Una noche cualquiera

La luz artificial sale de los locales y restaurantes para invitar a los seres nocturnos a entrar. Arriba hay nubes oscuras, una luna menguante, algunas estrellas y aquí abajo un gélido viento obliga a abrigarse muy bien. De entre las cosas que llevo en el bolso, saco el celular que vibra insistente. No es importante, pero quiero responder. Pienso que a esta hora es bueno tomar precaución así que me detengo frente al local, observo a cada lado, me arrincono debajo del techo falso y escribo. Mientras escribo escucho e identifico: es mi acento, muchas veces, repetido entre los transeúntes y en aquel grupo que entre humo de cigarrillo y cervezas comparte anécdotas. Sonrío y continúo en el Messenger. Respiro y siento la nariz entumecida ¿Será mejor entrar? Sigo escribiendo y pienso en dar dos pasos hasta la puerta pero no me atrevo a pasar. Inmóvil en mi esquina, levanto la mirada despreocupada y detallo a las dos chicas que esperan el colectivo en la parada. Se toman de la mano, se besan con ternura. Vuelvo al chat y ya se extingue la conversa. Veo a un porteño caminar y maldecir en voz alta. Me mira como si yo entendiera de qué va el problema, como si hablara conmigo pero ya sé que en realidad no es así. Es un impulso nervioso y automático, su manera de drenar.

—Tres cosas, cien pesos-  le escucho decir indignado, sostiene su mirada enlazada a la mía, alza la bolsa amarilla y repite esta vez con un grito– CIEN PESOS.

Pienso que tiene razón, que tres cosas en el chino siempre cuestan cien pesos. Pero no me detengo a responderle, ni siquiera asiento. Lo que pasa es que aún no le agarro el ritmo a la oralidad de los argentinos. Todavía me sorprendo cuando me toca escucharlos maldecir a viva voz y en plena calle; cuando los veo resolver dilemas consigo mismos a lo largo de una acera. Algo evita que reaccione y siempre los dejo ser, procuro la invisibilidad.

Lo veo alejarse con sus gestos aparatosos y sus palabras que ya dejé de escuchar. Vuelvo a mi celular que no tiene nuevas notificaciones y me percato de que las chicas se fueron y los muchachos siguen echando cuentos. En ese momento pasa un jovencito perdido y alguien del grupo le indica la dirección. Me pregunto si ellos – no logro recordar si eran tres o eran cuatro- tendrán frío. Como yo me congelo, entro al bar. Una suave música electrónica acompasa mis pasos. Las luces multicolores me marean y llego hasta una mesa bastante alejada del ruido. Me siento con una cerveza en una mano y el celular en la otra. Vino no, por favor. Dudo si quitarme o no el abrigo y sonrío. Siempre sonrío ¿Por qué sonrío?

Empezamos a hablar, somos tres desconocidos. En la mirada melancólica del más viejo logro ver tranquilidad. Habla de los hermosos paisajes que le evoca la palabra Venezuela, que acaba de salir de mi boca. Algunos de ellos ni siquiera yo los he visto y me molesta. Nunca he ido a Los Roques, ni tampoco a Canaima; no he visto los médanos de Coro ni el Pico Bolívar. Este poeta se paseó por lo mejor de mi tierra y yo me lamento internamente por no poder tener sus imágenes en mi mente. Callo sonriente. El otro de la mesa cuenta entonces sus experiencias viviendo con un paisano: “El chabón trabaja un montón, seis días a la semana, es bárbaro y muy buena onda”.

Algo parecido al orgullo me hincha el corazón delicadamente. ¡Qué lindo que hablan de un chabón venezolano, qué lindo que hablan de mi país, che! Más adelante les digo que aún no me acostumbro a las caras serias de los porteños. Me ven interesados, mientras esperamos que empiece el recital.

De la poesía que narra la autora solo recuerdo la palabra subcielo ¿ cómo será el subsuelo del cielo?  ¿O la tierra es el subcielo y más abajo está el infierno?

Al porteño viejo que se llama Alejandro no le gusta el recital y se marcha. Antes, me había escrito en una hoja carta una invitación para hablar de libertad. Quizá le haya preocupado mi tono antidictatorial, quizá piense que tiene cosas que enseñarme. Me agradece por mi sonrisa y eso me desencadena una sonrisa automática. Descarto, de cualquier forma, volverlo a ver.

El resto de la noche lo paso charlando con mis conocidos del grupo. Escucho atenta sus narraciones y después las devoluciones de los demás. Hay debates sobre la poesía y la narrativa; hay debates por los adverbios y los espacios. Hay debates y debates, pero también lecturas tan sentidas que recuerdo la razón que me hace asistir par de veces al mes a escuchar la argentinidad desde sus voces.

Antes de que acabe todo me despido porque quiero irme a pie a la casa y aún le tengo miedo a la noche. El frío es aterrador también, pero estoy cerca. Salgo con mis repetidas prendas bien colocadas, camino una cuadra, dos cuadras. A la tercera viene a mí la idea de escribir esta noche. A los tres días lo imprimo en este documento de Word y lo estampo en este blog.

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Viernes de otoño

Tengo la costumbre de escribir cuando estoy estresada o cuando tengo mucho trabajo. Tecleo sobre cualquier cosa, antes de escribir lo que tengo que escribir, con la esperanza de que cuando regrese al texto a mediohacer sigan aflorando las palabras, que brotan a veces y otras veces se trancan.

Esta mañana me desperté con la boca abierta. Me entraba el frío, no tan frío, de los primeros días otoñales de Buenos Aires y mi garganta seca me dijo que era de día. No solo era de día, era un día más de la nueva rutina porteña que empieza cuando me levanto del colchón y bebo un café –ni tan sabroso ni tan caliente- en una taza verde de plástico.

Me gusta que desde mi nueva casa, el sol solo se cuela en las mañanas. Es decir, esa horrible escena de despertar con un rayo de luz inmaculado, incrustado en la pupila, no la veré más por un buen tiempo. Lo dice alguien que disfruta el sueño y disfruta soñar. Todos sabemos que no es lo mismo.

