Monthly Archives: October 2014

Día a día

Lo aprecio como él se deja. De lejitos.

Él sí me abraza, como y cuando quiere. Me dejo aunque no siempre estoy de humor para recibir sus caricias.Total, soy tan insignificante y él es tan glorioso.

¿Que si lo amo?

Sí. Él es vida.

Su calor en mi piel me recuerda que existo, me recuerda lo que soy y me transporta hacia otros sitios.

Cada mañana me invita a seguir luchando, aunque las sábanas me coman y se adhieran en mi cuerpo sin dejarme salir. Las ganas de vivir las recupero con solo verlo de reojo.

Es tanto, que es todo. 

Pero, como todo lo bueno, en exceso hace daño. Procuro protegerme ante sus agresiones. Aunque sí, siempre nos reconciliamos en la playa.

Allí se convierte en felicidad plena.

Quisiera pensar en un mundo sin él, pero no puedo.

No habría motor que impulsara la vida. 

No habra nunca luz que lo iguale. 

Soy solar, soy de fuego. 

Las armas que roban armas

“Sólo la violencia ayuda donde la violencia impera”
 Bertolt Brecht

Por: María Laura Chang

Basta conocer un poco a Caracas para prever el gentío que hay un jueves a las 6:30pm en  Plaza Venezuela. Allí están Alejandro y María, en la salida del metro que desemboca en la parada de autobuses que te llevan a Los Teques y San Antonio de los Altos.  Precisamente a San Antonio se dirige la muchacha. Eso si las decenas de personas lo permiten, si la buscan, si todo sale como lo planeó.

La noche ya cayó y el bululú invade desde el Metro hasta la calle y viceversa. No hay frescura, solo cuchicheos, gente, música pachangosa que proviene de algún buhonero de la cuadra y largas colas para regresar a casa. Los amigos deciden sentarse en uno de los muritos que dan hacia la acera para ver como las filas se acortan mientras esperan al padre de la muchacha. En conversación el tiempo pasa un poco más rápido para alivio de los dos. Desde su asiento perciben la espesa atmósfera del momento, el cansancio de todos y el suyo propio se alza sobre sus hombros y para distraerse conversan sobre los uniformados que están a su lado, echados en una mesa blanca de plástico.

-Ale, ¿qué hacen ellos aquí con esas armas? – le pregunta la joven a su amigo, que en ese momento no estaba al tanto del nuevo despliegue del Plan Patria Segura que incluye improvisados módulos en estaciones de metro y zonas aledañas. No puede responder, solo le comenta que con facilidad identifica que lo que llevaban encima son artefactos de guerra.

Estas armas largas despiertan la curiosidad de quienes no están acostumbrados a ver Guardias Nacionales Bolivarianos (GNB) en la calle. Los hombres, jóvenes, conversan entre ellos, tranquilos, a pesar de tener los uniformes verde oliva que los identifica como funcionarios públicos. No prestan demasiada atención a lo que ocurre a su alrededor. Minutos antes tal vez se entretuvieron pidiendo cédulas a menores con cara de malos o escribiendo mensajes de texto a sus enamoradas. Pero ahora, en definitiva, se ven las caras largas y se escuchan los cuentos de manera desinteresada. Sin embargo, pronto deberán espabilar. Tras tres detonaciones rápidas y seguidas, se desdibuja el panorama de paz.

María deja de hablar y Alejandro, alerta, la toma del brazo. Él no está seguro de que lo que sus oídos acababan de percibir son disparos pero al escuchar cinco más huye a toda velocidad. La única escapatoria que ven es la misma que el resto de  las personas, todos corren hacia dentro de la estación de metro. En el trayecto María escucha a una mujer que grita: “si bajan es peor, si corren es peor” y se molesta. Odia que en situaciones extremas siempre alguien salga con comentarios así, irresponsable y fuera de lugar. Lo comparte con su compañero mientras continúan su escape y saltan, como pueden, los escalones metálicos hasta llegar al suelo gris de abajo. Tierra firme. Se tranquilizan. Es como si el cartel negro que dice Gran Avenida Norte los protegiera de todo mal.

-Pero chamo, tengo que subir pronto. Mi papá ya viene por mí – suelta la joven al poco tiempo. Aún con la adrenalina nadando entre sus venas y al ver que no pasa nada más deciden ascender, no sin antes esperar sesenta estresantes segundos. No hay gritos, ni peleas, ambos concuerdan y suben. 

