Monthly Archives: July 2015

Advertisements

Mi blanquita

Nunca tuve la intención de que una catira tan bella como tú me dijera que si. Desde que te vi con tu cartera de laito, esos ojos llorosos, el pelo suelto hasta la cintura y aquella piel paliducha, me enamoré. Pero ¿cómo acercarme a ti si ni me mirabas? Cuando pides tu marrón claro ves hacia la máquina, y cuando te lo entrego ves hacia la taza. Oyes mis chistes obligada y nunca te ríes.

Ese día que llegaste por primera vez a la panadería te puse más de tres canciones de amor y algunas las tarareaste. Luego lloraste y quise abrazarte pero primero, el señor Miguel no me dejaba salir del mostrador y segundo,con tu pinta de sifrina si un loco como yo se te acercaba seguro que salías corriendo. 

Recuerdo que entre lágrimas le sonreíste al mocho, que te retiró el plato y te dijo algo simpático. 

Llegaste esa segunda vez más tranquila. Tu labial rosado se quedó en el pitillo del té parmalat que bebiste. ¡¿como puede tomar té y café?! pensé de inmediato. Esperaste a que el café se enfriara y como si fuera un shot de marrón claro lo bebiste sin distracción. Hablabas por tu Iphone con el cuello doblado mientras escribías una cosa en la servilleta. Capaz eran garabatos.

La tercera vez que te vi estabas por primera vez feliz. Pediste un pastel de pavo y queso, un café y sacaste un termo de agua de tu cartera. Me viste por primera vez a los ojos y dijiste “muchas gracias” en vez de las “gracias” vacías que acostumbrabas. Blanquita, también tu sonrisa me encantaba. Recuerdo que ese día los muchachos se pillaron la broma y empezaron el chalequeo. “Ahí llegó tu catira”, empezaron a decir. 

Debo confesarte que después de esa vez perdí la cuenta. Recuerdo hechos aislados, como cuando fuiste con mi suegra, o cuando hablamos sobre el partido de béisbol.  Para esa época yo andaba enamorado de otra y te dejé de prestar atención. Ni lo notaste. 

Pero luego esa noche te vi, Blanquita, llorando sentada en la plaza. Me acerqué porque me partía el alma verte así otra vez y me reconociste.

– ¿Tú no eres el de la panadería? -dijiste y “yo mismo soy, Andrés” , te respondí.

¡Ay mi blanquita, ahí si te pasaste! Batiste la melena y sonreíste mientras te secabas las lágrimas. ¡Qué arrechera le tenia a quien te hacía llorar! Luego no recuerdo que chiste te dije que te reíste full y ya después te vino a buscar tu papá. La ropita que tenías te hacía ver como una diosa griega que ni con tristeza se ponía fea. De ahí pa lante, nada.

Pero bueno Blanquita, yo ni sé porque te escribí esto. Si en la vida de una sifrina un negrito como yo no pinta ni con crayon de cera, ni con tiza, ni con tinta. Yo te preparo tu marrón claro, tu me sonríes con descaro.