Pero volvamos al día en el que escribí esto. Este viernes, que es frío solo para los cuerpos caribeños que nos acostumbramos al clima ajeno a los golpes. Este viernes en el que, de nuevo, entraré a la computadora a escribir cualquier texto pendiente, me ahogaré en búsquedas laborales, me distraeré viendo las vidas ajenas en redes sociales, me entristeceré cuando llegue al correo y no encuentre ninguna respuesta. O no encuentre esa respuesta.

Es probable que en un momento empiecen a llegar mensajes. Un newsletter, el banco: venezolano, español o argentino, LinkedIn, Google -en cualquiera de sus vertientes-, búmeran, Computrabajo, notas de prensa que ya ni leo. Si tengo mucha suerte hoy, quizá algún empleador se anime a escribir para invitarme a una entrevista de trabajo. Si es un gran día, algún editor lo haga para aprobarme un texto, mandarme una pauta o decirme: “te publicamos”.

Pero hoy, hoy no quiero eso.  Este viernes medio frío, en el que en vez de escribir lo que debo, desenredo lo que pienso en una hoja en blanco, aguardo por una respuesta que no va a llegar.

Me gusta que cuando escribo sin presión las letras parecen fluir más tranquilas. Fluyen y me dejan una sensación de alivio y decir que no habrá respuesta no duele tanto. O quizá este texto sea más terapéutico que otra cosa. Lo cierto es que aún cuando a veces creo que desperdicio mi tiempo sobrepensando mis experiencias, de ellas resultan lo que soy: no está mal.

La espera de ese correo solo me reafirma que hice bien, que hicimos bien. No vale la pena pensar en ello. En lo que no será. En la respuesta que el pasado debería darme. Estoy en el futuro: un nuevo país, una nueva vida, una nueva casa, una nueva ruina. Una nueva rutina.

Lo que pensé que sería se esfumó hasta extinguirse. Se murió lentamente o quizá se muere lentamente, en presente. Lo que pensé que sería, me hizo quien soy: no está mal.

Mañana, cuando abra la laptop para revisar el correo y vea que sigue en blanco. Que donde debe aparecer (2) a penas y sale mi nombre solo quiero volver a pensar “está bien”.

Siete golpes de odio

A un costado, sobre la piel que cubre mis costillas y en tinta negra, está tatuada la silueta rellena de un siete. Me lo hice hace algunos años, con la firme intención de evocar una escena emotiva cada vez que lo viera allí. Recuerdo que, cuando la máquina empezó a sonar y tan pronto la aguja tocó mi cuerpo venteañero, yo ya no aguantaba más. El ardor era tan grande que se me hacía insoportable. Y eso que apenas comenzábamos… En vez de parar – hubiese sido lo lógico- decidí continuar y además me exigí no gritar ni llorar. El tipo, que supongo ya había lidiado con llorones, continuó perforando mi epidermis durante unos quince minutos. Yo solo soplaba, suponiendo que esto me aliviaba, y daba griticos de gata. Cuando finalizó el trazo, respiré y después sonreí embobada. Ese tatuaje tenía un gran significado para mí y se me veía hermoso. Aún discuto si valió la pena la tortura y estoy segura de que más nunca una máquina de tatuajes tocará mis costillas, pero, salir esa experiencia me demostró que aguanto mucho más dolor del que creo resistir.

Este domingo, en mis manos y brazos, había siete marcas. Todas eran producto de golpes de odio y de desespero. Heridas superficiales que no se comparan con lo que mi alma sintió luego de que le arrebataran el único bien material por el que ella se ha preocupado en su vida. Quizá exagero, pero aún hoy, luego de 32 horas de calma, considero que mi computador era el único objeto por el que yo hubiese reaccionado como lo hice.

El mango de un cuchillo de acero o hierro recubierto de madera, es fuerte. Al menos siete veces impactó en mis manos con la fuerza de la adrenalina. “Vamos a matar a tu amiga”, escuchaba al fondo. Tenía yo que soltar el asa a la que me aferré enajenada, para que los golpes pararan y no lo haría.

¿Y por qué no lo haría? Porque no iba a permitir que se fuera mi vida tan fácil. Porque hace semanas cuando le dije a Daniel, vamos a hacer un respaldo, lo único que hacía era pensar que en esa laptop cargaba recuerdos de mi vida, pero también textos sentidos e inéditos, memorias buenas y malas. Allí, y con la micro SD del celular, se fueron una juventud de escritura, una vida de fotografías, una hemeroteca entera a la que volvía una y otra vez cada día. Allí, mis investigaciones periodísticas se gestaron de a poquito. Tenía las grabaciones, los videos, las entrevistas tipeadas con flojera y leídas con avidez. Un desorden de documentos que solo mi cerebro era capaz de entender porque, al final, la compu era una prolongación de él. Tenía mis trabajos de la universidad, todo lo referente a mi tesis de grado y lo nuevo, resúmenes de la maestría.

Hace unos días, impulsada por el despecho y por el exilio, me atreví a escribir en una de estas páginas blancas mis primeros poemas. Eran tan sentidos y bellos… lo digo con la modestia de una principiante. Los releí tantas veces, pero me frené a enviarlos a una poeta que me ayudaría a darles forma porque quizá le hacía falta un nuevo adverbio a un verso, o cambiar un calificativo a otro. También había cuentos y relatos incompletos, novelas que en algún momento esperaba continuar…

Cuando muevo el cuello a la izquierda siento un tirón y me pregunto si la maldad habrá llegado hasta esa parte de mi cuerpo. Cuando vi saltar la computadora del bolso, que se había ya pegado a mis manos, lo único que pude hacer fue llorar. Vi los atléticos cuerpos de los maleantes correr hacia la inmensidad de un parque porteño y lloré a todo pulmón, pensando que mi vida se había fracturado y estaba en estado de gravedad. Quien me acompañaba me abrazó largo, me abrazó bonito, pero yo ya no entendía nada. Yo, ya no sentía nada.

