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Ricardo y su escurridiza libertad

por: María Laura Chang

Ricardo toca de forma delicada las marcas que las esposas dejaron en sus muñecas. Suspira mientras recuerda aquel fatídico día en el le fue arrebatado aquello que más aprecia: la libertad. Este joven actor, al que todos sus conocidos califican de pacifista, lamentablemente no midió hasta que punto asomar su nariz significaba amenazar su propio pellejo. Su sonrisa, desde la noche del 14 de febrero de 2014, cambió. Ese día fue uno de los detenidos por la Guardia Nacional Bolivariana durante las protestas en Altamira.

La tarde de ese viernes Ricardo había escuchado el rumor de que colectivos motorizados se acercaban a Altamira por la autopista. Tras conocer la suspensión de la función de teatro en la cual participaba en la noche, decidió ir a confirmar esa información. Dejó sus pertenencias en el apartamento de su novia ubicado en las adyacencias de la Plaza Francia. Allí, protestantes y uniformados se enfrentaban desde hacía unas horas. Caminó con cédula y celular en el bolsillo a la Avenida Luis Roche y a la altura del Banco del Libro vio el piquete de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) con varios efectivos enfilados y una ballena.

Pidió permiso a los uniformados para pasar hacia la autopista y uno de ellos se lo concedió. Segundos después, ya del lado de los militares, escuchó el sonido de varias motos. Volteó y se dio cuenta de que los hombres de verde que estaban sobre ellas le gritaban: “¡Al piso!, ¡al piso!”

– Tranquilo, no estoy haciendo nada. No estoy en las protestas– le dijo al guardia que se le acercó. Pero éste solo le ordenó colocar sus manos atrás y luego ató sus muñecas con las esposas metálicas.

Desde ese momento, aún sin estar consciente de ello, Ricardo entró en una lista oscura, una lista que apenas se estaba levantando y que ahora cuenta con más de mil partícipes. Es la cuenta de los detenidos en protesta que ha llevado diligentemente la organización Foro Penal desde el seis de febrero del presente año. Para el treintiuno de marzo contabilizaron 2030 detenciones en todo el territorio nacional, de los cuales 558 ocurrieron dentro de la región capital.  

 –Tú eres de los guarimberos que les gusta quemar policías. ¡Hay que caerle a coñazos a todos ustedes para que se les quite la vaina!– escuchó decir a los militares mientras lo llevaban a un sitio más resguardado. Ya frente al encargado de aquél pelotón, Ricardo se percató de la actitud desganada que tenía el mandamás.

–¿Qué estás haciendo tú aquí? – Le preguntó el militar al tiempo que lo veía de reojo. El joven, escondiendo su miedo y con paciencia, le contestó que estaba investigando para hacer un reportaje sobre la situación del país y le reafirmó que no era parte de la protesta.

–Bueno, córtale un dedo nada más para que sepa cómo son las cosas aquí—ordenó el gruñón a uno de sus pupilos. Horrorizado, Ricardo empezó a persuadir al hombre para que no lo hiciera.

Pero éste ni se inmutó, sacó la navaja y la peló frente a él. Le acercó el arma a las manos y, para protegerse, Ricardo se empezó a mover. Luchó con las esposas para no dejarse tocar, pero la fuerza del guardia que lo sujetaba logró aquietarlo. Entonces decidió enfrentarlo: “Hermano, no me vas a cortar ningún dedo porque yo no hice nada”. Tras ver la reacción del agresor, continuó: “Esto no tiene sentido”. Por suerte o por convicción estas palabras funcionaron para que el hombre guardase el arma y de nuevo empezaron a preguntarle lo qué hacía allí.

A Ricardo se le ocurrió que ellos podían hablar con el productor de la obra teatral en la que participaba para que éste diera fe de que realmente trabajaba por la zona y aclarado el asunto lo dejaran ir. El encargado mandó a uno de los uniformados a llamar a Eduardo el productor y luego se alejó, dejando a los muchachos solos. Uno de los guardias tomó el celular del joven y empezó a jugar con él. Al poco tiempo, ansioso y molesto el actor le recordó la orden que le había dejado su superior.

