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Carta desde el alma

Ismael,

con todo el riesgo de ser calificada de cursi, además de loca, empiezo esta “notica” por el bien de mi estado emocional. Quería comenzar con algo más significativo, pero por esta vía también se debe romper el hielo. En fin, debo advertirte que a pesar de que esté por escrito, muchas de las ideas a continuación podrían estar desordenadas. Hagamos como si al leer te estuvieras adentrando en algún rincón de mi pensamiento. Evidentemente allí no están las cosas enclosetadas, ni en estantes, ni en cajas… las ideas pululan como maripositas por mi cabeza, insectos que a veces se transforman en feroces dragones que con solo estar allí adentro, arden.

¿Hace cuánto llegaste de tu viaje? Bueno, esa es la cantidad de tiempo que tengo guardándome cosas que necesito expresar. Que necesito expresarTE. Porque yo soy así, es una necesidad que me invade, que tengo las cosas en la garganta intentando salir, pero ha pasado tanto y tan poco…

No sé en qué estado estamos ahora. O sea, no sé en qué estado estuvimos nunca, pero sé que lo que siento por ti no es ni banal, ni fugaz. Anoche, estuve pensando si podría encasillarlo como “amor”, pero para encasillar hay tantas cosas. Los sentimientos deberían salvarse, porque ellos vienen y van, cambian y se moldean, pesan o te llevan a volar.

Creo pensar que las inseguridades nos llevaron a esto, pero no sé. Es solo una idea. Al respecto quisiera agregar que ellas han sido las causantes de muchas tortas y “autosaboteos” en mi vida, pero y a pesar de ello, no he logrado despojarme de su ladilla, de su presencia acechante cada vez que creo ser feliz. Porque me miran y me cuestionan cada cosa, como diciéndome ¿te lo mereces? “Hice la tarea, sí me lo merezco” parezco responderles pero no me lo creo.

Y sí, muchas veces estuvieron a mi lado mientras te escribía o te hablaba. Cerraba los ojos y dudada de ti, de mí. Cuando estabas lejos no podías mirarme y con los ojos decirme que podía dejarlas fuera, que no eran bienvenidas. Y pasaban los días y como monstruos me devoraban ¿lo merezco? ¿me quiere? ¿me hará daño? ¿está dispuesto? ¿lo intentará?¿lo intentaremos? ¿vale la pena? ¿me ama? ¿lo amas? ¿ama a alguien más? ¿me extraña? ¿lo quieres de verdad? ¿qué sientes? ¿me entrego? ¿hice bien? ¿lo hice mal? Y en un millón de preguntas se iban paseando y rompiendo lo que en algún momento sentí que hubo entre los dos, una conexión emocional bonita, que hubiese deseado durara más.

Pero llegaste y no me ayudaste en lo absoluto. Me moría por dentro, quería explotar, quería saber qué pensabas, quería decirte lo que yo pensaba, y lo que me carcomía. Quería decirte que olvidáramos lo malo y volviéramos a intentarlo desde el principio, quería tantas cosas… quería desnudarte desde adentro hacia afuera, que me dijeras todo, lo malo de nosotros, lo que no te convencía de mí y que luego, en blanco, retomáramos el sendero que soñé transitar.

No pasó. Ya no era lo mismo. Yo no sabía qué decir o qué hacer para que fuera como antes. Y en ese momento, acumulado a lo anterior, vinieron las dudas de si realmente todo lo que yo creí que había pasado entre nosotros tuvo para ti una significación tan grande y valiosa como la que yo percibí.

Pero no daba ni di, hasta ahora, con la manera de confrontarte. No pude robarte un beso, ni pude llorar frente a ti. No hubo sexo de reconciliación, ni cena de emancipación. Cuántas veces imaginé contándote todo, desahogando el corazón y con un abrazo tuyo, sanador, me recuperaba y así se reconstruía mi sonrisa… pero de nuevo, no pasó.

Me tocó empezar a abrazar la idea de que era bastante posible que las evasivas se debían a un desinterés, y ese desinterés se traducía en distancia que a su vez entendía como “simplemente no te quiere”.  La odié y me negué. Insistí tanto y me aferré a la idea de ese abrazo, pero era inútil. La idea crecía y crecía en mi cabeza hasta que me convencí de que finalmente debía darme por vencida. No es posible obligar a nadie a sentir nada, mucho menos esa clase de sentimientos, de tope.

Lo más sensato, entonces, era superarte. Entender que debía hacer mi “duelo” para sanar. Pero bastaban dos palabras tuyas para que creciera de nuevo la esperanza. Cómo me jodía Esperanza. Peleábamos todo el tiempo ella y yo. Al final siempre ganaba ella. No podía creer que no me querías, debías decírmelo tú. No, ni siquiera tú, debían decírmelo tus ojos. Pero nuevamente no pasó.

¿Y ahora qué Cecilia? ¿Qué vas a hacer con todo lo que sientes? Las lágrimas no ayudaban, ni la música, ni los libros. Incluso los chocolates, que en otro tiempo me habría comido tranquila, me veían desde la mesa con su mejor vestimenta. ¿Y tú? ¿Qué sentías tú?

Me torturaba pensándote tranquilo. Mientras tú te mueres él está bien, me decía. Por un lado, prefería que fuera así, no hubiese querido desearle ese mal a nadie y mucho menos a alguien que quiero tanto, pero por el otro ardía de furia. Era unidireccional todo. Estaba loca, de verdad, desquiciada.

Finalmente tomé la decisión de dejarlo así. Cerrar el ciclo, con inmenso pesar, pero es que ya ni sabía cómo luchar. De hecho, se había desdibujado mi mapa ¿Qué era lo que estaba buscando? ¿Quería estar contigo o quería tu felicidad? De cualquier manera parecía entender que debía alejarme y alejarme significa muy lejos. No hablar, no vernos, no remover el pasado, y  si de repente Dios ponía algún hombre frente a mí, aferrarme a él como sabiendo que aunque no me curara me aliviaría el malestar. Tal vez ahí fue cuando verdaderamente me di cuenta de hasta dónde había llegado todo, de lo profundo que habías calado.

Todas las advertencias que me hice al principio, parecían reírse sabiéndome despechada.

Y así estaba, hasta que entendí que no podía cerrar el libro sin que supieras la historia.

Y si me preguntas qué espero con esto, no podría responderte nada concreto. Quiero que sepas que empezaré mi duelo si así tiene que ser, pero con la garganta un poco más fresca y la mente un poco más despejada. Mis demonios que salgan a pasear y vuelvan más tarde.

Te disfruté mucho y volvería a hacer todo lo que hice contigo, e incluso más.

Lamento tanto no poder decirte todo esto de frente. Lo siento porque me perderé tus ojos, pero por lo menos sé que el mensaje llega y eso me alivia.

Me encantaría y sueño con recibir una respuesta, pero no sé si estas letras movieron lo que hizo falta para soltarte la lengua o los dedos.

Hasta más tarde

La Cecilita que te quiere

SI TÚ ME OLVIDAS

Quiero que sepas
una cosa.

Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.

Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.

Si de pronto
me olvidas
no me busques,
que ya te habré olvidado.

Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida
y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.

Pero
si cada día,
cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.

Neruda (via marilachang)