Llegué a casa derrotada y triste, con mi familia a kilómetros y sin saber que hacer. Antes, hicimos la denuncia a la policía, como para no sentir que me había quedado en la Caracas impune. En el cuarto, tomé Cien años de soledad y lo leí hasta quedarme dormida. A las 6:00 de la mañana me desperté. Estaba soñando con aquel amor que en estos meses se ha ido esfumando a los golpes. Lloré corto, otra vez con ganas. Mis piernas, entrelazadas con las sábanas y mis manos frontando mi rostro con delicadeza, sirvieron para calmarme. Intenté retomar el sueño en vano y a las 7:00 me levanté. Hice un café y salí de la casa para recibir el aire de la mañana dominical.

Allí, en las calles de Almagro, nada pasaba. Los dueños paseaban a los perros, los carros pasaban veloces, las rejas seguían cerradas y yo, como desamparada. Me senté en un banquito con mi taza de café. Me deshice en llanto otra vez, pero esta vez me recuperé con la idea de renacer.

Mamá bromeó con The Revenant y el papel que le dio a Di Caprio el ansiado Oscar. Creo que, aunque no vaya a por el Oscar, tendré que afrontar todas estas pérdidas de tal forma que me impulsen a salir de este agujero negro en el que estoy inmersa. El desamor, la expatriación, el desempleo y la soledad acechan, pero al otro lado, allá al final del túnel, el éxito, los amigos, el arte, la vida misma. Permítanme, también, seguir creyendo en el amor.

El pecho duele por la traición, por la mentira, por el robo, por el golpe, pero también se prepara y se amasa para el futuro. La inocencia e ingenuidad se van quebrando de a poco y la fuerza surge aún sin intención y con ganas. Salí barata.

Hoy, ya no me muero. Me siento algo perdida y desnuda, pero sé que no es Buenos Aires el problema. Hoy renazco, resucito y empiezo, otra vez, de cero en un país nuevo, en una casa nueva, con amigos nuevos, en una universidad nueva. Llegué el 31 de diciembre de 2017 pero mi vida aquí empieza hoy, 23 de abril de 2018.

Doy gracias por contar con amigos como algunos de ustedes que leerán esto con pesar y se animarán a abrazarme desde la distancia. Tengo afectos regados por el mundo y es por ustedes que me animo a escribir y trabajar tanto… Tienen, en Buenos Aires, a una amiga renaciendo para poder abrirle los brazos cuando vengan de visita o para quedarse. No culpen a la ciudad por lo que me pasó: ella me ha recibido muy bien solo que a veces las cosas pasan y no hay nada que lo evite.

 

Foto: Referencial

No Solution in Sight for Venezuela’s Growing Nutrition Crisis

CARACAS, VENEZUELA – Six months ago, Marta’s husband quit his job as a laborer in Venezuela’s capital, Caracas. Rampant inflation meant his salary was no longer enough to afford even basic items. Meanwhile, the biweekly food subsidies the family had been receiving from the government were becoming more and more erratic.

Now, with her 18-month-old child strapped to her back, Marta spends much of her day checking dumpsters for food. “People see me with the baby and sometimes they give me milk or something to eat,” said Marta, who asked that her last name not be used to protect her privacy. “Otherwise we could not buy it because in the supermarkets, it is too expensive.”

Stories like Marta’s are becoming more common across Venezuela, according to independent experts monitoring the situation. A local Catholic relief agency, the Caritas Foundation, estimates there could be as many as 280,000 malnutrition-related deaths this year among children.

This is one of the results of Venezuela’s economic collapse over the past five years. An economy almost wholly dependent on oil sales was unable to recover when global crude prices dropped, forcing the government to take on massive debt and spurring runaway inflation. The national assembly estimates that prices in the country jumped 2,616 percent last year.

Now basic government services have all but ground to a halt. That includes public medical care and also the food subsidy programs that Marta and her family had come to rely on – creating a nutrition emergency in the midst of the country’s broader economic crisis.

Continue in the original link https://www.newsdeeply.com/malnutrition/articles/2018/03/20/no-solution-in-sight-for-venezuelas-growing-nutrition-crisis

Buenos Aires se pintó de feminismo este #8M

Sus senos, desnudos, se mostraban sin pudor frente a una multitud pintada de verde, violeta y negro. Sus espaldas, bronceadas y rotuladas con mensajes pro-abortistas y antimachistas, se revelaban como carteleras humanas. Brazos y rostros bañados de sudor, de escarcha, de labial y de tinta deleble, recordaban que ese 8 de marzo no era un día más. Cinco letras rojas, en una cartulina blanca resumían el sentir de todas: HARTAS.

Este jueves 8 en Buenos Aires, entre la Plaza de Mayo y el edificio del Congreso de la Nación, se llevó a cabo una masiva manifestación que, junto al Paro laboral convocado por agrupaciones feministas, serviría para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Entre las asistentes, la esperanza de lograr un cambio en la sociedad en la que vivimos se volvió un impulso que las arrastró hasta la calle “aunque nos digan locas, aunque nos digan feminazis”. Amarrarse los zapatos, las botas o apretarse las sandalias y caminar y bailar y gritar y llorar junto a otras mujeres –cientos, miles- con las que comparten algunas visiones, solo puede recordarse como una hermosa hazaña.

Pero no es hermosa por su imponencia física, que también ostenta; es grande y notable por su significación social. Ver cómo un grupo de personas que aunque con intereses y pareceres disímiles es capaz de organizarse y manifestar un punto de vista  en común, con profunda emotividad, conmueve al infranqueable y ablanda a quien no es indulgente. Saber que en otros rincones del mundo esta escena se replicaba hace del calificativo “histórico” uno muy digno para esta fecha.

En las calles porteñas, con fuerte olor a asado y música de principio a fin, el paisaje urbano se adecuó al momento. Las paredes se forraron con mensajes alusivos a la causa; los suelos se empapelaron con folletos y volantes. Una tarima discreta esperaba a las marchistas en la plaza del Congreso, espacio que desde temprano se había vestido con vallas feministas de extremo a extremo y que hacia la noche se pintó con luz purpúrea proveniente del edificio.