Si va chamo- le respondió el militar sin prestarle atención, logrando así agotar la paciencia del detenido. El miedo empezó a colarse en Ricardo mientras veía cómo su única opción para salir se escapaba en las manos del inepto. El hombre no parecía tener ganas de sacarlo de esa situación lo que generó insistencias por parte del muchacho.

-Llévatelo pallá, pa´ que deje la ladilla- refunfuñó el guardia y acto seguido lo empezaron a trasladar para aislarlo. En el camino, Ricardo buscó al que había dado la orden de llamar a su jefe minutos antes. Cuando lo vio lo llamó a gritos pero éste lo ignoró. Entonces el joven siguió insistiendo, buscando su atención en voz alta mientras lo empujaban. Como respuesta, recibió la mirada del capitán cargada de significado. El intercambio visual duró un instante, tiempo suficiente para que Ricardo entendiera que estaba jodido, que no había esperanza.

La compañía

“Cuando te agarran te culpan de cualquier cosa. Te dicen que te vieron lanzándole piedras a una ballena y cosas así” Fueron las palabras que usó Alberto, el segundo detenido de la noche, mientras explicaba su situación. Al parecer, él estaba trabajando en la Torre Británica y mientras buscaba los lentes que se le habían caído en el bululú un guardia lo atrapó. Ambos jóvenes, que no se conocían de nada, intercambiaron sus experiencias ya que los esposaron el uno con el otro. Poco tiempo después llegó Carlos, el tercero y último del grupo, que además tiene Síndrome de Asperger.

Ricardo, a pesar de todo, tuvo la suerte de no ser herido por las fuerzas de seguridad. En cambio, escuchó los cuentos de Alberto, que sí recibió leñazos en las costillas, golpes con el rolo en las rodillas durante su traslado y de Carlos que sufrió un fuerte golpe en la cabeza al momento de ser detenido. Ninguno escapó del maltrato psicológico y verbal. Amenazas serias y “super intransigentes” los afectaron emocionalmente durante toda la pesadilla. 

Como ellos, muchos jóvenes han denunciado excesos al momento de ser detenidos y durante su proceso judicial. El Foro Penal ha registrado 59 denuncias formales hasta ahora, sobre presuntas torturas por parte de los cuerpos de seguridad en los últimos meses. Inclusive la Fiscal General Luisa Ortega Díaz admitió que “en el tema de la violación a los derechos humanos, sí ha habido excesos policiales” y aseguró que desde el Ministerio Público se están tomando cartas en el asunto. Ortega además afirmó que desde el inicio de las protestas han sido apresados 15 funcionarios sospechosos de abusos y destacó que “una de las grandes mentiras es que el Estado venezolano es violador de los derechos humanos".

Pero los muchachos estaban ahí, con gran incertidumbre, sin saber realmente en qué iba acabar aquello. De Altamira fueron a La Carlota los tres por separado y luego a Fuerte Tiuna a eso de las once de la noche. Al llegar los dejaron tirados como paquetes, sin indicación alguna.

–Dígale al de los registros que aquí están estos chamos que estaban protestando en Altamira – fue todo lo que alcanzó a decir el capitán que los llevó hasta allá y que poco tiempo después regresó a Altamira. Esperaron a que apareciera quien le pudiera realizar las actas policiales pero mientras tanto los efectivos, fortalecidos por los muros de Fuerte Tiuna, intensificaron los insultos y amenazas: “Esos son los que les gusta quemar patrullas” “Hay que enseñarles cómo comportarse”.