Efectivamente, retornan al sitio inicial y en seguida la joven se monta en el carro y se va. Alejandro queda solo viendo como todo vuelve a la normalidad. Ante sus ojos el pavor que la ráfaga de tiros produce en una muchedumbre se esfuma y le parece extraño que esto pase tan rápido. Ve cómo las filas de los autobuses se arman otra vez e incrédulo mira a la gente, que ahora hasta risas saca al comentar la situación. Realmente le incomoda, se pregunta si es normal lo que acaba de ocurrir, se pregunta si la gente ya se acostumbró a aquel sonido que sólo convoca a la muerte.

En cuestión de segundos voltea la mirada y se da cuenta de que las santamarías de los comerciantes informales cerraron. También ve la mesa blanca de plástico con sus sillas vacías y entiende que los GNB ya no están. Su cerebro procesa todo de forma acelerada. Escucha con atención varias conversaciones de gente sacando sus propias conclusiones. Asume, por algunas señas, que el hecho se produjo a una cuadra más allá, en la esquina bajando por el Hotel President. Pero no hay certeza de nada.

Antes de bajar para volver al metro, escucha una última versión. La que para él, incluso hoy, es la cierta: eran unos malandros que le querían robar las armas a los GNB. En los días sucesivos ni por prensa ni por televisión ninguno de los chicos supo más del tema. Alejandro no pudo ratificar la hipótesis que lo convenció pero cuenta el drama bastante seguro de que “por ahí van los tiros”.

Para octubre del 2014 alrededor de 100 efectivos policiales han perdido la vida en manos de la delincuencia desde enero. En la gran mayoría de los casos el motivo principal ha sido el de despojarlos de sus armas de reglamento, por lo que la historia de Alejandro encaja bastante bien con lo que la prensa de sucesos refleja.

En cada lobby de la estación de metro de  Plaza Venezuela un grupo de funcionarios intenta poner orden. Cayendo la noche de ese jueves dos de octubre, motorizados atacaron de sorpresa a un grupo de efectivos. La misión no se logró. Los tres primeros disparos, provenientes de los delincuentes fueron silenciados con cinco más por parte de la guardia. Los maliantes huyeron rápido, se fueron sin nada en las manos. Esta vez el final no fue rojo y las armas no lograron robar armas.

Isidro Pérez, el guardián de Los Jardines.

Por: María Laura Chang

Con cansancio, y cierto orgullo, Isidro Pérez dice: “Yo estaré aquí hasta que me boten y me digan váyase”. El señor lleva más de treinta años siendo parquero en uno de los restaurantes vegetarianos más famosos de la ciudad capital y, de La Florida, tiene mucho que contar

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El tono polifónico de un Sony Ericcson relativamente moderno suena desde el bolsillo trasero del pantalón desgastado que lleva puesto Isidro Pérez hoy. Contesta animado y suelta un buenas tardes apresurado. Lo llaman para ver qué hay de comer en el restaurant y responde: “Coliflor, papá, y sopa de vegetales. Pero apúrate que ya van a ser las dos”. Se guarda el celular y agradece los diez bolívares que un hombre le da en las manos. Es la propinita por cuidar el carro mientras almorzaba. Se despide del señor, al que identifica como “hermano”, para luego repetir una y otra vez las mismas acciones con decenas de clientes del vegetariano más antiguo de Caracas.

Treinta y tres años trabajando allí le han permitido formar parte de la comunidad de La Florida aunque no viva por la zona. De lunes a viernes de 11:00 a 2:00 estará frente a la reja negra del local, ubicado en la Calle Los Jardines de esa urbanización, saludando y vigilando los vehículos que momentáneamente se aparcarán sobre las aceras. Tanto tiempo en un mismo sitio le ha significado cierto reconocimiento por parte de los vecinos. O por lo menos eso piensa él y afirma: “hasta los mismos malandros robacarros lo conocen a uno”. Y cómo no agradecer eso, si las cifras de inseguridad, no solo en ese municipio sino en esa calle, son rojas y grandes.

Ante el hampa un hombre de un metro cincuenta y pico, delgado, parco, al que le adorna el rostro un bigote negro pasado de moda y que luce una cabellera del mismo color, poblada pero podada. No aparenta los 50 años que tiene. No hay canas, ni demasiadas arrugas. Eso sí, al caminar se evidencia que tiene la pierna izquierda chueca, malograda en un accidente en moto que le ocurrió en la juventud. Por eso anda lento, pero para contrarrestar, habla rápido. “Cuidao por ahí, cuidao por ahí” repite siempre porque, aunque no parezca, está todo el tiempo alerta.

En mayo de 1981 empezó en el restaurant.