Sigue leyendo en el enlace original http://efectococuyo.com/efecto-cocuyo/buenos-aires-se-pinto-de-feminismo-este-8m

Un lobo en Buenos Aires #MeToo

Temor, asco, incomodidad, hastío, incertidumbre #YoTambién

Soy nueva en la ciudad de Buenos Aires y para llegar a cualquier dirección uso Google Maps u otras aplicaciones de geo-localización. Casi siempre, a pesar de ellas, me pierdo. Era miércoles, 10 de la mañana. Hacía unos frescos 22 grados de temperatura –que para un verano tan caluroso es mágico- y aunque ya me habían indicado hacia dónde ir, insistí en ver la ruta en el teléfono. Se cerró la puerta y caminé “hacia allá” unos veinte pasos. Un hombre alto y negro, vestido como estrella de rap pobre, un lobo, se acercó a mí como si me conociera, me besó en la mejilla como si fuera mi amigo y en su español mal hablado dijo que quería platicar un rato conmigo.

Mi acto-reflejo –vengo de Caracas y el hampa me ha robado varias pertenencias- fue guardar el celular en la cartera y seguirle la corriente. Lo hice porque es lo que hubiese hecho en mi ciudad natal. Allá, si alguien se te acerca de esa forma, es demasiado probable que en realidad quiera robarte. Pero la idea de Pedro, Luis o Pablo –dijo su nombre pero no estoy segura de cuál de estos tres es- era pasar el rato conmigo. Eso, aunque mis planes eran otros. Eso, aunque era obvio que yo no quería.

Los primeros pasos los caminé extrañada. Estaba preparada para que actuara, que sacara una navaja, que dijera algo horrible, que me hiciera daño –físico-, que pasara algo… y sí, pasaba.  Me hablaba. Insistentemente me decía que quería tomar un café, desayunar, hablar, estar conmigo, conocerme. Yo solo le decía que no. Le insistía que no me interesaba, que estaba cansada, que tenía trabajo. Se lo decía, claro, con una careta puesta, escondiendo mi miedo y buscando con la vista algún policía u otro transeúnte que pudiera leer en mi mirada que algo no andaba bien.

Pero nada. No había, en ese momento y en ese lugar, nadie a quién recurrir. Él seguía a mi lado diciéndome cosas, me daba órdenes: “cruza hacia allá”, “vamos a ese local”, “vamos a tomar un café”, “dame tu teléfono”. No preguntaba si me gustaría, si me interesaría, eran más bien mandatos a los que yo simplemente respondía: no. No voy a caminar hacia allá, no voy a hablar contigo, no voy a darte mi número, no quiero conocerte, no me interesa decirte nada de mí. No, no y no.

Pero los “no” que yo expresaba, parecían decir otra cosa. Mis “no” parecían generar en él nuevas razones para entrar en un juego que no pretendía perder. El rechazo, pienso, había trastocado su ego y quizá estaba tan sentido que por eso recurrió a lo celestial para intentar ganar el duelo: “Dios me puso en tu camino. Por eso tenemos que conocernos”.

Pero no creo en Dios.

Según dijo, era brasilero, pero yo lo dudo. Tenía un acento irreconocible. Cuando, entre palabra y palabra, mencionó que su trabajo empezaba al mediodía me dio un escalofrío ¿Será que va a acosarme durante todo este tiempo? El miedo comenzó a invadir más a fondo mis pensamientos, me desesperé un poco –siempre disimulando-. A este punto ya no sabía si estaba caminando en la dirección correcta, no me atrevía a sacar el celular, no me atrevía a hacer nada raro. Disimulaba y repetía negativas.

En algún momento, tomó mi mano y la besó. Lo hizo de forma coqueta, como esperando que yo reaccionara. Pero no reaccioné. La confusión era muy grande y el miedo también. Era un tipo alto y detrás de esa ropa de mal gusto seguro escondía un cuerpo musculoso y fuerte ¿Hasta cuándo va a perseguirme? ¿Se dará cuenta de que no sé dónde estoy? ¿Qué hará ahora? Eran las preguntas que se repetían en mi mente. Varias veces pensé que el próximo paso era acercarse más. Lo intentó- abrazarme, poner su brazo en mis hombros– pero con el rostro serio continué con el “no” y no sé por qué, eso sí lo obedeció. Ha sido suerte, lo sé.

Decía que me veía como su madre, que no pensara que él quería “eso”, pero cada vez que lo repetía, me ponía más alerta. Perdona que dude de un hombre que me besó dos veces en menos de cinco minutos sin mi consentimiento.

En Buenos Aires ya me habían silbado en la calle, ya me habían dicho “sos relinda” y me habían visto con ojos de deseo hombres desconocidos. Igual en otras ciudades pero, honestamente, esos actos no me perturban demasiado. No me alegran la vida, pero tampoco los veo como experiencias traumáticas. Hay algunos, incluso, dichos con tanto respeto que hasta me roban sonrisas. La cuestión es que yo, hasta ese día, no veía que un piropo/cumplido de ese estilo podía traducirse en un primer paso hacia una agresión mayor. Pero la mayoría de esas babosadas, innecesarias casi siempre, podían resultar el alimento de un monstruo; el nacimiento de un lobo.

He tenido todas las oportunidades para desarrollarme personal, intelectual, profesional y académicamente en un ambiente, si se quiere, libre. Amo mi trabajo y me siento muy satisfecha con mis logros. Jamás he visto que mi género haya sido un problema para lograr mis metas. Ha sido suerte, lo sé.

Esta crianza y fortuna logró que, para mí, esas sensaciones de opresión que se exponían en pantalla o papel por parte de víctimas mujeres fueran muy lejanas. Veía tan ajeno el machismo que mata, aún cuando en Venezuela también hay femicidios. Veía lejana la posibilidad de una violación, aunque las películas y la sociedad nos enseñan a vivir con miedo a que eso pase. A mí, pensaba, eso no iba a pasarme. Ni me iban a acosar, mucho menos a violar. Yo, pensaba, me sabía cuidar.

