundado una revista de crónicas, (Marcapasos) y que fuera parte  de la mítica Unidad de Investigación de la Cadena Capriles, fundada por Luz Mely Reyes, apunten ese nombre.

Por Liza me hice fan de la crónica como género y junto a otro profe que me dejó la UCV, Eloi Yagüe, la empecé a ejercitar. Escribía y ellos me pulían, hasta que me di cuenta de que esa era la línea que me movía.

Cuando me reuní con Laura Weffer para hablar sobre el proyecto que junto a su colega Luz Mely tenía entre manos, me entusiasmé muchísimo. Todo, aunque en pañales, sonaba fascinante. ¿Dinero? No había mucho, ¿Ganas? Todas las del mundo.

Empezamos una redacción pequeñita. Además de ellas dos, Josefina Ruggiero, Ibis León y Jorge Agobian, de la mano de un grupo de emprendedores agrupados en Ecoem, le echamos pichón. Poco a poco fuimos creciendo y lo mejor era que la gente apreciaba nuestro trabajo.

Por fin fui libre para contar las historias como siempre había querido, hacer el periodismo con el que siempre había soñado. De allí surgieron buenos trabajos, que llegaron a un montón de gente y que ahora hasta compiten en el Premio Gabo 2016. Yo no sé si mi profesora se imaginaba que con “esta cosa” podía llegar hasta aquí. Lo que sí puedo decirles, es que cuando uno hace lo que le apasiona, lo hace de forma desinteresada, con empeño, dedicación y perseverancia, el mundo se pone a tus pies y te recompensa de una y mil formas.

Para mí el hecho de ser finalista en este premio es un gran reconocimiento, pero no es mayor a las “gracias” de corazón que me daban aquellas familias cuyo medicamento apareció después de publicar un reportaje.

A veces nosotros mismos perdemos la capacidad de ver lo importante y vital que es el trabajo de un periodista en un mundo como el nuestro, donde los derechos humanos parecen ser opcionales y camaleónicos. Hay que ser firmes en nuestro compromiso con la gente. Para mí ese es el verdadero periodismo y por el que pretendo seguir formándome. Decir lo que alguien no quiere que se diga, decir lo que afecta a una población, decir que un grupo sufre, pero también decir por qué sufre. Hay que confiar en nuestro olfato, pero siempre honrar a nuestra profesión.

Cinco años después, quiero decirle a mi profesora que sí, que soy periodista, soy otra periodista venezolana con muchas ganas de seguir con esta hermosa profesión y que además, pretendo impulsar a todos los jóvenes que así lo deseen a seguir estos pasos. Y no voy a decir otra cosa porque ya García Márquez se me adelantó: el periodismo es el mejor oficio del mundo.

Foto: El Pitazo

 

 

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