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Repentino feminismo en el Metro

Era hora pico, o no tanto. Eran las 9:30 am. Cabía gente en el vagón, pero estábamos amuñuñados. Una voz fuerte resaltada por encima de los murmullos del resto. Era un vozarrón femenino, de esos que provienen de mujeres arrechas que no temen armar pleito con tal de que se les respete. O eso parecía. Sin embargo, a medida que la conversación entre ella y el muchacho alto que la enfrentaba se desarrollaba, mi percepción sobre su persona se iba desdibujando.
Su piel morena estaba envuelta en licra colorida. Su cabello, negrísimo, había pasado por la plancha varias veces. Su figura regordeta y su sonrisa blanca la hacían ver simpática. Su rostro, labrado de experiencia, le sumaba años a su ser. Unos 45, le calculé.
“Hay que ser pendejo para dejarse joder”, repitió casi a gritos. El muchacho le explicaba que nunca tocaría a una mujer por más odio que tuviera. “Pero si es una zángana está bien que le des su coñazo”, seguía la señora.
Mi mirada, ávida de verlos discutir, se perdía entre tantas cabezas. Por un momento dejé de escucharlos. Me moví y los capté de nuevo. Su actitud seguía intacta, protegía fervientemente la violencia, protegía la venganza, protegía el odio.
Desilusionada bajé del vagón. No la quise ver más porque la simpatía que evocó en un principio desapareció con esas vanas palabras. No la quise ver más porque lamentaba que desde su boca saliera tanta intolerancia. No la quise ver más, porque imaginé de inmediato a las pobres hijas que supuse tendría y me compadecí.
Quien me conoce sabe que no soy activista feminista. Para mí la igualdad empieza por la concepción que tengamos de cada género y aunque fui criada con vestigios de machismo, me labré independiente y libre.

Nunca he sentido que mi sexo me quitó o me dio más o menos opciones y aunque sí me he sentido vulnerable, jamás pensé que tenía tan latente la solidaridad femenina. Oirla partir esa complicidad, partirla a golpes, con palabras violentas, me disgustó.

Lamenté lo escuchado. Aún espero haber oído erróneamente, haber sacado de contexto las frases y concluir falacias. Aún espero haber imaginado esa escena.