Pero esta percepción no es una excusa válida para desligarme del feminismo y ahora lo sé. Por eso escribo esto, porque cuando apareció el primer tuit del #MeToo yo no me preocupé en alzar mi voz en apoyo al movimiento con la intensidad que lo requiere; porque no me digo feminista; porque he criticado a muchas feministas. Ahora entiendo que, como en todos los casos, puede haber muchas malas mujeres feministas sin que eso reste valía a un movimiento tan necesario.

Confieso que desde los primeros momentos del #MeToo/#TimesUp leí muy interesada los relatos que aparecían, las declaraciones de los famosos y no tan famosos. Aunque algunos me conmovieron hasta sacarme lágrimas otros los consideré demasiado forzados o exagerados y es algo de lo que, ahora, me avergüenzo. Si lo hubiese hecho en público, pediría perdón a sus autoras, pero como este debate fue interno creo que no es necesario tanto sentimentalismo.

Cuando critiqué negativamente los relatos de algunas mujeres pensaba que sus quejas no eran válidas porque yo hubiese actuado de otra manera. Pensaba que, en líneas generales, querían ser parte del movimiento aún cuando sus traumas no fueran tan grandes, cuando pudieron haberse evitado el mal rato. Hacía, sin darme cuenta, lo que tanto repudio: culpaba a las víctimas. Estaba muy equivocada, primero, porque no soy quién para calificar o valorar una percepción de algo, una sensación de alguien y, segundo, porque es imposible predecir cómo actuar en una situación semejante.

Si lo que me pasó lo hubiese leído hace una semana firmado por cualquier otra persona seguramente hubiese dicho: “Ella debió regresar al sitio en el que estaba, debió entrar a una tienda y decirle a alguien lo que pasaba, debió hacer algo y no lo hizo…” Pero lo cierto es que estos hombres te envuelven de tal forma que tus funciones se limitan y tu capacidad para afrontarlos se vulnera. No se si es algo general, pero así lo percibí. En un momento así, cuando un acosador, un lobo, un hombre empoderado –que se cree y se siente más fuerte física y emocionalmente que tú- se te acerca, es probable que no sepas cómo reaccionar, sobre todo si es la primera vez que pasa algo así. En muchos de los casos son familiares, jefes o conocidos, lo que lo hace aún más repudiable y asqueroso.

Cuando algo así pasa -ahora lo entiendo- uno puede, tranquilamente, quedarse en blanco. Hay que evitarlo. Sé, luego de vivirlo, que el shock puede jugar en nuestra contra. Sé que este estado de sorpresa, puede incluso llevarnos a la boca del lobo y ayudarlo a que cometa la atrocidad que quiere.

Luego de caminar largas –larguísimas -cuadras Pablo, Pedro o Luis se retiró. Me dijo que herí su corazón, que se sentía mal, pero que estaba seguro de que Dios nos cruzaría nuevamente. Me alivió imaginarlo andar hacia la otra dirección. Entré en un local de verduras y pregunté dónde estaba la estación de subte más cercana. No lo hice porque lo necesitara, sino porque quería hablar con alguien. El cartelón amarillo del subte estaba ahí, frente a mí. Entonces, saqué el celular, con la respiración entrecortada  y me asomé a ver si él ya se había ido. Aún con miedo, salí camino a casa. Ya él no estaba.

Quizá este relato sea uno más dentro de un océano sentido de historias monstruosas. Quizá mi experiencia sea nula en comparación a otras, pero considero que un movimiento como el que se está dando debe alimentarse desde cada rincón posible. Creo que el poder hacer un cambio está en la unión y masificación de un mensaje como este. ¡BASTA!

Exijo que se respete la integridad de una persona, por ser persona y que se acabe la brecha que separa a hombres y mujeres en temas salariales, profesionales y de oportunidades. Exijo que los hombres dejen de vulnerar mujeres por ser mujeres. Exijo que me respeten, todos. A mí y a todas. Mi voz puede no ser tan alta, pero es una más y suma.

No es utópico lograrlo. Ya veremos llegar el cambio…

Una de las cosas que más me movió a escribir este texto es que todavía hay personas que conozco y aprecio que no entienden lo que pasa. Todavía hay mujeres y hombres en mi muro de Facebook que reprochan este movimiento, que no le ven el sentido, que son machistas sin saberlo, o que aunque lo saben lo ven bien “natural”. Me da tristeza y quiero llegarles con este relato ¿y si fuera su hija la protagonista? ¿No es válido luchar por un mundo con menos lobos y más hombres para nuestros hijos?

Algunos enlaces de interés

-Morir lejos de casa: el exilio médico de los venezolanos / The New York Times en español Enlace

-Un amargo regreso a clase/ Revista Clímax Enlace

-Emigrar para dar a luz/ Revista Clímax Enlace

-La fuerza madre de Zaida/ La Vida de Nos Enlace

– Nadie quiere ser el próximo / La Vida de Nos Enlace

-Padres de los niños en Nefrología del J.M. de los Ríos desesperan por salvarlos/ Efecto Cocuyo Enlace

-Ni perdigones, ni bombas, ni “La Ballena” apagaron la protesta / Efecto Cocuyo Enlace

-Especial #DosMesesDeCalle / Efecto Cocuyo Enlace

-Tres muertos, saqueos y destrucción: así fue la jornada más amarga de Barinas/ Efecto Cocuyo Enlace

-Sin tratamiento / Efecto Cocuyo Enlace 

-Vidas de niños con hidrocefalia dependen de válvulas, y no hay / Efecto Cocuyo Enlace

-Más de 10 mil años se necesitan para recuperar devastación minera en Guayana/ Efecto Cocuyo Enlace

-Gisela Rubilar, la heroína de las flores de Bach/ Efecto Cocuyo Enlace

Cine y cultura:

-Del Tino al tango / Esfera Cultural Enlace

-La obra de artistas latinoamericanas está en la mira / Esfera Cultural Enlace

-La Gran Belleza: retrato cínico de una Roma culta, opulenta y decadente /Cine Oculto Enlace

 

 

 

