El fin y el comienzo- Tercera entrega

00:08. Madrugada de viernes para sábado. Ni el rebote del
balón de baloncesto contra el piso, o la pelota de fútbol contra la pared, me
dejan dormir. Las risas de un par de niños de 8, máximo 10 años, impiden que
descanse así que escribo. Estamos en agosto y siento como el calor se apodera
de la parte de atrás de mi cuello, abraza mi espalda y se transforma en sudor
más arriba, en la frente. Tengo la tentación de echarme un baño pero recuerdo
que hace apenas unas horas la casera me recordó que apagara la luz para evitar
facturas con recargo. Lo descarto.
Tampoco me atrevo a desnudarme, y eso que estoy sola como nunca antes.

Hace unos días les prometí tres entregas de un viaje. Sin
embargo esta última se transformó en otra cosa. Creo que va más por una nueva
reflexión de emigrante, porque ciertamente hace pocos días visité ciudades
fantásticas, pero lo que se movió dentro de mí esta última semana no deja de
ser motivo de reflexión. Intentaré describir ambas cosas, espero no defraudar a
nadie.

Vuelvo con esta noche. Cumplo una semana en Madrid y las
risitas de los pequeños me inquietan. Me asomo a la ventana y veo como el que
supongo es su padre, les dice que se acerquen más hacia la mesa. La familia
está tomando cañas en uno de los mil bares que hay en la ciudad y no puedo
dejar de pensar en esto: ¿Desde hace cuánto un niño no puede jugar en la calle
con tranquilidad en Venezuela? Me da escalofríos.

Hoy he leído terribles cosas sobre el hambre en Venezuela y
hace pocos días vi el documental ViviendoAlMínimo. El hambre ya es una
realidad, horrible, que hace cuatro meses cuando me fui tan solo estaba
empezando. Me asomo de nuevo por la ventana y vuelven los escalofríos porque desde
allí solo veo tranquilidad. El cotilleo que viene de afuera se hace cada más
fuerte, empiezo a notar incluso el sonido de los vasos contra los vasos y el de
los cubiertos contra los platos. Tal vez esto no signifique mucho pero para mí
es la simple muestra de que los contrastes cada día se harán más radicales. A
la 1:15 am ya no se escucha nada y en calma me pongo a recordar.

*

París, Ámsterdam, Copenhagen y Londres son, dicho a lo
venezolano, tronco´e ciudades. Por más veces que las haya visto en películas y
fotos, finalmente las viví por algunos días y créanme, son mucho más de lo que
yo pudiese recrear con palabras. Cada una de ellas me transmitió su belleza, en
el sentido más clásico del término, su atmósfera de riqueza, desarrollo y
multiculturalidad. Mamá y yo intentamos hacer rankings pero desistimos porque
cuando hay tanta competencia la tarea es muy dura y amerita mucho tiempo. Mejor
disfrutar a secas y eso fue lo que hice.

París es bella desde donde la mires y su arquitectura es
alucinante. La trillada Torre Eiffel es imponente y subirse hasta el último
piso es algo que jamás olvidaré. Desde allá arriba ver las cuadraturas
perfectas que hacen los edificios, los árboles que bordean algunas calles, los
verdes jardines y el Sena que atraviesa todo impetuoso y grande, es muy
emocionante. El frío, que me pegó en todas las ciudades a pesar de estar en
pleno verano, en la puntica de la torre se multiplica, pero no importa porque
ese aire tiene algo mágico.

Al bajar, volver a la ciudad y compartir con los turistas
las bellezas de París, noté la verdadera diversidad cultural que hay allí. En
el metro, agrupados en los vagones, hay muestras de cada raza y aproveché para
ver cómo se comportaban entre ellos. Con respeto. No cariño, ni hermandad, solo
respeto.

Los malos olores se repitieron una y otra vez, incluso desde
el tren que nos llevó a Francia. Esa costumbre venezolana de bañarse a diario,
enjabonarse bien (así sea con jabón azul), colocarse desodorante (incluso Mum
bolita) y colonia o perfume, dista mucho de la realidad de los franceses. Ni se
inmutan ante el repentino olor a óxido, por decirlo de forma educada, que surja
de algún nuevo pasajero. Pero no hay que enfrascarse en ello, el queso es igual
de maloliente y sabe muy bien.

