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Porque ya ni Caracas es Caracas, es un pueblo de 3 millones

“En este mundo no existen las coincidencias, sólo lo inevitable” Anónimo.

En los largos minutos que debía invertir para pensar una solución al problema técnico que produjo el no grabar a un entrevistado, mi mente prefirió dar un viaje por el tiempo. Recordé, paso a paso, lo que me llevó a la casa de ese hombre y el momento en el que, lamentablemente, le di dos veces click a la bolita del Blackberry y no grabé. Pero lo interesante de la situación no es el hecho de dañar mi trabajo, ni haber ido a esa casa, ni tampoco la desgracia que todo implica, sino el recuento de las mil y una coincidencias que se transformaron en esta experiencia.

Hace semanas asistí a la inauguración de Astrospheres, una exposición de un pintor mexicano en Las Mercedes. La razón real se la debo a la necesidad de cubrir una pauta para una reseña de Periodismo 1. Me llevé gran sorpresa al encontrarme a numerosos compañeros de clase en el sitio. A fue uno de ellos. Estuvimos varios minutos viendo las obras y hablando con el pintor, cuando se me ocurrió que el tema de mi proyecto final de fotografía sería un artista. Ésta no era mala idea. De mi padre heredé, en mucha menor medida, el interés por las obras artísticas y todo el movimiento cultural que eso conlleva, por eso ya esa posibilidad había invadido mi mente desde antes. Eso sí, no tan fuerte como en ese momento.

A comentó sobre un artista que conocía desde hace tiempo. Un hombre al que le decían Ave y vivía cerca de su casa. Entonces (aclaro para el que no me conoce, tengo una personalidad espontánea y locuaz), como era de esperarse, comenté mi plan y le pregunté si era posible contactarlo. La verdad es que días antes mi madre había negado su ayuda para conseguir a un pintor. Aunque ella conoce a varios, decía que yo debía abrirme mi propio camino en el medio. Pero A, muy amablemente, me ayudó y logré comunicarme con la esposa de Ave. 

Un poco antes de esto, en algún lugar de mi escuela de Comunicación Social, hablaban sobre una novela que llamaremos No es tiempo de flores moradas. A, junto con otras amigas, veían un interesante seminario sobre literatura venezolana y N, una de ellas, me había comentado sobre esa obra en especial. Me llamó tanto la atención que se la pedí. Ella me la prestó y en dos semanas la terminé. A pesar de detestar al personaje principal, logré viajar a través de la historia y ubicarme en la época que allí se ilustra. La portada de la novela era una figura muy peculiar, un hombre con cabeza de flor. Estuve varios minutos viéndola tras finalizar la última página y dormí con la frase culminante envuelta al dibujo del hombre con cabeza de flor que en ese momento reposaba en mi mesita de noche.

Para atender, nuevamente, a un llamado de Periodismo 1 decidí asistir al seminario de mis compañeras un martes random. Una escritora iría y me pareció válido reseñarlo. Al llegar, A y N estaban allí. Yo me senté sola en otra fila y aprecié, como observadora que era, la discusión que la muy polémica mujer dirigió durante toda la mañana. Recuerdo con gracia la disputa que nació tras un comentario de N sobre el feminismo, tema que ha invadido gran parte de mis intereses y que desarrollé en mi proyecto de bachillerato. La autora explicó y ejemplificó con  No es tiempo de flores moradas y con su propia novela la inquietud de N. Honestamente creo que N no entendió el punto de la escritora, o tal vez fui yo la que no entendí la inquietud de N. En fin, estuve siempre callada. Recordemos que era observadora. 

Entonces había llegado el día. Me tocaba ir donde Ave a entrevistarlo y preparar mi proyecto de fotografía. Al llegar todo fue de maravilla. Su esposa, un encanto de mujer, me hizo sentir en casa. Empecé a preguntar, pero dos veces le di a la bolita del Blackberry ¿se acuerdan? y por lo tanto no grabé la primera parte de la entrevista (esto lo supe después, obviamente). Tomé muchísimas fotos y al finalizar la señora decidió mostrarme un catálogo que estaba en la mesa de la sala. Cuadro por cuadro comentó su ubicación y su actual dueño. Por cierto, uno de esos dueños tenía el apellido de una persona a la que estimo mucho y que casualmente hoy había llamado.

Pero el momento cumbre de mi relato es este. En ese catálogo estaba la obra del hombre con cabeza de flor. La misma que yace en la portada de la novela que les comenté. Esa que me prestó N. N vio el relato en al seminario que asiste junto a A. A me dio el número de la esposa de Ave. La esposa de Ave me explicaba el paradero del cuadro del hombre vegetal. Otro cuadro del catálogo de Ave era propiedad de la familia del joven a quien llamé. No quiero agrandar mi cuento con más coincidencias de las que ya expuse. Seguramente, si mi memoria no fallara tanto como lo hace, podría ensanchar este post que ha llegado a su final.

PD: Se reservó el nombre de todos los protagonistas de mi relato por una caprichosa decisión de Marilá.