20 crónicas en español que recomiendo

Estoy haciendo un ejercicio interesante. Me invitaron a una clase de Periodismo y me pidieron llevar algunos ejemplos de crónicas y leo tantas (y olvido tanto) que fue un gran reto.
En realidad, no quise encasillarme solo en lo que considero crónicas, por lo que también incluí textos de otras índoles en este conteo. Eso sí, todos parten de la realidad.
Tampoco me centré en rescatar textos de los capos cronistas que ya todos conocemos, porque de esos ya escucharán hablar.
En fin, a continuación los enlaces de algunos textos que me inspiraron en los últimos tres años y que considero piezas ejemplares. Obviamente, van sin orden específico, no podíamos ponerlo más difícil.
– Alberto Camps y Rosa María Pargas: una historia de amor -Por: Ariana Budasoff http://cosecharoja.org/alberto-camps-y-rosa-maria-pargas-una-historia-de-amor/
– El calentamiento global, una bendición en el desierto… por ahora – Por: Nick Casey https://nyti.ms/2iaapML
– El olor de las sotanas- Por: Javier Roque https://www.revistaelestornudo.com/olor-las-sotanas/
– Mi mamá, una niña de la guerra – Por: Mariana García http://www.revistaanfibia.com/cronica/mama-una-nina-guerra/
-Historia de un paria – Por: Jorge Carrasco https://www.revistaelestornudo.com/historia-de-un-paria/
-¡Mi marido me secuestró! – Por: Daniel Burgui Iguzkiza
-El señor de las papas – Por: Eliezer Budasoff http://etiquetanegra.com.pe/articulos/el-senor-de-las-papas
– Bordar el genocidio Mapuche – Por: Sebastian Hácher   http://www.revistaanfibia.com/cronica/bordar-el-genocidio-de-los-mapuche/
–El último vertedero del período Especial – Por: Elaine Díaz

– De migrantes a refugiados: el nuevo drama  centroamericano- http://www.univision.com/noticias/america-latina/de-migrantes-a-refugiados-el-nuevo-drama-centroamericano
-‘¿Puede decirme si mi papá está bien?’: México busca a los sobrevivientes del sismo- Por: Paulina Villegas y Kirk Semple  https://nyti.ms/2xTd53x
-El cisne negro Por: Santiago Wills http://etiquetanegra.com.pe/articulos/el-cisne-negro / https://cronicasperiodisticas.wordpress.com/2015/05/09/el-cisne-negro/
– Un haikú del terremoto en Ciudad de México – Por: Carlos Manuel Álvarez https://nyti.ms/2jM7KZL

 Venezuela:
– Los relatos salvahes de San Antonio de los Altos Por: Lizandro Samuel http://elestimulo.com/climax/los-relatos-salvajes-de-san-antonio-de-los-altos/
-Las 54 preguntas que Josefina debió responder – Por Norma Rivas http://www.lavidadenos.com/las-54-preguntas-que-josefina-debio-responder/
– La segunda guerra de Alexandra – Por: Johanna Osorio  http://www.lavidadenos.com/la-segunda-guerra-de-alexandra/
– Cuando estar libre te hace sentir culpable – Por:Víctor Amaya http://elestimulo.com/climax/cuando-estar-libre-te-hace-sentir-culpable/

-Dos periodistas, un cáncer: del retorno al territorio de la no-enfermedad – Por: Erik Lezama http://runrun.es/rr-es-plus/274928/dos-periodistas-un-cancer-del-retorno-al-territorio-de-la-no-enfermedad.html
– Cuando la actuación encontró a Reggie Reyes Por: Camila Lessire https://esferacultural.com/actuacion-reggie-reyes/6352

Espejuelos

Uno puede ser hipnotizado por palabras. Supongo que a muchos de los que escribimos nos pasa a veces esto: nos enamoramos de un grupo de letras que suenan a algo y significan otra cosa. Cuando escuché la voz melódica de un cubano pronunciar por vez primera la palabra “espejuelos“, quedé embelesada. Me enamoré, a primera escucha, de un vocablo aparentemente intrascendente. “Espejuelos” me pareció la manera más hermosa de nombrar a los lentes, me pareció perfecta.

Parte de mi admiración por este sustantivo tan normal para algunos, radica en que como palabra es mucho más rítmica, más larga, más dulce y más sonora que sus sinónimos: lentes, gafas, anteojos, binóculos. Además, y esto es trascendental, su raíz viene de “espejo”, un término que me encanta. Espejuelos-espejo-reflejo. Me encanta la idea de que a través de los espejuelos vemos un reflejo y no vemos solo un detalle ampliado (lente) o corregimos la visión (gafas). Al final nuestros ojos solo tienen el superpoder de ver lo que la luz les permite y ¿no es un reflejo, entonces, lo que percibimos? Reflejar es algo tan hermoso como “devolver la imagen de un objeto”.

Claro que analizar el significado de “espejuelos” no es lo que me propongo con este texto. De necesitar una intención para publicar en mi blog, ésta sería la reflexión que me produjo prendarme de una encantadora palabra y evaluar la conexión que hallé entre ella y el momento que estoy (estamos) viviendo.

Más allá del intercambio de jergas, hablar con cubanos en Medellín  significó asombrarme por las similitudes (claro, coincidencias) que fuimos encontrando entre las realidades de  nuestros países. Fue una evaluación informal sobre lo que nos pasó y lo que nos pasa. Se trató de compartir historias que irremediablemente culminaron en lo mismo: hermosos pueblos asfixiados.

De esta forma y por si a mí me quedaban dudas llegué a la obvia conclusión – llegué a entender-  que nuestras dictaduras son tales. O por lo menos, gobierno autoritarios, quizá tiranías. Compartir ciertas características me hizo reafirmar que determinadas señales comunes solo podían significar que se trataba de algo parecido (no igual) y que no era necesario seguir buscando otras palabras, otras explicaciones para definir lo que ya definimos.