En cambio, si hablamos de cosas sublimes, el arte que se
agrupa en París no es poca cosa. Obviamente me refiero a los museos. Luego de
dejar todo en el hotel fuimos al de Orsay y disfrutamos muchísimo. Mamá es
fanática de Los Impresionistas y allí están todos, incluso una sala entera para
Van Gogh. El cuadro que me robó la mirada fue este:

Caillebotte

Se titula “Los acuchilladores de parqué” (1875) de Gustave
Caillebotte. En un primer momento me llamó la atención porque días antes, en
Milán, una empresa de pisos tenía esa imagen como logotipo. Luego de escuchar
un análisis que se detenía no solo en la técnica pictórica sino en el
contenido, tres trabajadores de la urbe como representación de un proletariado
ignorado que empieza  ser representado
por los artistas, me atrapó.

En Louvre estuve varias horas caminando y me pareció
demasiado. Es demasiado. Hay que ir dos días mínimo para poder apreciarlo bien,
pero el reloj iba rápido. Estuve más tiempo viendo las tres pirámides que están
afuera que cualquiera de sus obras y cuando llegué a la Gioconda, preferí verle
la cara a los turistas que se agolpaban con cámaras y teléfonos en mano para
llevarse una partesita de ella. Cuando estuve allí me perdí en la conversación
de dos de los cuatro cuidadores de la obra, después me despedí de ella como si
fuera una persona, no sin antes comprobar que realmente te sigue con la mirada.

París merece más días pero pronto nos íbamos a Ámsterdam, la
ciudad del pecado. Así le dicen pero yo la vi con otros ojos. Tan solo al
llegar vi al menos tres jóvenes desmayados de la borrachera, aunque debo
decirles que esto no la representa. Ámsterdam es mucho más. Uno de los sitios
más hermosos es Musemplein donde comparten un jardín tres de los museos más
importantes de la ciudad (Stedelijk, Van Gogh, Rijks) y donde actualmente están
las famosas letras de I Amsterdam. De no ser por mi bendita fobia a las aves
todos los días hubiese almorzado allí, porque sobre todo en las tardes hay una
atmósfera muy linda.

Las bicicletas también son parte de Ámsterdam. Las hay por
montón, ciclovías casi tan transitadas como las aceras o calles y los
estacionamientos para las bicis son sagrados. El más impresionante está en la
estación central de trenes, debe guardar miles. La tentación de montar bici es
tan grande que se me ocurrió dar una vueltica en una de esas un día, salí con
raspones. Poco a poco. Si en cambio prefieres trasladarte de la forma clásica
el sistema de transporte es una maravilla. Cuenta con tranvías y buses que te
llevan a cualquier parte de la ciudad y si vas pocos días aprovecha el pasaje
de 24 horas que le puedes sacar mucho provecho.  

Otra de las cosas que me hizo entender de qué va eso del
primer mundo es la atención que se le dio a un hombre que había sufrido un
infarto. Ambulancias, bomberos y policías, más de 4 vehículos y 10 personas entre
los tres cuerpos de seguridad, se acercaron al lugar del hecho y por la ventana
lo sacaron en una camilla. No quiero ni pensar qué pasaría en Venezuela si uno
llama a una ambulancia.

Al igual que París, Ámsterdam está plagada de personas de
todas las razas y también es común ver por ejemplo, a una chica con velo que te
atienda en el supermercado o parejas interraciales con niños morenos con los
ojos verdes. Creo que en comparación a la ciudad anterior, el holandés se toma
todo con más calma y aunque distante, es tolerante.