En constante asecho, las burlas y juegos psicológicos plagaron cada instante en el Fuerte.
-¿Ya le hicieron la ficha a este? Porque a ese yo lo vi pegándole a uno de los policías. Guarden su dirección, tómenle una foto y guárdenla por ahí que si lo volvemos a agarrar nos vamos para su casa y le enseñamos a su familia cómo tienen que ser las cosas. – lanzó uno directo a Ricardo que temió por sus allegados más que por él mismo. El miedo, ya traspasaba las paredes e iba recordándole lo vulnerable que era frente a ese poderío armado. No era solo estar ahí, era el después. Sin embargo, no se desplomó. Callado recibió amenazas sin demostrar minusvalía o debilidad, aunque por dentro sus demonios los devoraban.

Y es que ninguno de los detenidos respondía las burlas. Era inútil. Eran muchos, intransigentes, violentos y tercos. Entre los muchachos se daban valor. En pleno amedrentamiento apareció una de esas personas que, en palabras de Ricardo, uno cree que ya no existen, de esas que hacen su trabajo de manera correcta: el Capitán Loyo, quien era el encargado de realizar las actas. Durante todo el proceso se mantuvo correcto en el trato, les brindó la ayuda necesaria y estuvo muy pendiente de ellos, interesado en lo que decían y atento a lo que pudieran solicitar.

Pero, en definitiva, Loyo era la excepción a lo que parecía la regla. El hostigamiento era tal que de madrugada, sin haber dormido, los muchachos fueron ruleteados en principio por al CICPC de Parque Carabobo, luego al Saime y finalmente al CICIP de Bello Monte donde posteriormente les harían los exámenes médicos. Volvieron a Fuerte Tiuna y comieron, por fin, una arepa con caraotas ya de día. Luego de descansar un poco, como a las once de la mañana el doctor los atendió en Bello Monte y después fueron a los Tribunales en el Palacio de Justicia.

Estaban allí esperanzados de acabar con toda la tensión. Esperaron horas y horas en un calabozo junto a otros detenidos y a las dos de la tarde, por primera vez desde el momento de su detención pudieron hablar con familiares. –Todo está bien, estoy bien- fue lo primero que dijo Ricardo. Este intercambio de palabras, llenó al joven de ánimo y fortaleza para seguir enfrentando lo que tenía encima. Ese día no fueron procesados, por lo que a las 5:30pm volvieron a Fuerte Tiuna. Esta vez uno de los más gruñones, el Capitán Guerrero, obligó a los muchachos permanecer con las esposas inclusive para dormir, comer e ir al baño. El desprecio de aquel hombre no lo olvida Ricardo tan fácilmente.

Sin embargo, el resto de los uniformados estuvieron más calmados. Las bromas fueron menos hirientes y el ambiente más relajado. El futuro parecía alentador, una vez que hablaron con los abogados se veían fuera de las rejas muy pronto. Tarde en la noche, les permitieron volver a llamar a familiares para informarles que no pudieron ser procesados pero que el día siguiente, si todo salía bien, sí lo harían.

El domingo 16 llegaron temprano al Tribunal. Subieron a esperar junto a los demás detenidos y se encontraron con un ambiente agitado. Un solo fiscal trabajaba ese día y a las 4:00pm fueron a juicio. Los tres jóvenes, a pesar de haber sido detenidos en circunstancias distintas y muy separados, fueron procesados juntos. Y rápidamente tras poco tiempo de discusión, el juez declaró la sentencia de libertad con medida cautelar de régimen de presentación cada mes durante ocho meses. Según les fue explicado, durante ese tiempo seguirán las investigaciones para ver si son terroristas o partícipes del problema, pero en la consciencia de los muchachos está la verdad. 

El abrazo con sus familiares y amigos sirvió de impulso para sanar las heridas internas que esta experiencia dejó en Ricardo. Él está consciente de las faltas al debido proceso que hubo en su caso, razón por la cual se ve muy pesimista a la hora de hablar sobre una posible reestructuración del sistema judicial del país. Está podrido, parece decir, y muy pocos capitanes Loyo restan en él. A pesar de este susto, el actor sigue yendo a las protestas pacíficas que surgen en rechazo al gobierno actual. Meses después ha recuperado la sonrisa, sin embargo, ahora va aderezada de este sin sabor que ha sido.

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