Bromear- porque los caribeños tenemos este bendito o maldito sentido del humor- sobre las restricciones que existen en cada nación en cuanto a Internet; debatir sobre el papel propagandístico de los medios de comunicación tradicionales; hablar sobre el difícil y escaso acceso a los alimentos, y a otras cosas básicas; criticar la censura, la autocensura; echar de menos las libertades; y quejarnos del fracaso económico; ocurría sin intención y se convirtió en una constante. Sin querer siempre llegábamos a lo mismo: el fracaso de país en el que nos tocó nacer y vivir.

Por primera vez pensé que alguien podía entender lo que sentimos los venezolanos ahora que nuestra nación está en ruinas. Lo supe cuándo pregunté a uno de ellos si le dolía su país y dijo que sí con la mirada. No hizo falta ni una palabra, porque veía mi reflejo en esos ojos. Era un dolor tan parecido, como un corazón roto…

Pienso – y puedo equivocarme- que el mismo despecho que siente quien ha terminado una relación con alguien a quien todavía ama, es el que nos ocurre a nosotros, cubanos y venezolanos. La diferencia es que a tu país no lo dejas de amar pase lo que pase, pero a una persona… digamos a una persona que vino, te enamoró y se fue… ya en algunos años si no la olvidas, por lo menos, la superas. Irremediablemente la dejas de amar, transformas aquello, lo sublimas, en el mejor de los casos.

En cambio dejar de amar a tu país, no en el que naciste sino en el que viviste o del que te sientes parte, equivale a dejar de amar a tu madre. Y si el amor es tan grande ¿cómo pedirle a alguien que se separe de lo que tanto adora? Pero no que se separe físicamente, sino que se despegue, que se aparte. La respuesta es equivalente a explicar el porqué a pesar de las duras y las maduras, hay gente que resiste y se queda. Es gente que resistirá cualquier -léase bien- cualquier cosa, porque no concibe separarse de su amor.

Ver a Venezuela reflejada en Cuba y verla a través de espejuelos ajenos; entenderla desde una mirada acostumbrada a lo que para nosotros es nuevo, solo sirvió para contrastar respuestas y vivencias que como ciudadana, como persona y como periodista me interesan. Los escenarios son tan distintos, pero las realidades tan iguales, que si fuera cristiana rezaría por que algo cambie, por que algo pase.

Esta semana la oposición venezolana se terminó de descarriar y la esperanza, tan bella la esperanza, se extinguió. Parece que ahora, la resignación que les escuché a los cubanos se parece más a la mía y eso que insistían: por lo menos allí hacen bulla, por lo menos salen en la prensa.

 

 

 

Toque de queda

Durante mis 25 años he vivido en la misma callecita de La Florida (Municipio Libertador, Caracas). El hampa ha encontrado en esta avenida un lugar seguro para actuar. Aquí, he sido víctima y testigo de los desmanes de malandros de todas las calañas: hombres, mujeres, chicos, morenos, negros, desaliñados, caracortadas, perfumados, silenciosos, parlanchines, gordos, groseros, pequeños, delgados. La variedad de malechores que ha “trabajado” en esta zona no es poca cosa.

Estas personas vienen a hacer sus fechorías en moto, en auto o a pie. Llegan armados con revólveres, con navajas y, a veces, solo con odio, hambre o envidia. No soy de las que se asoma a ver qué esconden en la chaqueta, debajo del pantalón o en la cartera ladeada que llevan. Tampoco me interesa discutir con ellos: pidan, que yo doy. Si puedo evitar ver la pistola (de plástico, de hierro o de goma), para mí es mejor…

Este sábado la historia fue otra.

No voy a dar muchos detalles porque, honestamente, quisiera evitar recibir consejos u observaciones tales como: “No salgas de noche a la calle”, “¿A quién se le ocurre estar en un carro por La Florida en la madrugada?”, “Estamos en guerra”, “Cuídate, niña”, entre otros. Por lo que les contaré a continuación, pueden tener la certeza de que seré más precavida.

No especificaré la hora, aunque pensándolo bien… no es que eso importe demasiado. La mayoría de robos que he sufrido en mi calle los he protagonizado bajo la luz del sol. La mayoría de los robos que he sufrido en mi calle los he protagonizado sola y a pie.

Pero bueno. Este sábado era tarde. Quizá muy tarde. Mi acompañante y yo veníamos muy cansados en su automóvil. Tan exhaustos estábamos que no pudimos continuar la farra con nuestros otros amigos. Yo, en vez de llamar un taxi como lo hago usualmente, pedí la cola (aventón). Al principio, él se negó; pero después accedió porque así tendríamos tiempo para hablar. Había un cuento que no podía esperar.

Las calles estaban solas, pero alumbradas. Veníamos distraídos porque el chisme era entretenido; atontados por el sueño y felices por compartir juntos como hacía tiempo no lo hacíamos. Esa noche, a excepción de la ráfaga de disparos que escuché mientras tomábamos en un centro comercial de Chacao, todo parecía indicar que había cierta normalidad en la ciudad. Quizá ya no vivíamos en guerra. Pero Caracas no engaña.

Como es usual cuando voy en carro por mi calle, volteé para estar segura de que no viniera nadie y así tener más tranquilidad al bajarme a toda prisa. Eso lo hice cuando íbamos por la mitad, pero en cuanto avanzamos un poco más, a pocos metros de la puerta de mi edificio, ya con la mirada puesta en la reja negra que sirve de portón de mi residencia, observé, a través del vidrio del conductor, la silueta de una moto. Iba lento, muy cerca del carro, tenía la luz apagada.

Quien manejaba le ordenó a mi amigo apagar el vehículo y fue entonces cuando lo vi: era un policía. En realidad eran cuatro uniformados divididos en dos motos. Cargaban su traje reluciente… ese nuevísimo que nuestro presidente les entregó hace semanas. Ese, estampado con manchas grises, negras ¿o azules? que además está adornado con un balurdo camuflaje.  El rojo de la franelita que deben llevar debajo le da un toque colorido al look, y el rostro de Simón Bolívar que está incorporado en la manga es la cereza de la vestimenta.

Una voz le ordenó a mi amigo salir del carro. Otra ¿la misma? me ordenó salir a mí también. Tenía mi cartera aferrada al cuerpo y las llaves en la mano.