Lo más esperado de ese viaje fue la visita al Museo de Van
Gogh y es una experiencia sin igual. Para nosotras que le seguimos la pista al
holandés desde hace muchos años ver en vivo y directo sus famosos cuadros fue emocionante.
Los paisajes, retratos y figuras que Vincent Van Gogh alumbró a través de sus
pinceladas son hermosos, y el boom que hay en la actualidad lo resumió mi madre
con esta idea: “La naturaleza inspiración y esencia de la obra de Van Gogh es
hoy en día la inquietud primordial del hombre moderno” La tiendita del
museo es para pasar un día entero viendo sus cositas

*

-No te creo – me repiten las chicas del piso que comparto en
Madrid cada vez que les comento alguna generalidad de Venezuela. Con los ojos
bien abiertos y atentas, escuchan cómo es normal que alguien se alegre
demasiado por conseguir una harina de maíz, o que busque sustitutos al
desodorante y al champú porque tienen tiempo sin conseguir. Se lamentan y
siento como su lástima me permea el caparazón de fortaleza que me puse antes de
salir. Me dicen que esperan que más venezolanos puedan salir de esto y yo asiento
pero me pregunto si eso significará que los rojitos permanezcan más tiempo en
el poder.

La rumana que vino de visita dijo que son cosas que pasan en
los países corruptos y recordó cómo en su país se sufrió algo parecido. “Se
hacía cola para comprar así sea medio pan. La gente tenía su trabajo, su
dinero, pero no había nada que comprar. Si querían, por ejemplo, comprarse unas
bragas pues tenían que hacer amistad con las de las tiendas para que le dieran
preferencia”, relataba mientras yo hacía la comparación inmediatamente.

Ella lo decía con naturalidad, como leyendo un libro de
historia y yo temblaba porque no es historia es realidad en Venezuela. Además
lo que no tiene comparación en nuestra crisis es la inseguridad que nos
mantiene a raya, con miedo. Y la policía, ni hablar.

*

Copenhagen es la ciudad más hermosa que he visto y ni en mis
sueños hubiese podido estar en un sitio más grandioso. Allí se mezcla el futuro
con lo clásico, la belleza con la cultura, los habitantes felices con los
turistas que se portan a la altura. El bienestar de los hogares daneses es casi
palpable.

Me di cuenta porque nos quedamos en las afueras de la
ciudad, en Orestad para ser precisos, y vi como las zonas periféricas al centro
estaban ideadas como ciudades futuristas. Hacía frío, muchísimo, pero desde el
metro los ventanales de pared a pared permitían ver dentro de esas viviendas y
solo observé bienestar. Intenté buscar cifras recientes en vano, pero encontré
que en 2008 la revista británica especializada en estilos de vida, ‘Monocle’, 
le dio el primer puesto a Copenhague en como la mejor ciudad para vivir del mundo. La educación es gratuita incluso para los extranjeros y la
avanzada arquitectura también la resaltan en esa lista.

Para llegar allí, el tren se metió en un ferry y en
determinado momento nos dijeron desde los altavoces que saliéramos. No
entendíamos y finalmente subimos a la terraza del barco y vimos como se iba
apagando el sol. La brisa helada nos agarró por sorpresa, así como ese corto
viaje en barco. Con ese baño de viento de mar volvimos al tren y llegamos a una
peculiar estación, que en de madrugada da un poco de miedo.

Bajo la luz del sol, es una ciudad bonita, incluso la
estación es preciosa. Uno de los lugares más turísticos de Copenhague es Nyhavn,
el canal con las casas de colores. Está lleno de pequeños locales y hay cientos
de barcas que te pasean por el río. Solo darle la vuelta es suficiente para
sentirse bien, todo es bonito. Otro sitio para visitar es Rundetarn, o la torre
redonda, desde donde se puede tener bella vista panorámica de toda la ciudad. Su historia
es bastante peculiar fue construida como observatorio astronómico en 1642 y en vez de escalones tiene una rampa
redonda que va subiendo en círculos hasta la punta. Además hay café y salas de
exposición y un cuarto protegido por un vidrio en el que permanecen las mismas
estructuras del Medioevo.

En Copenhagen cumplí los 24 años y para celebrar me compré
una cerveza y un pastel. Di un largo paseo, mientras llegaban emotivos mensajes
de esa gente que me tiene presente a pesar de la distancia y en la noche me
preparé para la siguiente aventura: Londres.