–Me vine a picar cebolla– comenta sonriendo y cuenta que en ese momento también trabajaba en una fábrica de zapatos. No le gustaba ninguna de las dos labores pero por lo menos vivía cómodo y alimento no le faltaba. Años después, recuerda el hombre, hubo un problema con el parquero que le precedió. Los dueños del restaurante lo sorprendieron poniéndose de acuerdo con unos maleantes para robar los reproductores de los carros. Isidro asegura que la policía intervino en esa oportunidad y hasta se lo llevaron preso.

A raíz de eso el encargado le ofreció estar afuera y como a él no le gustaba cocinar, no lo dudo mucho. En definitiva allá estaría más cómodo, podría compartir con más gente.

–Aquí tenía la propinita. No era mucho pero ganaba tres veces más que en la fábrica – dice al respecto. Por eso dejó la zapatería y con la liquidación que le dieron se compró un terreno en La Vega, barrio popular capitalino, en el que construyó de a poco una casa “con todo”. Con mucho orgullo la recuerda, pero ya no vive allí. Dice que la delincuencia lo echó: “me mataron a dos hermanos y por más que sea a uno le importa vivir, así sea en otro lado”.

LA FLORIDA SIEMPRE HA SIDO LA FLORIDA

Antes de ser un restaurant, la casa servía como pensión para ancianos europeos. De hecho aún hay vestigios de aquellas épocas. Los muebles de madera, los pisos coloridos y las rejas complicadas dan al local un aire de antigüedad y también de “calor de hogar”. Ese mismo ambiente es el que encanta a sus clientes. Pero la zona es problemática. Eso expresan algunos y agradecen la presencia de Isidro, no les vayan a “echar una vaina”.

Para él, el problema de la inseguridad en La Florida viene desde hace muchos años. Muy cerca de allí está ubicado un módulo policial pero piensa que es como si no estuvieran. Cuenta que, sobre todo en los últimos cinco años, la situación ha empeorado y los policías poco han podido hacer.

Cerca de La Florida está ubicado el Barrio Chapellín y los vecinos de la zona presumen que de allí provienen los malandros que hacen de las suyas en la calle Los Jardines, la calle Negrín y la calle Los Jabillos, tres de las avenidas de la urbanización. Más recientemente elevaron varios complejos urbanísticos de la Gran Misión Vivienda Venezuela por la Avenida Libertador y muchos de los viejos habitantes de La Florida ven con recelo a sus nuevos vecinos.

Lo que ha hecho Isidro como respuesta automática es prestarle especial atención a los motorizados que en un pasado lucían inofensivos. Todo era más suave, asegura, nunca como ahora. Sin embargo, no pierde el ánimo: “¿qué se le va a hacer? Hay que seguir guerreando.”

Como parquero ha tenido suerte y éxito. Jamás han robado o malogrado un vehículo mientras era vigilado por él, cosa que le ha permitido continuar con su labor y llegar al reconocimiento.

–No te creas que es fácil. Yo me he ganado este puesto, aunque es difícil—dice hinchado. Este es su único ingreso y repite que le va bien con él. En una hora fácilmente le han dado 200 bolívares en propinas. Billetes desde 2 hasta 50 llegan a sus manos. ¿A cambio? Basta una sonrisa y un rápido: “buenas tardes, hermano.”

Isidro es un hombre sociable pero solitario. Su único hijo, al que visita en sus vacaciones decembrinas, vive en Oriente pero no habla mucho de él o de su familia. Un día se le escapó un recuerdo del abuelo: “Era un hombre fuerte, porque nosotros somos fuertes. A los 84 años casi no se le veían canas”. Él no lo sabe pero se está pareciendo mucho a un abuelo, suelta consejos cual viejo de 84. El último que fabricó fue el siguiente: “Si el esposo te salió dañado, te salió malo, bota esa mierda y ya está.”

–De seriedad, de seriedad—repite cuando se pone “serio”, porque esos dos temas le borran la sonrisa: la delincuencia y la familia. Como es de esperarse se sabe mil cuentos de los hechos delictivos que ocurren en Los Jardines. Hace pocos días un ladrón quedo atrapado en un edificio y con detalle Isidro recuerda cómo la mujer que se salvó del malandro lo golpeaba con la cartera y le decía: “sigue robando sinvergüenza”

Pero él no corrió con la misma suerte: “el otro día me pegaron contra ese portón pa´ quitarme una sortija que tenía como 30 años conmigo”. Con pesar asegura que era temprano en la mañana, estaba abriendo la reja y se sentó a descansar. De repente vinieron dos chamos en una moto, lo presionaron contra el portón y le arrebataron la joya y la cartera con 700 bolívares.

–Uno no nació para esto. Es demasiado mal—reflexiona ante la situación: “pero quieto es quieto y hay que darles.”