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La minicenicienta caraqueña

Para cruzar la Avenida Libertador a la altura de la Calle Negrín el caminante debe armarse de paciencia y de valor. Sea de bajada o de subida, los semáforos peatonales nunca coinciden. Aunque pensándolo bien, no es que importe demasiado. A veces parece que en Caracas son solo un adorno colorido.

Ese lunes el aire contaminado y caliente de la tarde se adhería al cuerpo de Wilmer que cruzaba las vías junto a su pequeña hija. Finalizada la tarea y con ansias de llegar al boulevard una especie de aullido le informó que no podían continuar. Era la niña con ojos llorosos retando su paciencia.

Enfurecido, el padre transitó por las mismas rayas que acababa de ensuciar y cuando llegó al otro extremo, justo al borde de la acera, lo aguardaba la cholita talla 20 de Carmen del Valle. La tomó de mala gana y cuando alzó su mirada se dispuso a cruzar al ver que el semáforo de peatones brillaba en verde y números descendían.

Pero claro que estamos en Caracas y eso poco importa. Un taxi, de esos que llamaban patas blancas, por poco, muy poco, lo atropella. Pero no le tocaba. La conciencia de Carmencita pudo respirar al escuchar las palabrotas que salían de la boca de su padre…

-¿No ves el semáforo?

Y no, no se ve. No lo ve nadie.

La niña lo recibió con los ojos cerrados, muy cerrados, el cuerpo encogido y las manos tapando sus orejitas. Esperaba, así, el manotazo que no llegaba. Esos segundos angustiosos concluyeron con el golpe de la sandalia contra el concreto. Su padre iracundo la obligó a ponérsela de nuevo.

Aún así la chiquilla temía. Obediente buscó la cholita y se la colocó con delicadeza y paciencia. En cuanto pudo volvió a su postura original: manos en orejas, pecho encogido, ojos cerrados. Seguramente algo había aprendido en sus cinco años de vida, si no lo veo y no lo escucho, no pasó. Además, a nadie le gusta recibir reproches y en dado caso que recibiera un coñazo era mejor estar preparada.

El medidor de paciencia de Wilmer estaba a punto de estallar. Tomó a la niña por uno de sus antebrazos y la obligó a espabilar. La bajada a Sabana Grande estaría llena de regaños, groserías y gestos desagradables. En la vía contraria una monja regordeta que llevaba a dos pequeños con rasgos aborígenes de la mano y que había sido testigo silente de la situación, sonreía trinunfante, Carmen se iba sin un moretón a casa.