Monthly Archives: May 2013

La fugitiva- Natalia Lafourcade

Un juramento que fue promesa fugitiva,
una mirada que fue mentira.
Un panorama que fue como una pincelada
que dio a la tarde transparencia organdí.

Jugo de rosas que Dios regó por tus caminos,
labios divinos, que yo besé.
Sólo quedó de la tarde de tu juramento
la fugitiva sensación de un beso que no ha de volver.

La fugitiva sensación
de un beso largo que huye,
la fugitiva sensación
de un beso largo que se me escapó:

Jugo de rosas que Dios regó por tus caminos,
labios divinos que yo besé.

La fugitiva sensación
de un beso largo que huye,
la fugitiva sensación
de un beso largo que se me escapó.

La China hecha bambú

Por: María Laura Chang

A Manuel le decían “El chino” o simplemente por su apellido: Chang. Su nexo con la China no era muy claro. Su padre era cantonés y por ende él a veces cocinaba comida típica de esos horizontes, algo venezolanizada, siempre con ingredientes del mercadito del Club Chino de Bello Campo. Como admirador del arte, apreciaba la porcelana asiática con temáticas orientales y colores vivos. Flores y figuras de mujeres coquetas, típicamente chinas, adornan algunas porcelanas que aún se muestran en la casa. Sin embargo, la manera que él consiguió para rescatar sus raíces fue la pintura; a través de su propia pintura. Sus obras son ahora el reflejo de un artista que tenía por seudónimo “El chino”.

En la casa hay cinco cuadros de su autoría. No fueron los únicos.  Hizo varios, decenas, de todos los tamaños y colores. Todos ellos los realizó con una misma técnica. No son coloridos, ni tienen flores, tampoco mujeres emperifollándose, pero al verlos es muy probable que la mente del observador viaje a China. El protagonista en la tela es el bambú. Hojas, ramas y tallos se entremezclan y se superponen unos con otros de tal forma que el rectángulo no tiene ni principio ni fin. Es un viaje.

La técnica consiste en una base de pintura sobre tela. El color se remueve con borra de lápiz, e incluso con los dedos, de tal forma que las figuras van siendo esclarecidas. Podría resumirse en un juego de luces y sombras. El único color que se usa es el de la base, que en distintas intensidades va abriéndole paso a la vegetación que allí se representa. Con destreza Manuel debía utilizar su habilidad para culminar antes de que la pintura secara. Lo hacía con rapidez.

-A él le fue fácil aprender a utilizar la técnica porque era chino – sentencia María Laura, quien fue su esposa. Cuenta, además, que no era demasiado exigente. Podía pintar en cualquier sitio, con cualquier material. Agrega que las ideas de algunas obras surgían en conjunto. Ella le recomendaba que utilizara más de un color, por ejemplo, y él iba obediente a culminar la pieza en un dos por tres.

Los cuatro cuadros que están ahora en la sala representan, según María Laura, las estaciones. Los consiguió en un depósito hace algunos años. Estaban unidos haciendo un gran rectángulo de cuatro partes pero ella decidió ponerle marcos a cada uno y separarlos. Esto implicó mayor flexibilidad y rotarlos por todas las paredes de la casa si así lo prefería. La mayoría del tiempo están sobre el sofá principal recibiendo esporádicas visitas. Han obtenido halagos, también han sido ignorados.

Los cuatro se realzan unos con otros. El verano, podría ser el naranja ya que es el más luminoso. Parece que se percibiera luego de un encandilamiento y no se logra detallar cada pincelada (¿borrada?). Es de suponer, que el otoño es el que combina naranja y verde, permanece más luminoso que los dos restantes pero tiene bien marcado los límites y sus respectivas sombras. El verde más oscuro, casi negro, debe ser el invierno. Tan sombrío como la quietud del frío digno de esa estación que se refleja en un tono muy profundo. Y por último la primavera, que es un verde más alegre, juguetón y casi soleado.

El otro cuadro está en el cuarto de su hija. – Él escogió el color, lo pintó, decidió colocarle esa cañuela y lo guindó en su habitación– cuenta la madre. Es de un rosado pálido, muy acorde a una niña pequeña. Es muy luminoso, tanto como el verano, por eso ella lo colocó en la pared que da justo hacia la ventana a recibir sol cada mañana.  

En respuesta a la pregunta que si era arte, técnica o decoración, María Laura asegura que esos cuadros son una mezcla tríadica. Por la manera en cómo los hacía, lo que evocan y lo hermosos que resultan no podría dejar cualquiera de estos detalles por fuera. “El arte te pide la vida y él no se la quiso entregar” dice pensando en por qué “El chino” no tuvo una carrera como pintor. Él había visto cómo en el mundo artístico pintores se entregaban por completo a un oficio que no tiene nada sencillo, que te exige la perenne permanencia durante toda tu existencia y en definitiva él tenía otras inquietudes. Ella presume que tenía miedo a perder su vida para otorgársela al arte.

Lo que sí es considerable es el lazo que une su obra con la cultura china. No es evidente, no se sobreentiende que un chino los fabricó, pero sí que evocan a la milenaria nación sin necesidad de presentar sus más característicos distintivos. Tal vez Manuel no manifestó durante toda su vida sus inclinaciones pictóricas, sin embargo, allí quedaron sus obras, reposando sobre las paredes, rememorando sus raíces, adornando las habitaciones y dejando una huella artística imborrable en la vida de quienes lo quisieron.

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