Quise ir para aprovechar un pasaje de tren que me quedaba y
porque tenía dónde llegar, pero el viaje se hizo más complicado. Perdí las
conexiones de los trenes porque hubo un problema técnico en el primero y llegué
casi una hora más tarde a Hamburgo, donde tomaría el segundo. Doce horas más
tarde de lo esperado allí estaba, en St. Pancras.

El gentío, exagerado, me abrumó. Iba con dos maletas y un
bolso grande caminando pausada pero allí nadie anda lento. Todos caminan rápido,
hablan por celular, te tropiezan, dicen “sorry” y continúan.

Me pude quedar en un sitio envidiable, con una terraza con
vista a toda la ciudad a pocos metros del Big Ben y del London Eye. Es decir en
el mero centro. En mi ignorancia pensaba que Londres no me iba a atrapar y la
verdad es que tardé dos días en hacerme una idea de la ciudad y el gentilicio. Es
linda, realmente linda.

La caminé mucho, visité los museos, fui a ver qué tal las
adyacencias de Bukinham Palace. Todo en orden. El metro es impresionante, llega
a todos lados y si no pues los famosos buses rojos de dos pisos te acercan a tu
destino. El inglés inglés resultó ser más simpático de lo que creí, siempre
distante, siempre respetuoso y amable.  

En Londres, a diferencia del resto de Inglaterra según los
reportes, es muy raro ver xenofobia porque realmente hay un mar de gente de
todos los lugares que sería como ir en contra de su propia idiosincrasia. La
velocidad de la ciudad se me pareció a la de mi Caracas y solo eso. No hay más
nada que se le compare.

*

Mientras camino por Madrid con una vieja amiga venezolana,
capto los acentos de inmediato. “¿Quieren probar?”, fue suficiente para que
ambas volteáramos a preguntarle de dónde era. La experiencia de María, mi
tocaya y mi paisana, es la de cualquier emigrante que vino a España con una
carrera y con ganas de trabajar en lo que sea. Ahora está cocinando, una
delicia de patatas con trufas que nos encantó, contenta por recuperar la
calidad de vida que había perdido y tranquila por este trabajo que después de
una ardua búsqueda, halló.

Aquí en Madrid hay muchos latinoamericanos, barrios enteros
de peruanos, ecuatorianos y la más reciente inmigración venezolana hace sencillo
sentir que por lo menos perteneces. A ver, no es que me sienta española ni
mucho menos… simplemente me siento acorde, en sintonía con esta gente, cosa que
en las cuatro ciudades que les mencioné antes no ocurría.

El hecho de tomar la decisión de venirme para acá por la
cantidad de coterráneos que había también me dejó otros aprendizajes. Cuando
emigras puedes creer que tendrás el apoyo de los tuyos, pero no siempre será
así. Puede que tengas su palabra, su experiencia, pero de facto estás solo (si
lo haces solo, obviamente) frente al mundo. Así fue como empecé averiguar y una
semana después, alquile habitación en un piso, adquirí el abono de transporte
para jóvenes y  tengo pautada una
entrevista de trabajo. ¿Que si alguien me ayudó? No lo creo ¿Que si alguien me
apoyó? Sí que lo hicieron.

Así que con honestidad le digo a todo el que está pensando en
emigrar, deben armarse de valor y buscar la fortaleza desde adentro porque es difícil
y se necesita para afrontarlo. Sé que las semanas sucesivas seguirán siendo un
reto, día a día, y que cuando por fin encuentre trabajo, serán ahora nuevos
retos,  pero nunca descanso.

La soledad no solo te permite replantearte tus valores, tus
necesidades más entrañables, sino que hace apreciar cada momento con tus seres
queridos y esa añoranza tiene doble filo: o te motiva a seguir o te hunde.
Intento que solo sea lo primero y cuando esté más triste, siempre puedo
recordar el viaje de mi vida, cortesía de mi madre, la mejor compañía.

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