Busqué, mientras decían cualquier cosa, mi cédula y se la mostré al primero que se acercó a mí. Llevaba su arma desenfundada. La tenía en la mano, preparada para cualquier movimiento. Un escalofrío corrió por mi espalda cuando me detuve a verla.

Pero no había tiempo para analizarla. Del otro lado estaba mi amigo. Vi, de reojo, cómo entre dos lo manoseaban, lo acusaban de terrorista y le preguntaban cosas.

Preguntaban mucho.

–Estudiamos periodismo—escuché decir al fondo.

Sería incapaz de recordar cuántas y cuáles preguntas nos hicieron.

–Venimos de una fiesta—oí más adelante.

Por diversas razones recuerdo más y mejor la conversación que tuve con el policía que me tocó a mí, una vez que se repartieron la presa.

Con mi cédula en la mano, el tipo me vio y repitió:

–Chang Lombardi —

Veía el papel plastificado, quizá mi foto, me veía a mí.

Veía la cédula y me veía el rostro, mucho más pálido esa noche.

Entre tanto, yo me preocupaba por mi acompañante…

Pensaba: “No vaya a ser que le siembren droga, o peor… una molotov”, “ No vaya a ser que por darme la cola lo jodan a él”, “No vaya a ser que nos metan presos como dos pendejos, por salir a tomar un par de tragos”.

— Chang – dijo entonces y continuó con una voz forzadamente ruda:
— ¿De dónde es ese apellido? –
–De China – respondí seca.

Esas primeras preguntas las contestaba seria. Dentro de mí estaba convenciéndome de aligerar el tono de voz para la siguiente respuesta. Hay que utilizar la simpatía, esa te saca de aprietos.

–Pero los chinos no se mezclan con otra gente– replicó mientras su mirada intercalaba la cédula con mis ojos.

–Pero mi abuelo, al parecer, sí – le respondí.

No le convencía la respuesta.

Yo en realidad seguía preocupada por mi amigo… ya había entendido que el que me tocó a mí era el bueno y que a él lo amenazaban los malos. Según escuché hablaban de su labor en la Cruz Verde.

En ese momento arribó a nuestro encuentro otro de los policías. Me miró con unos ojos furiosos, rojizos. Estaba muy acelerado, transpiraba. Me atrevería a decir que, a pesar del frío de la noche, sudaba.

Revisaba el carro con mucho detenimiento. Mientras movía los objetos que encontraba en el auto, yo lo seguía con la mirada.

Veía, entonces, a mi amigo, al carro, al policía que revoloteaba el carro, al policía que cargaba mi cédula y me preguntaba cosas, a la puerta de mi edificio que estaba a escasos metros; e iba de nuevo: a mi amigo, al carro, al policía que estaba vez me entregaba el celular que se encontró en el sillón, al policía que estaba embobado con mi nombre, al poste que alumbra la puerta de mi edificio.

Para ese momento yo había perdido un poco de miedo. Estaba tensa, pero no asustada.

–Soy periodista—dije a ver si eso generaba alguna reacción. Pensé en mentir y decir que conocía a sus jefes. Pensé en mentir y decir que era una enchufada. Pero no sé mentir tanto. De todos modos a él no le interesó mi profesión. Estaba enamorado de mis apellidos.

–Y ese Lom-bar-di ¿de dónde es? – Inquirió

Respiré.

Se prendieron un poquito las alarmas en mi cerebro: “No vaya a ser que estos piensen que soy millonaria”, “No vaya a ser que quieran plata y yo lo que tengo son diez mil bolos”, “No vaya a ser que me jodan por pobre”.

–Italiano—respondí.

Para mi sorpresa “mi” policía se había ablandado lo suficiente para dejar el tono amenzante y creo que con honestidad me preguntó:

–¿Y por qué no te has ido? –

Veía en sus ojos envidia, pero también extrañeza. Para él era impensable que teniendo mis apellidos yo todavía viviera en Venezuela ¿Qué tan loca puedo estar para seguir aquí?

Decidí decirle que soy de los Lombardi pobres… y de ahí en adelante todo mi discurso fue con acento victimizante. Le dije que era huérfana de padre y que me había criado una madre soltera a punta de esfuerzo y dedicación. Le dije que no podía irme del país porque los periodistas no ganábamos mucho dinero y que “sinceramente” no tenía como pagarme un pasaje.

También aproveché la “confiancita” que habíamos labrado para aconsejarles que montaran una patrulla en la calle de al lado, que era muy peligrosa.

–Allá hasta matan gente—le dije ya más calmada.

Ya para ese momento el ojosrojos había robado el Ipod que mi amigo tenía en el bolso. No vi cuándo lo sacó pero sí vi cómo estuvo laaargos segundos revisándolo. En una de esas se volteó y ordenó:

–Revísala bien– haciendo referencia a mi cédula. Nuevamente la saqué y se la volví a dar al mismo que compartió con su compañero su gran hallazgo.

–¿Tu habías escuchado el apellido Chang? — le preguntó frente a mí.

Ya para ese momento “mi” policía y yo habíamos estrechado lazos. Me preguntó si tenía familia en Italia y le dije que no, que mi única familia eran mi mamá y mi hermano que me esperaban en casa. Me vio con lástima.

Creo que el tema de la Cruz Verde y el robo del Ipod aceleró todo. Al poco rato nos dejaron ir. Mi amigo y yo estábamos en shock… me parecía absurdo montarme de nuevo en el carro cuando la reja de mi edificio estaba a unos diez pasos, pero lo hice. No hallaba qué decirle a él, me moría de la vergüenza, me sentía culpable y a la vez agradecida… sin duda pudo ser peor.

Hace unos días llegué de estar diez días en Buenos Aires con la firme idea de volverme a ir. Normalizar el terror, normalizar la muerte, el malandraje, normalizar estos sentimientos tan oscuros que me surgieron tras los acontecimientos de este 2017 no es una opción. En otro contexto le hubiese confesado al policía que el mundo exterior es una maravilla, que vivir en normalidad repara el alma.